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Santiago Requejo: «La combinación generacional siempre es muy buena»

Debuta con la película «Abuelos», que reivindica el papel de las personas mayores en la sociedad

l mundo cambia a partir de los cincuenta. Incluso aunque los cincuenta del siglo XXI sean los cuarenta del anterior. O quizá por eso. En plenas facultades, sí, pero con todas las trabas de ser considerados obsoletos, los «mayores» necesitan reinventarse. Y hay jóvenes que tienen la sensibilidad de verlo y hasta de contarlo. Es el caso de Santiago Requejo, flamante director de cine que, con su primera película, ha querido solidarizarse con los «Abuelos» –así se titula el filme– y ofrecerles nuevas ilusiones y expectativas. A partir de ella, se han creado unos premios de emprendimiento para mayores de 50 y se ha escrito un libro titulado «Nunca es tarde para emprender»(Alienta), que firman Fernando Lallana y Ana I. Virtudes. Un proyecto global pilotado por gente joven que quiere seguir compartiendo la vida con los mayores.

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–Pero, ¿no era que en los cincuenta del siglo XXI se vivía una segunda juventud? Abuelo suena a que no se puede ser más que eso...

–El título de la película viene un poco del colectivo más devastado por la crisis económica que han sido los hombres y mujeres mayores de 50 años, que fueron expulsados del mercado laboral. Y ha sido ese mercado quien les ha considerado «abuelos laborales». Me parecía interesante construir una historia centrada en ese grupo de personas. Porque se habla mucho de los «jóvenes más preparados de la democracia española» y de cómo hemos tenido que salir tantas veces de España a buscarnos la vida, en ocasiones por trabajos muy por debajo de nuestra categoría profesional, pero se habla muy poco del drama de las personas mayores de 50, incluso mayores de 45, expulsados del mercado laboral de la noche a la mañana. Y fueron muchos. Un millón y pico de personas que se quedaron en la calle y con pocas posibilidades de recolocarse.

–Creo que debe haber más «abuelos laborales» que reales en nuestros días, porque es una generación que ha retrasado mucho la maternidad/paternidad.

–Así es. El título juega con esa provocación y responde a dos realidades. Primero, lógicamente a la parte biológica, por el papel que la sociedad le encomienda a los abuelos, que tiene bastante que ver con la conciliación de la vida laboral y familiar. Son muchos los niños menores de 3 años que son cuidados por sus abuelos y la película quería hacer un guiño a esa labor social –por eso los «abuelos» de la película se plantean reinventarse laboralmente montando una guardería–; pero con nietos o sin ellos, lo importante es mostrar que esos «abuelos laborales» son válidos profesionalmente y que tienen vida propia aunque ayuden a sus hijos y nietos.

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–¿Y se están reinventando los «abuelos laborales» o no encuentran la manera de hacerlo?

–La crisis fue un tsunami que arrasó a familias completas, a jóvenes y mayores. Por eso mucha gente ha tenido que emprender por necesidad, que era otro de los conceptos que a mí me parecía más interesante y que quería mostrar en la película. De hecho, ¿cuántas fruterías, cafeterías, floristerías han abierto en los últimos años en Madrid? Yo pregunto mucho a la gente y he comprobado que el 90 por ciento que está detrás de estos comercios es mayor de 50 años. No les ha quedado otra salida que el autoempleo por emprendimiento. Y , desde la cinta –y siempre en tono amable– lanzo cierta crítica a toda la tontuna que rodea a la cultura anglosajona de las empresas (el co-working, las startups...) Parece que cuando se habla de emprendimiento hay que pensar en Steve Jobs y en hacerse millonario en un garaje con una startup tecnológica. La realidad, por lo menos en España, va más allá. Hay muchos emprendedores que lo son porque no les ha quedado otra opción que la de auto emplearse, de emprender pequeños comercios. Por eso en la película me parecía interesante plantear una historia de emprendimiento que tuviera que ver con gente mayor y con algo tan cotidiano y sencillo como una guardería.

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–No es una historia totalmente de éxito. Sin destripar la historia, se puede decir que hay algún fracaso en los empeños de los protagonistas que los obligan a reconducirse más de una vez...

–Es que me parecía muy importante que fuera así, porque en la vida son muchísimas veces las que luchamos por las cosas y no nos salen a la primera. Pero cuando se cierra una puerta se abre otra ventana. Y este es el mensaje.

–Hay otro, y es que a veces no es solo la necesidad desde el punto de vista de lo material, sino desde el anímico, ¿no? Vamos, que esos «abuelos laborales» necesitan trabajar para demostrarse que siguen estando en plena forma.

–Es el caso del protagonista, que se ve que tiene un buen nivel de vida después de prejubilarse, que su mujer sigue trabajando, pero que necesita hacer algo para sentirse bien y se queda fuera porque tiene una mentalidad más antigua respecto al mercado laboral de los jóvenes y se siente descolocado respecto a la manera que tienen ellos de incorporarse al trabajo.

–¿Que ha supuesto para Santiago Requejo esta primera película, además tan comprometida socialmente?

–A nivel personal es una pasada. Estoy cumpliendo un sueño porque desde pequeñito siempre quise ser director de cine y he estado haciendo cortos, vídeos y temas audiovisuales. Y he tenido la suerte inmensa de, después de trabajar mucho, tener la posibilidad de contar esta historia. Ya he comprobado que dirigir es lo mío, lo que me gusta, aunque tenga que seguir aprendiendo. Con esta primera película he aprendido muchísimo gracias a un electo maravilloso, con actores y actrices con currículos espectaculares y muchísimas películas a sus espaldas, que desde el minuto cero aceptaron. Esta película tiene sentido gracias precisamente a que cuenta con gente con muchísima experiencia que ha ayudado a un director novel a contar la historia que quería contar. Si esto lo extrapolas, además, a otros ámbitos de la vida profesional, el resultado es que la combinación generacional es muy buena.

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Personal e intransferible

Nació en Plasencia (Cáceres). Está casado, no tiene hijos y se siente orgulloso de «mi familia». Se arrepiente de «muchas cosas», perdona y olvida, le hacen reír «situaciones cotidianas» y llorar «la soledad, la tristeza y la injusticia». A una isla desierta se llevaría «a mi mujer». Su manía es «mirar bastante el móvil» , su vicio, «preguntar mucho», y su sueño recurrente «que me faltan asignaturas de Económicas para acabar la carrera, y eso que la terminé hace 11 años». De mayor le gustaría ser «director de cine» y si volviera a nacer sería «director de cine, porque como decía, creo que Capras ‘‘no hay poder en el mundo mayor que un director de cine’’. No hay emperador que tenga la fuerza de un director de cine para meter a 200 personas en una sala a oscuras durante dos horas para contarles algo».