Daniel Grao: «A veces, la vida también rima»

Si hay una obra que debía regresar esta temporada era «La piedra oscura». Y aquí está, en el Teatro Galileo hasta noviembre, como poco.

Daniel Grao

Si hay una obra que debía regresar esta temporada era «La piedra oscura». Y aquí está, en el Teatro Galileo hasta noviembre, como poco.

No hay montaje teatral en España que, en el último año, haya acaparado más premios que ellos. Cinco manzanas de los Max y doblete de la Unión de Actores, como presentación de «La piedra oscura» –Teatro Galileo–. Y, como regalo, ya preparan el salto a la gran pantalla. Uruguay, Chipre, Grecia, París, Perú... entre los lugares a los que han llegado. España, toda, por supuesto. Un «boom» que inició la curiosidad de su autor, Alberto Conejero. Quiso saber más de una figura cercana a Lorca, Rafael Rodríguez Rapún, y el añorado ensayo se hizo obra. Y la obra triunfó a los mandos de Pablo Messiez y con las caras de Nacho Sánchez y Daniel Grao, aquí presente.

–Ver a los cuatro juntos es ver muy buen rollo.

–Se ha generado eso.

–No me sorprendería encontrarles en un bar por Malasaña.

–Perfectamente (risas), o comiendo una paella en mi casa.

–¿Quién cocina?

–Yo, el arrocito es cosa mía.

–Avise, que me apunto a la siguiente.

–Eso es.

–Y entre comida y comida, «La piedra oscura» vuelve a Madrid.

–Sí. Aunque la sensación es de que, entre bolos, giras y demás, nunca la hemos dejado apartada. Este verano iba a ser el tiempo más largo sin hacerla y, de pronto, surgió una cosilla en Ribadavia a la que pudimos ir los dos. Pero apetece pararse y repetir cada noche en un lugar.

–Hasta el 6 de noviembre, como poco.

–Ésa es la idea.

–Está en su mano, que Pablo Messiez le ha señalado como el mayor «problema» por cuestiones de agenda.

–Es verdad, pero hasta entonces no hay problema. Bueno, tenemos que suspender dos días por un rodaje mío...

–Ya empezamos...

–(Risas) Sí, pero al final lo encajamos.

–Para quien no haya visto la obra y sí mucha tele: es como el anuncio que hizo el Atleti en su día en el que dos soldados de bandos opuestos se encontraban en medio del bosque.

–Ay, no me acuerdo... Ah, sí. Así es. Tiene tiempo aquello...

–Aquí no cantan el himno, pero casi.

–Tiene mucho que ver, porque empezamos viendo a dos contrarios y, en esencia, es el encuentro de dos hombres que creen pertenecer a bandos diferentes y que, durante la madrugada en la que uno se juega la vida, de pronto, todo pierde el sentido de la bandera que les cobija y comienza una necesidad del otro. De contar ciertas cosas y secretos. Que no se olvide. En este caso, tiene que ver con la obra de Lorca, y es que mi personaje, Rafael –que fue secretario de La Barraca y destinatario de los «Sonetos del amor oscuro», amante de Lorca y demás–, le hace un pedido: que busque cierta obra del poeta para que no se pierda.

–¿Dónde está la realidad y dónde la ficción?

–Alberto (Conejero) hizo un trabajo muy bueno con la familia, a los que les dijo que estaba preparando un ensayo, que luego fue obra de teatro, sobre la figura de Rapún porque creía que se le habían destinado pocas hojas en la biografía de Lorca. Entonces, el hermano le pasó apuntes, cartas, fotografías... Todo lo que se nombra es real. Pero la propia función es inventada para que dé esta conversación entre carcelero y preso.

–¿Quién fue Rafael Rodríguez Rapún?

–Sabemos que fue herido y, dicen, aunque no sé hasta que punto es cierto, que se dejó matar. Como que se arrojó y fue alcanzado, hasta que murió tres días después, coincidiendo con el primer aniversario de la muerte de Lorca.

–Muy poético todo.

–A veces, la vida también rima.

–¿El poso que deja «La piedra oscura» es la importancia de la memoria para hacer justicia?

–Sí, pero Alberto lo hace de una forma muy sanadora, porque con eso enseguida se pueden crear bandos. Es muy coherente el discurso de la obra con el sinsentido de los bandos. Incluso con estar a favor de que no se pierda, de que haya esa memoria de lo que ocurrió. Aunque lo que realmente emociona a todo tipo de público es que van dejando caer sus identificaciones políticas, o lo que sea, hasta llegar a un encuentro de corazón a corazón. Somos mucho más parecidos y a todos nos duelen las pérdidas.

–¿Es un homenaje a Rapún, a Lorca, a las víctimas de las cunetas...?

–A todos, incluidos nosotros mismos. También a los vivos. Creo en la herencia genealógica más allá de la ideología que puedas tener. En el ADN está nuestro pasado y vivir una guerra civil me parece la peor enfermedad de un país.

–Sí...

–Crea tendencia a la división y aquí hay un intento de poner un poco de luz. Nada de bandos, ni lecciones, ni moralismos, ni panfletos, sino arrojar conciencia.

–Que ese enemigo desconocido puede tener tu misma conversación...

–Eso es. Separados sólo por el uniforme.

–Ahora, cogemos todo esto y lo metemos en una coctelera y... premios y las mejores críticas.

q–¿Primer pensamiento al leer el texto? Porque dudo que se imaginaran todo esto.

–No, claro que no. No puede pensar mucho porque lo leí del tirón a las dos de la mañana y acabé llorando como un niño. No podía. Y cuando pasa esto no hay opción al me gusta o no, lo hago o no. Te traspasa. Haces un viaje. No llamé a nadie por las horas, pero le mandé un correo a Pablo (Messiez).

–Se sigue agitando la cosa y... ¡película! Con ustedes incluidos.

–Sí, pero todavía está en fase de guión. Me puse muy pesado con eso desde el principio. Era como una fantasía. Dicen que está todo bastante avanzado, pero no deja de encontrarse en una fase embrionaria.

–Además, abren el reparto.

–Se habla de tres personas más.

–Y por fin saldrán más allá de la celda.

–Correcto.

–Que se dé, como poco, tan bien como la obra.

–Esperemos.