Leo Harlem: «No tengo whatsapp, tardo menos hablando que tecleando»

Leo Harlem / Actor. «Hasta aquí hemos llegao» vuelve a Madrid (Teatro Infanta Isabel) desde el 29 de septiembre hasta finales de junio. El humor es necesario, dice, y para él también su modo de vida

Leo Harlem

Ha perdido relojes en raciones de callos y ha salido más noches que el camión de la basura. Tras abandonar sus estudios universitarios y trabajar de panadero y camarero, Leo Harlem es uno de los cómicos más reconocidos del panorama nacional. Responde a la velocidad de la luz, demostrando su agilidad mental. «Hasta aquí hemos llegao» vuelve a Madrid para «partir el pecho» de un público heterogéneo y variopinto.

–Cuénteme sus inicios en el mundo del humor.

–Siempre he tenido cierta gracia. Trabajaba en un bar, pero iba a otro a hacer actuaciones. Y Mariano, el dueño, se reía mucho conmigo. Me dijo que me iba a poner allí a actuar. Pensé que era una broma, aunque la cosa fue a más. Me presenté al concurso del Club de la Comedia y llegué a la final. En 2003 empecé a trabajar en el humor, hasta ahora.

–¿El humorista nace o se hace?

–Nace. Hay escuelas de arte dramático, pero no del humorístico. La inmediatez y la rapidez te tienen que brotar. Es más instintivo e intuitivo, aunque se pueden aprender técnicas para escribir bien y usar esquemas que funcionen.

–¿Y si no fuera cómico?

–No me asusta trabajar. Quizá seguiría en el bar.

–Una buena escuela.

–El que haya trabajado en la hostelería cinco años ya tiene la psicología convalidada. El tiempo que estuve de cara al público fue cuando más he aprendido en mi vida. Se desarrolla mucha capacidad de atención, de trato... Se aprende más en los bares que en las escuelas.

–Son las redes sociales de toda la vida...

–Exacto. Con el agravante del anonimato, porque el tonto del pueblo antes tenía nombre y apellidos. Me da pánico no ver la cara del interlocutor. Las redes sociales están dañando irreparablemente la vida social.

–No tiene whatsapp.

–Ni tendré. Se tarda menos hablando que tecleando.

–¿Es de los que anima las reuniones de amigos y familiares?

–Sí, cuando me apetece. Si me dicen que cuente un chiste, pues no. Pero si un día me caliento, puedo estar un buen rato animando. Me gusta mucho que participen otras personas. Hay gente que no se considera graciosa y tiene mucha gracia. Y otros que piensan que cuentan muy bien los chistes y lo hacen fatal.

–¿Se considera un cachondo fuera de los escenarios?

–No. Tengo mi puntito de gracia cuando hay que intervenir, pero también me quedo mucho tiempo callado y escucho. No estoy «full time» haciendo el tonto, me dosifico.

–¿El humor es una buena medicina?

–La mejor. Sobre todo, reírse de uno mismo, quitarnos importancia y no sentirnos el ombligo del mundo. Hay que desdramatizar.

–Reír alarga la vida. ¿Hace falta más comedia en televisión?

–Desde luego. El humor ha ganado espacio en muchos programas, en la radio e incluso en los teatros. Nunca está de más, siempre ayuda.

–¿Entrena la mente para ganar agilidad?

–Siempre he sido frescachón. Para entrenar la mente lo más importante es tenerla despejada. Duermo lo que puedo y procuro escapar del ruido, que me parece lo más dañino.

–¿Cuáles son sus fuentes de inspiración?

–Me gusta hacer monólogos de temas de nuestras vidas, generalistas. No entro en asuntos susceptibles de follón. Hablo de las modas que se imponen, de los gin-tonics, de los cachas, de los viajes a lugares exóticos...

–Pero no de política, ni de religión...

–Porque son problemas. En España hay mucha polarización y tremendismo. El humor es para que la gente se relaje, no para que se tense.

–¿Por qué muchos cómicos se autocensuran para sobrevivir?

–No se puede decir todo lo que uno quiera. Vivimos en una sociedad donde el margen de maniobra cada vez es más limitado.

–Le he oído burlarse de la obsesión de algunos por cuidarse...

–Hay quienes en su vida habían dado un brinco y a los 50 años se compran las mejores zapatillas y se ponen a correr como locos. Hay una fiebre por el aspecto saludable. Si te dicen que comiendo callos estás mejor, no habría suficientes callos en el mundo.

–¿Usted se cuida?

–Muy poco, aunque tampoco soy autodestructivo. He montado mucho en bici, he jugado al fútbol, pero ahora no hago prácticamente casi nada. Me gusta darme un paseo de una hora, aunque por caminar te llamen jubilado.

–Dicen que la mejor comedia nace del dolor ...

–En España hay mucho humor negro. Grandes obras, como «El Lazarillo de Tormes», tienen de fondo un drama muy profundo. Están muy unidos el humor y el dolor. Son dos manifestaciones humanas que se rozan.

–Los momentos de crisis, ¿son buenos para la comedia?

–La ponen en valor. El humor sirve como válvula de escape, como terapia temporal.

–¿Somos un país de risa?

–Somos un país peculiar. Cada comunidad tiene sus identidades, su estilo y su forma de entender la vida. Vista desde fuera, España produce perplejidad. Pero eso lo ponemos en solfa y nos reímos.

–¿Qué le hace gracia?

–El humor elegante y bien hecho. Con las películas antiguas de Chaplin me tiro por el suelo. El chiste burdo, la descalificación o las cosas groseras no me van.

–¿Ser gracioso ayuda a ligar?

–Las mujeres dicen que les gusta que los hombres sean graciosos, pero a la hora de votar salen Javier Bardem, Hugo Silva... los guapos. Se cogen más moscas con miel que con hiel.

El lector

Célebre en la pantalla, también se le oye en radio, donde cada lunes colabora con el programa de Onda Cero «Más de uno». Y lee LA RAZÓN, entre otros periódicos, cuando viaja en tren, que suele ser de vez en cuando. En casa, nada más levantarse, consulta el Teletexto para ver las cabeceras de los principales medios. Así rara vez se pierde lo que pasa por el mundo.