«En la piel de Sócrates soy de los más felices del mundo»

José María Pou
José María Pou

Dando vida al filósofo, llama a las conciencias ciudadanas recuperando una de las mentes más lúcidas de la humanidad y la primera víctima de la democracia por «ser consecuente con uno mismo»

Dice ser una de las personas más felices de la tierra desde que está a las órdenes de Mario Gas en «Sócrates, juicio y muerte de un ciudadano», que acaba de representar en el teatro Lope de Vega de Sevilla, donde actúa con la misma pasión con la vive día a día.

–¿Qué tiene que decir Sócrates en el año 2016?

–Supongo que lo mismo que tenía que decir en el 399 a. C. pero multiplicado por muchos décimos. Una de las razones por la que se hace el espectáculo es que tanto los productores como Mario Gas y Alberto Iglesias, autores del libro, y los actores consideramos que Sócrates tiene mucho que decir al ciudadano de hoy. No tanto al espectador como al ciudadano, porque el ejemplo de Sócrates en esa democracia del 399 a. C. quizás podía servirnos para comprender mejor la nuestra de ahora. Ésta es una de las herramientas que puede ofrecer el teatro al hombre a través de la exposición de distintos actos y elementos para reflexionar sobre el momento en el que se está.

–Sócrates es una víctima más de la democracia.

–Sí, era un hombre en aquella democracia de Atenas que por ser la primera siempre nos parece que era una democracia en estado puro y la perfección, pero que tras ser sometida por Esparta estaba en un segundo episodio democrático muy tocado por las manos de los hombres y quizás no por las mejores manos. Muy manipulada, muy deteriorada y eso fue de lo que se dio cuenta Sócrates y lo comenzó a denunciar. En definitiva, empezó a divulgar la corrupción en la que estaba inmersa la democracia, lo utiliza como tema en sus conversaciones que hacía a lo largo y ancho de Atenas sin cobrar un duro por sus charlas, vistiendo de manera pobre y contando cosas mucho más interesantes que aquellos que se llamaban socráticos y que cobraban fortunas por enseñar a los hijos de los ricos. Él iba enseñando la quintaesencia de su método filosófico, que es la búsqueda de la verdad. La verdad se encuentra no contentándose con lo que nos muestran y preguntándose siempre por qué. Una persona que está siempre preguntando el porqué de las cosas, que busque y hurgue en lo que sucede a primera vista, forzosamente es incómoda para el poder y la sociedad que domina el cotarro. Había que cargárselo, estaba claro, y se utilizó un complot muy bien orquestado acusándolo de no respetar la verdad oficial, corromper a los jóvenes a los que les decía que no se contentaran con lo que veían, que hurgaran porque había que encontrar la verdad. En un juicio amañado lo condenaron a muerte y sucedió el hecho más importante de todo lo que habla el espectáculo y el que más me interesa: es un hombre consecuente que asume la pena de muerte pese a que puede pagar por librarse de la pena como era habitual entonces. Acató las leyes que juró, las que le condenaban, y no dudó en tomarse la cicuta.

–La honestidad por encima de cualquier cosa.

–Ser consecuente con uno mismo y con el compromiso que se ha adquirido con los demás.

–¿Se siente cómodo en este papel?

–Debo decir que en la piel de Sócrates soy una de las personas más felices del mundo. Voy a cumplir pronto casi 50 años de actor y he tenido la suerte de tener grandes espectáculos y grandes personajes. Siempre he hecho los que he elegido, pero en éste curiosamente nunca había pensado porque Sócrates por sí mismo no es un personaje teatral. Uno piensa que por un día hará Edipo o Agamenón, cualquiera de los héroes clásicos y fue como una revelación. Nunca pensé en interpretarlo pero era lo que necesito y quiero hacer en este momento, además es la primera vez que interpreto a un personaje que coincide que tiene la misma edad que yo. Coincidía, porque yo ahora tengo un año más que él cuando murió, en los 70 años que tenía cuando la estrené el pasado junio, y eso hacía que las dos naranjas encajaran a la perfección. Por otro lado, poder salir cada día a un escenario, que en definitiva es una tribuna, a contar las cosas tan maravillosas que dice Sócrates sobre la democracia y los hombres...; sentirme portador de esto es sentirme un privilegiado como actor y como ciudadano. A veces no sé cuándo es el actor y cuándo José María, que dice por boca de Sócrates lo que quiere señalar a sus ciudadanos contemporáneos.

–Con el año que ya le saca a Sócrates, ¿le ha cambiado la perspectiva que tenía de él?

–Bueno, no mucho. Uno a esta edad ya llega conociendo a Sócrates y ha vivido mucho. Si a los 70 años uno no tiene su carácter hecho, bien definido, se han vivido muchas cosas, es que no ha ido todo como debería ir. Mira, los actores tenemos la suerte, algunos, de contar con personajes que tienen mucho que decir y entonces hay que meterse en la piel del personaje para poder contar perfectamente lo que hay que decir al espectador. A base de obligarte, lo que haces es que al final te conoces mejor que nadie, porque sales tremendamente enriquecido al superar las dificultades que cada personaje te presenta. Si con 70 años no has aprendido nada de todo eso es que eres un tarugo, un trozo de madera.

–Algún defecto tendría Sócrates...

–Como todo ser humano, en mi espectáculo yo intento incorporarlos y hacer que el público los conozca. Alguno de sus defectos, que están reconocidos por los autores, es quizás su irascibilidad, su soberbia, se peleaba a puñetazo limpio contra sus contrarios para defender sus ideas. Era un hombre exuberante, con muchos movimientos y violento que llegaba a asustar incluso a la gente. Era incontinente, no callaba lo que tenía en mente ni pensaba tres veces lo que había que decir. Ésa es una de las razones por las que le pasó lo que pasó y él mismo admite que su gran defecto es la soberbia, estaba convencido de que lo decía era lo mejor, lo que había que hacer y no admitía otras opciones.