Literatura

Renovador del realismo

La Razón
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La concesión del Premio Príncipe de Asturias de las Letras a Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) supone el merecido reconocimiento a una obra literaria cimentada en una prosa clásica, un realismo crítico, mentalidad progresista, humanismo tolerante, novelización de lo autobiográfico y una particular sencillez expresiva, sin pretensiones ni aspavientos experimentales, con los que su autor ha generado un lector fiel, capaz de reconocerse en las páginas claras y directas de un auténtico narrador de raza.

Su dedicación al viejo arte de contar historias admite diversas modalidades estilísticas y temáticas. Aquellas tres primeras novelas, «Beatus Ille» (1986), «El invierno en Lisboa» (1987) y «Beltenebros» (1989), que le dan a conocer y sitúan en el panorama literario como un innovador de la trama argumental, suponen también una creativa reelaboración del costumbrismo melodramático, el enredo folletinesco, el relato de suspense y la recuperación de un pasado cercano largamente escamoteado. Entre espías internacionales, amores imposibles y sorprendentes giros de la acción se iba tejiendo una renovada visión del realismo de toda la vida, modernizándolo, adaptándolo a las circunstancias de la ya arraigada Transición política. Con «El jinete polaco» (1991) Muñoz Molina da un salto cualitativo y, a la sombra de su admirado Faulkner, desarrolla una compleja historia de sagas generacionales, ancestrales filias y fobias entre personajes que dependen de un atormentado devenir familiar. La imaginaria ciudad de Mágina, trasunto autobiográfico del autor, adquiere el sentido de un espacio mágico donde habita el recuerdo y se sedimenta un tortuoso pasado. En 1994 se publica una injustamente menos conocida novela, «El dueño del secreto», historia ambientada en la oposición clandestina al tardofranquismo, y donde las intrigas políticas se entreveran con vicisitudes personales de claramente identificable rememoración irónica y nostálgica.

Dentro de la mencionada variedad de registros narrativos, topamos con una curiosa obra, «Plenilunio» (1997), un thriller psicológico en el que una mirada asesina, un obsesivo investigador y una demoledora frustración sentimental conforman la opresiva atmósfera de una atípica historia policiaca en las que no todo es como parece. Y qué decir del inquietante planteamiento de dos novelas simbólicas como «Carlota Fainberg» (2000) y «En ausencia de Blanca» (2001), en las que el tema principal, más allá de la trama, es el sentido del arte como elemento esencial de la vida, fundamento de unos protagonistas que experimentan esa certidumbre en un clima ensoñado y fantástico. Una espléndida crónica novelada, apología de la tolerancia intercultural, es «Sefarad» (2001), emotivo recorrido por exilios y diásporas de la mano figurada de Kafka o Primo Levi. La recuperación de la memoria civil encuentra su mejor expresión en la monumental «La noche de los tiempos» (2009), novela que recrea los últimos meses de la II República española, ahondando en sus hallazgos y contradicciones, así como en la violenta inminencia de lo que se avecinaba. Su mirada crítica nos ayuda a comprender en «Todo lo que era sólido» (2013) las causas de la presente crisis social y libros como «Ardor guerrero» (1995), «Ventanas de Manhattan» (2004) o «El viento de la Luna» (2006) constituyen el brillante ejercicio autobiográfico –servicio militar, dirección del Instituto Cervantes de Nueva York y adolescencia respectivamente– de este novelista ahora tan justamente premiado. Todos sus seguidores estamos de enhorabuena.