Historia

Sobornos que nos libraron de «la mundial»

Ángel Viñas saca nuevo libro. De nuevo Franco en el objetivo de la diana, aunque esta vez también apunta a sus colaboradores, esos que cobraron dinero de Churchill y Juan March para convencer al Caudillo de que la IIGM no era una opción

Encuentro entre Franco y Hitler en Hendaya
Encuentro entre Franco y Hitler en Hendaya

Ángel Viñas saca nuevo libro. De nuevo Franco en el objetivo de la diana, aunque esta vez también apunta a sus colaboradores, esos que cobraron dinero de Churchill y Juan March para convencer al Caudillo de que la IIGM no era una opción

En «La otra cara del Caudillo» Viñas vio los canales a través de los cuales Franco se enriquecía y «eso me pareció un caso claro de corrupción, independientemente que desde su punto de vista fuera legal –pues él era la ley–», empieza el historiador. Según sus investigaciones, no era un ejemplo único y ya en aquel volumen, editado el año pasado por Crítica, exponía que en la Guerra Civil Franco fue un corruptor de generales. Como ejemplo, las toneladas de cigarrillos que le regaló a los suyos «para que cogieran cáncer de pulmón», ironiza. Para cuando estaba terminando esas páginas, muy cerca de la imprenta, los ingleses desclasificaron ciertos papeles. Dos o tres grandes legajos. Entonces, tras escribió unos artículos «deprisa y corriendo» –apunta–, salió corriendo a Londres para verlos. Allí se dio cuenta de que aquellas páginas en sí mismas decían cosas, pero no mucho. Lo que sí daban era la clave de una operación descubierta por Denis Smyth hace 30 años en un libro que no se ha publico en castellano, «Diplomacia para sobrevivir». Desde ahí, esa operación de sobornos ha estado en la literatura, despachada en no más de dos líneas. «Y no es de extrañar porque hay poca chica. ¡Había poca chica –puntualiza–! Porque esos documentos te dan la clave». ¿Y qué hacer? Lo propio de un historiador: analizar y contextualizar. Y de ahí sale un libro de 600 páginas: «Sobornos. De cómo Churchill y March compraron a los generales de Franco» (Crítica).

Si en su anterior libro Ángel Viñas hablaba de la «austeridad» proclamada por el Caudillo, ahora hace lo mismo con su «hábil prudencia»: «Son mitos que caen. Lo último consistió según dicen, desde el año 44 por lo menos, que España gracias a la clarividencia y sagacidad de su líder fue neutral y ahorró a España los horrores de participar en la IIGM. No como en el caso de Italia y Francia. Él dijo no a Hitler». El hecho constatable: España fue neutral. Pero ¿por qué motivo? Ahí es donde entra. Un lugar que ya visitaron otros como Tusell, Víctor Morales, Enrique Moradiellos, Paul Preston, Denis Smyth... y que Viñas visita para da nuevas pistas. «Estos documentos, clasificados durante 70 años, dan una visión que permite modificar, cambiar y contextualizar mejor otras cosas y es la creación de lo que llamo ‘‘el escudo de protección británico’’ ante la posibilidad de que Franco se alineara eficazmente con Hitler».

No por temor al poder militar de un ejército todavía convaleciente ni por su fuerza, pues España seguía siendo una «patata» en plena posguerra, sino por su posición geoestratégica. Como siempre. Determinante en la Guerra Civil, en la Guerra Mundial y en la Guerra Fría. «La historia contemporánea de España no se puede explicar sin tener en cuenta su situación geoestratégica», desarrolla el autor. Fundamental y vital.

Pero el idilio Franco-británicos venía de ante. «Ellos los salvaron durante la Guerra Civil –prosigue Viñas–. Fue de los países que más contribuyeron a la derrota de la República. Defensores a ultranza de la política de no intervención que favoreció a Franco de principio a final. Por tres razones: estratégicas, no querían que ganaran los republicanos; económicas, temían la nacionalización de sus inversiones; y políticas, no cabía la opción de dar una baza al comunismo». Y en la IIGM pasó lo mismo. Franco no gustaba, pero había que mantenerle porque se veían capaces convencerle de que no le convenía alinearse con Hitler. ¿Cómo? «A través de su círculo más íntimo de colaboradores, entre ellos, su propio hermano». Influencia a través de pagos.

Esto, como última pieza del puzle. Había cuatro niveles en el «escudo británico». Primero, las presiones políticas y diplomáticas, ya las recogió Hoare en sus memorias (1946); después, las razones económicas, mediante la regulación de los aprovisionamientos; por otro lado, la planificación militar, «si Franco se mete con Hitler en la cama, ocupamos Canarias o desembarcamos en Portugal, que no se llegó a utilizar porque no hubo cama»; y, finalmente, las operaciones clandestinas, donde la base de todas, la que condicionó lo demás, era los sobornos. «Era imprescindible mantener el curso de neutralidad de España con la regulación comercial, las presiones y las armas, pero en último término se encontraba la compra de los generales de Franco. A quienes algo les sonaría de ver cómo actuaba Franco», dice un Viñas que no cree que a los ingleses se les pasara por la mente tocar al Caudillo en este reparto. «No sé si llegó a sospechar algo. Sí había rumores, de los que se hizo eco el embajador portugués, de que Serrano Suñer sospechaba algo, pero no llega a concretar nada».

Todo dentro de una operación súper secreta, ni siquiera tenía nombre. Autorizada, protegida y liberada de dificultades, cuando se necesitó –con los americanos principalmente– por Churchill. Ni la Junta de Estado Mayor lo sabía. «Conocían que había cosas, pero claramente nada».

¿Y qué pinta la figura de March en esto? Responde Ángel Viñas: «Fue el hombre de los ingleses, el que sugirió la idea probablemente, el que la ejecutó, el que estuvo en contacto permanente con la embajada... Aportó y adelantó dinero al Tesoro británico. ¡Eso es tener pasta e intereses!». Lo que fue es un matrimonio de conveniencia. Porque el banquero «a veces se pasó. Y cuando a los americanos les llamó la atención el contrabando que tenía en América, los ingleses le protegieron, como ocurrió con las operaciones de tabaco en Marruecos... Se demuestra que lo hacen así cuando al final le pagan religiosamente lo que había adelantado, con intereses incluidos en los años cincuenta».

Entonces, ¿fueron efectivos los sobornos? ¿Se hubiera ido a la IIGM sin su existencia? Eso no lo puede asegurar Viñas, «especular sobre escenarios alternativos no es lo mío. Es una pregunta sin respuesta». La información en «Sobornos», donde el historiador hace lo suyo: analizar y contextualizar los hechos.