Espert incendia la abadía

Mario Gas recupera la obra cumbre de Wajdi Mouawad. Un remolino de dolor, sentimientos, maldad, ignorancia y amor en el que sobresale la actriz, que recibirá el próximo Princesa de Asturias de las Artes

Laia Marull (izquierda) y Nuria Espert se desdoblan en el escenario para dar vida a Nawal en dos etapas de su vida
Laia Marull (izquierda) y Nuria Espert se desdoblan en el escenario para dar vida a Nawal en dos etapas de su vida

Mario Gas recupera la obra cumbre de Wajdi Mouawad. Un remolino de dolor, sentimientos, maldad, ignorancia y amor en el que sobresale la actriz, que recibirá el próximo Princesa de Asturias de las Artes

«Es complicado de contar», dice Espert. Son los viajes de varios personajes en busca de lo desconocido. La investigación de algo que saben que está ahí y que deben dar con ello. A toda costa. Pese a quien le pese, hasta a uno mismo. A ciegas. No hay dolor posible que pueda frenar la carrera. Dar con personas y pistas definitivas. Conocer de dónde se viene y si tiene sentido cada paso. Lograrlo por todos los medios para poder seguir viviendo. Cerrar un círculo. Desahogarse. Quemarse y desgarrarse si fuera necesario. «No es el argumento, pero sí el corazón de la obra», cierra la actriz. Un núcleo forjado al ritmo de una tragedia griega de hoy. Tetralogía incluida, la que «Incendies» compone junto a «Littoral» (1997), «Forêts» (2006) y «Ciels» (2009). Un mundo patas arriba, incendiado.

Historia de hace más de 2.000 años contada en una viñeta contemporánea. Escrita en 2003, pero que encajaría en las páginas de este mismo diario sin perder un ápice de actualidad. Sin dar nombres, aunque se sitúa sola. Sófocles resucitado en las carnes de un canadiense de origen libanés, Wajdi Mouawad, marcado por la guerra que vio, olió y tocó. Igual que en su día el poeta griego hiciese con «Edipo rey», Mouawad trazó una tragedia de similares magnitudes. Mismo drama. Diferente forma y letra. Fuerza idéntica, porque entra hasta el tuétano. Todo lo que empapó al autor durante su infancia: un autobús de refugiados palestinos invadido por el plomo de las milicias cristianas o, por la inercia de la masa, bajar a celebrar, bailando, el asesinato de un líder izquierdista druso, como ejemplo. Y más. Sólo era un niño, aunque son de esas cosas que se quedan grabadas para siempre. A fuego. «Ha tenido la maestría de convertir lo que podría ser filosofía en teatro con mayúsculas. ¿Qué se encontrará de hoy en este texto? Todo, porque no hay uno tan actual, desgraciadamente, como ‘‘Incendios’’», apunta Nuria Espert.

Años después, Mouawad comprendió todo. Ya hacía mucho que había abandonado su Beirut natal, al comienzo de la guerra civil. La familia al completo huyó al sur de París, de donde tuvieron que saltar –seis años después– a Canadá después de que la burocracia gala les denegara la renovación de la residencia. Allí, en la etapa final de su adolescencia, comenzó a darle a los clásicos, entre los que encontró a Sófocles. Toda una revelación con la que el tiempo haría explosionar su imaginación en forma de montaje teatral.

w cruce de vidas

Tres historias cruzadas en tres horas de montaje. La de Nawal –la protagonista, si es que se le puede considerar tal en una obra más que coral. Tanto como su creación, en la que Mouawad tardó diez meses en escuchar a cada uno de sus actores para cerrar el libreto–, desde que se enamora de Wahab (Edu Soto) y se queda embarazada hasta su muerte; la de su primer hijo, al que buscará durante toda su vida tras separarse de él al nacer; y la empresa de sus hijos gemelos para llegar al fondo de su pasado, una tortura. La muerte de Nawal es el principio de todo el torbellino inflamable de Mouawad. No pasa ni un día hasta que se abre su testamento, «la puerta a su silencio y a sus secretos, a los misterios dolorosos de una familia», presentan. Un cuaderno rojo, una chaqueta de tela verde y dos sobres que llevan dentro mil y una consecuencias. Es todo lo que Nawal lega a sus gemelos, Jeanne (Carlota Olcina) y Simon (Álex García), que apenas sabían de ella. Un efecto dominó que dará con más cajas de Pandora. Una detrás de otra. Hasta reventar y llevar a cada personaje al límite, a quemarse en cada uno de los frentes de este enorme incendio atemporal y trasladable a cualquier zona de conflicto.

En 2008 sonó la flauta y, gracias al buen ojo y a la insistencia de Pilar Yzaguirre, «Incendies» llegó al Español de Mario Gas, que lo retomaría dos años más tarde en las naves del Matadero. Por aquellas fechas ya dejó buenas trazas de que lo que se ponía sobre las tablas: iba a ser uno de los grandes textos del repertorio del siglo XXI –«sin duda», en palabras de Espert–. Ahora es el propio Gas el que se atreve con la dirección del miura: «No hay nada escrito sobre los cobardes, así que decidí que tenía que hacerlo. Desde el respeto a la propuesta de Wajdi, pero con soluciones nuevas». Lo dice con el enorme recuerdo de entonces. Porque es una cuestión de testiculina y de hacerse grande ante un reto que obnubiló a público y crítica. «Hubiera sido de cobardes –repite– no aceptar esto». Y así ha hecho, impulsado por una «necesidad irreprimible» de levantar «Incendios» –castellanizada para la ocasión y producida por el propio Teatro de la Abadía e Ysarca–, donde «no eludimos el conflicto, el drama, la emotividad ni la emoción», apunta el dramaturgo.

Para no abrasarse en las llamaradas del monstruo de Wajdi Mouawad, Gas pone bajo su batuta a un elenco en el que sobresalen dos nombres: Ramón Barea y, sobre todo, una Nuria Espert que retoma los escenarios a sus 81 años. «Es el verdadero ejemplo de reinventarse, de rejuvenecer, de tratar el texto como una adolescente, a los demás... Es la raza y el camino que han de seguir cada uno de los jóvenes que quieran empezar en esto. Antes que historia del teatro y ejercicios corporales, se debía enseñar cada paso de esta mujer», elogia el director. Ella será Nawal, la que encenderá la mecha. Y su madre, y su abuela, y Jihane, y Nazira... Cinco papeles, que no se diga que falta energía. Aunque el principal lo compartirá con Laia Marull, encargada de la juventud de un personaje que puede ser la mujer de cualquier guerra. Tristemente humillada y lo que le costará una carga pesada que sólo verá la luz con su final.

Dentro de la escena, Mario Gas reserva un espacio para el original del director canadiense: «He intentado ser profundamente estricto con la obra de Mouawad, incluso se ha hecho un homenaje al autor dentro de la escenografía». Carl Fillion es el responsable de ésta, «esencialista» para Gas, que sigue: «Capaz de recoger la polivalencia de lugares y la poesía. Y cuya virtud es estar en lo estrictamente necesario».

«Incendios» es el renacer después de la destrucción absoluta. A lo Ave Fénix. Salir de las cenizas, como buenamente se pueda, pero salir. Remover cielo y tierra, hasta los fondos más profundos para encontrar la esencia y el origen de tu ser. Es «una mirada penetrante sobre la maldad, la ignorancia y el amor», dice Espert, que define la obra como «un suspense espiritual».