Teatro

"La Wagner": ¿No puede un hombre dirigir una obra sobre violencia de género?

El espectáculo está integrado por cuatrro bailarinas, el mismo elenco que estrenó la obra en 2013
El espectáculo está integrado por cuatrro bailarinas, el mismo elenco que estrenó la obra en 2013

Cuatro mujeres desnudas. Un escenario más desnudo si cabe. La violencia y el maltrato, la ira, están presentes en escena, y hay un hombre al frente del proyecto. Hoy y mañana se estrena en el teatro Español «La Wagner», una dura obra que ha levantado controversia. Viene de Argentina, donde el éxito ha sido un goteo, 25.000 espectadores son unos cuantos, un buen puñado de almas para el patio de butacas. Ellos certifican que esta pieza tiene hechuras y habla en nombre de las mujeres aunque quien esté al frente no lo sea. ¿No puede un hombre dirigir un espectáculo sobre violencia de género? ¿No está capacitado? ¿Es incapaz de entenderlo? Imaginamos que estas preguntas se las habrá podido plantear el director, Pablo Rotemberg desde 2013, año en que echó a rodar la producción. «Si no fuera gay me acusarían de misógino», asegura. Cuesta entender que la obra, que se autodenomina «feminista», haya causado suspicacias por no ser una mujer quien esté detrás de ella. Rotemberg ha escuchado en alguna ocasión que no estaba capacitado. ¿No resulta excesivo? Yo puedo tratar de empatizar con los problemas de un hombre, lo inaudito es que no se entienda que un hombre pueda comprender los que atañen al universo de la mujer en materia de violencia de género. Disculpen, yo no lo comprendo. No entiendo el veto ni la negativa. En algunos de los países en los que se iba a estrenarse la obra fue finalmente aplazada o suspendida porque no consideraban apropiada la dirección masculina, como es el caso de... Berlín. Nada menos que la capital de Alemania. «Hay quien en lugar de verlo como denuncia lo entiende como misoginia», dice. Parece una broma de mal gusto. La cuestión ha hecho mella en el director, que llegó incluso a darle una vuelta. Se interpeló sobre su propia sexualidad «y entonces yo respondí que también me considero una mujer». Esa desnudez de los cuerpos, solo la acción, lleva a cubrir únicamente los pies con zapatillas y las rodillas y codos con protectores. Mujeres dolidas, pegadas. Y de fondo y presente siempre, el trabajo de un director cuya familia, una parte, murió en un campo de concentración. Y la música de Wagner (¿no era antisemita el compositor?) dando forma. ¿No tiene suficientemente peso el espectáculo, no están los mimbres bien soportados y urdidos como para discutir su autoría porque no es una mujer quien está detrás? El público, no lo olvidemos, son ellos y son ellas. Somos todos porque el problema, esta lacra terrible, la vivimos cada día. Y si es un hombre el que le echa reaños, ganas y experiencia y la pone en escena, bienvenido sea.