Manuel M. Velasco: «La mujer siempre ha rescatado al hombre»

Manuel M. Velasco
Manuel M. Velasco

«El Tren de las 22:27» es una comedia antiromántica que estará en Teatros Luchana todos los viernes hasta finales de abril.

Una comedia anti-romántica que entrelaza las relaciones interpersonales de ocho jóvenes y hace reflexionar sobre el amor y la amistad. Se trata de un viaje físico, entre Madrid y Barcelona, pero también emocional, que enseña a cuidar lo que se tiene y a luchar por las personas que nos importan. «El Tren de las 22:27» estará en Teatros Luchana los viernes de marzo y abril.

–¿Hay trenes que sólo pasan una vez?

–Sí. Así que si te interesa éste, súbete, porque a lo mejor mañana es otro distinto.

–Algunos, quizá, no deberían pasar nunca...

–Todos son necesarios, porque todos nos enseñan algo. Cualquier persona, si queremos que esté en nuestra vida, nos puede aportar.

–¿Cómo subirse al vagón adecuado?

–No lo sé. Soy analítico y puedo pecar de frío. En ocasiones, dejo escapar el vagón conveniente cuando pongo en una balanza los pros y las contras. Pero a veces hay que subirse a los trenes sin pensárselo tanto.

–Pues hay trenes que descarrilan...

–Cierto, por mucho que hagamos para que permanezca en la vía o que nos empeñemos en ser el maquinista para estar al frente de la locomotora.

–¿Sobre qué nos hace reflexionar esta obra?

–Sobre el amor y la amistad. Nos enseña que si hay algo que quieres lo tienes que cuidar mucho. Somos una generación de consumo rápido, incluidas las relaciones. Tratamos a las personas como objetos. Cuando no nos sirven para lo que queremos o necesitamos las tiramos y nos compramos una nueva. Pero hay que luchar por quienes nos interesan e importan.

–La gente ya no habla en los trenes. Cada uno con su smartphone...

–Y ahora que están poniendo wifi... Incluso hay vagones del silencio para que no molestes al de al lado. Yo también descuido muchas relaciones por estar pendiente del móvil. La tecnología para conectarnos con otros ha venido para quedarse. Llegará un momento en el que en los colegios haya asignaturas para enseñarnos a comportarnos, porque es una falta de respeto descuidar a las personas por el móvil.

–¿Qué puede pasar sobre raíles?

–De todo. Yo soy muy reservado y tengo cien mil corazas. Pero en un viaje de tren te puedes enamorar, entablar una amistad... Hay trenes que cambian la vida.

–¿Vivir es viajar?

–La vida es un viaje constante, aunque nunca cambies de ciudad. Y las personas que entran y salen de tu círculo en el fondo son andenes, estaciones.

–¿Cuál debería ser el rumbo?

–Ninguno. El fin no es el destino, sino el viaje. Uno de los grandes problemas que nos puede entristecer es no saber hacia dónde vamos.

–¿Y qué hacer cuando uno se desorienta?

–Seguir avanzando, sin parar.

–¿Cómo convertir cada trayecto en único?

–Saliéndote de ti mismo y mirándote desde fuera. Todos los trayectos son únicos, aunque no seas consciente en ese momento. La mejor manera de darte cuenta de lo que vales y de lo que puedes llegar a ser es poniéndote en la piel de otro que pasa por la calle, o de un conocido, y pensar en cómo nos ve esa persona.

–La obra derriba el mito de los amores de príncipes y princesas...

–Exacto. Pertenecemos a una generación en la que, quizá, los chicos no esperan la princesa azul, pero a las chicas desde pequeñas les han enseñado que vendrá un príncipe a rescatarlas, como en las películas de Disney. Sin embargo, a partir de «La Bella y la Bestia», el cuento ha cambiado. Ahora las princesas rescatan a los príncipes, como en la vida real. Y es que la mujer siempre ha rescatado al hombre.

–¿El amor se idealiza?

–Por completo. Es ridículo pensar que se puede vivir sin amor, lo que no significa que no se pueda vivir en estados de soltería, e incluso de soledad. Pero siempre hay que estar enamorado de algo. La clave de la felicidad es tener algo que hacer, algo que esperar y, sobre todo, alguien a quien amar.

–¿Y el desamor?

–También. No hay que idealizar a los ex, una vez que desde fuera se haya visto de forma analítica que la relación no funcionaba. Es como una adicción a una sustancia que el cerebro deja de generar.

–¿Por quién luchar?

–Por la última persona en la que pienses cuando te acuestas y por la primera en la que lo hagas cuando te levantas.

–¿Y si somos nosotros mismos?

–Nadie nos querrá como nos queremos nosotros. Luchar por ti mismo es lo mejor, porque es la única persona con la que vas a estar siempre.