Remontar el vuelo

«La batuta volandera iba y venía sin que allí se produjera la ideal conjunción, por mucho que la orquesta cumpliera con gran decoro»

Christoph Eschenbach es director musical de la Orquesta Sinfónica Nacional y del Centro John F. Kennedy para las Artes Escénicas
Christoph Eschenbach es director musical de la Orquesta Sinfónica Nacional y del Centro John F. Kennedy para las Artes Escénicas

«La batuta volandera iba y venía sin que allí se produjera la ideal conjunción, por mucho que la orquesta cumpliera con gran decoro»

Mahler: «Sinfonía nº 2», «Resurrección». Soprano: Marisol Montalvo. Mezzo: Anna Larsson. Coro y Orquesta Nacionales. Director: Christoph Eschenbach. Auditorio Nacional.

6-X-2019.

El ya setentón y calvorota Eschenbach, antiguo pianista (nos acordamos de cuando se presentó de tal guisa, hace al menos 50 años, en el Colegio Alemán de Madrid luciendo una hermosa melena) es maestro concienzudo y sobrio, de batuta nerviosa y un tanto espasmódica, nada fácil de seguir y, a sus años, quizá no del todo seguro de algunos de sus movimientos. No se aventuraba nada bueno al comienzo del concierto. El tremebundo «Allegro maestoso» que abre la «Sinfonía» no acababa de encontrar el norte adecuado por falta de total precisión en esas furibundas arcadas de la cuerda en pleno. Faltaba tensión, exactitud de ataques en esa «Totenfeier» («Ritos fúnebres») que es el primer movimiento (obra independiente hasta que se compuso la «Sinfonía»), del que habla cumplidamente en sus notas al programa Mario Muñoz Carrasco. El subsiguiente remanso lírico no estuvo mal planteado, pero faltaba una mayor aireación y, en contraste con lo anterior, una más clara relajación. La trifulca del desarrollo no tuvo la reproducción idónea por falta de transparencia en las líneas. Algo pesante y falto de gracia, esa tan evanescente del Mahler pastoril, estuvo el «Andante moderato» y en el tercer movimiento, ese fastuoso «lied» que retrata la escena que describe a «San Antonio de Padua predicando a los peces», no advertimos el feroz sarcasmo que parece demandar la pieza, de instrumentación tan chisposa y tumultuosa. La batuta volandera iba y venía sin que allí se produjera la ideal conjunción, por mucho que la orquesta cumpliera con gran decoro. Todo cambió a mejor, y la «Sinfonía» empezó a toma vuelo, cuando saltó a la palestra Anna Larsson, antigua colaboradora de la ONE. Su voz suntuosa, grave, eso sí, de emisión muy nasal en la zona inferior y centro, pintó otro paisaje, oscuro y calmo, en el maravilloso lied «Urlicht».

La ominosa «Marcha» que da la salida al último movimiento fue tomando cuerpo lentamente y pareció que, de repente, todo estaba en su sitio, que Eschenbach tomaba realmente las riendas y organizaba ese caos que describe Mahler en busca de la salvación, de la ascensión, de la Resurrección; no sin que durante la batalla se produjeran confusionismos varios y que la planificación dejara un tanto que desear. La banda interna funcionó bien y los añadidos del metal, ya en el hemiciclo, contribuyeron a que en el cierre todas las fuerzas se unieran en un todo espectacular elevando las palabras de Klopstock al séptimo cielo. El coro entró, como se exige, en un hermoso pianísimo al que se unieron las dos voces solistas, la citada Larsson y una radiante y juvenil Marisol Montalvo. Todo se escuchó engrasado y en el fiel, a despecho de ciertas destemplanzas, y la sesión se rubricó con enorme belleza.