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Sinestesia, el cerebro según Peter Brook

El director inglés y Marie-Hélène Estienne llegan a los Teatros del Canal con «The Valley of Astonishment», un viaje por este fenómeno

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Puede que la palabra «Peter» sea roja y «Brook» amarilla. Quizá incluso «Peter» huela a naranjas y «Brook» produzca un regusto salado. Esto sucederá únicamente, claro, en el cerebro de un sinestésico. Este fenómeno, que se da en aproximadamente un dos por ciento de la población, comienza poco a poco a ser estudiado. Y, sobre todo, comprendido. No hay nada malo en ello. No es una enfermedad, un mal o un problema. Al revés, para muchos, esta condición, de nacimiento, se trata de un don a menudo asociado a la creatividad artística. Kandinsky, Nabokov, Rimsky-Korsakov, Messiaen, Rimbaud y Liszt, entre otros artistas, escritores y compositores, fueron sinestésicos. El cerebro de un sinestésico (o sinésteta, aunque se emplea menos este término) asocia percepciones sensoriales de campos diferentes (la palabra viene del griego «syn», unir, y «aísthesis», sensación). La más habitual, la sinestesia grafema-color, vincula a cada letra, palabra o cifra, una tonalidad. Pero hay también variedades de tacto, olor, gusto, sonido... Números que suenan como notas musicales, texturas que al tocarlas producen un sabor... De este no tan excepcional fenómeno trata «The Valley of Astonishment», el más reciente espectáculo de Peter Brook con Les Théâtres des Bouffes du Nord, el montaje que inaugura esta semana el Festival de Otoño a Primavera.

No tan excepcional porque es probable que usted conozca a más un sinestésico sin saberlo; es probable incluso que ni él o ella mismos lo sepan: muchos nunca lo descubren, y otros lo hacen cuando oyen hablar por primera vez de este fenómeno en algún momento de su vida. «Se trata de una experiencia que se repite, gente que piensa que todo el mundo es como ellos y no descubren que no es así hasta que no tienen entre 35 y 40 años», cuenta Brook al hilo de un ejemplo real. «Es muy interesante».

No es la primera vez que Brook, aquí acompañado por su colaboradora desde hace cuatro décadas Marie-Hélène Estienne –que codirige este montaje, como ha hecho otras muchas veces–, aborda las profundidades del cerebro. Ya lo hizo en 1994 con «The man who», adaptación de un libro de Oliver Sacks que trataba sobre la agnosia, y con «Je suis un phénomène», pieza de 1998 sobre un texto del neurólogo Alexader Luria (1902-1977). Sin embargo, Brook asegura que, más que en la mente, está «interesado en el ser humano, que es muy diferente. No es una obra sobre el cerebro, sino sobre la condición humana». Y añade, al preguntarle por el título del montaje, que nace de un verso de un poema sufí que él ya llevó a escena hace décadas: «‘‘The Conference of the birds’’, al igual que el ‘‘Mahabharata’’, abrieron la búsqueda del ser humano por entender su condición, de una forma tan poderosa que, aunque pertenecen a épocas y ambientes muy diferentes, las dos están estrechamente relacionadas por algo llamado el cerebro». Y asegura: «Todos hemos hecho ese viaje por el valle del asombro. Tú mismo no me estarías llamando ahora si no».

Es precisamente a partir de un caso real de Luria, el de un sinestésico que trató en 1920, desde donde Brook y Estienne han construido este montaje, en el que actúan Jared McNeill (quienes siguen la trayectoria de Brook le conocerán de «The Suit»), y Kathryn Hunter y Marcello Magni, ambos vinculados a otra prestigiosa compañía, Complicité y actores en obras de Brook como «Fragments», acompañados los tres por los músicos Raphaël Chambouvet and Toshi Tsuchitori, también colaboradores habituales del director inglés.

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Desde Ginebra, donde estos días representan el montaje antes de venir a Madrid, el casi nonagenario Brook atendió a LA RAZÓN con una cabeza perfectamente situada sobre los hombros. Así que comenzamos preguntándole cuánto sabía de la sinestesia y cuánto ha aprendido en el proceso de la obra: «Cuanto puedas saber no es nada comparado con lo que debes aprender. Lo que llamamos cerebro es una palabra muy simple para hablar de ese pequeño espacio encerrado dentro del cráneo. Pero cuando miras dentro, ves cien millones de movimientos que están teniendo lugar a la vez, en todas direcciones. Es como si sumaras Madrid y Barcelona en una única ciudad con todas sus contradicciones, oposiciones y sus cosas buenas, con sus trenes, tranvías y coches corriendo en todas direcciones».

El órgano de color

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«Por supuesto, sabía desde hace años de la existencia de la sinestesia –continúa Brook–. Y sabía de ella a través de un gran compositor, Scriabin, quien compuso sus obras, una sinfonía en particular, no sólo para instrumentos al uso, sino para uno que inventó, el ‘‘órgano de color’’, en el que en vez de las notas, proyectaba colores. Algo muy convencional, porque hoy cualquier club nocturno o cualquier concierto de rock utiliza luces de colores, pero hace cien años, cuando Scriabin lo usó, fue profundamente revolucionario. Procedía del hecho de que no estaba inventando nada: él mismo lo experimentaba porque tenía esta condición que hoy conocemos como sinestesia y a la que en aquellos días seguramente no sabían ponerle un nombre». Scriabin, recuerda Brook, «tuvo algo que en bastante gente fue un estigma. Muchos le decían a sus hijos que no eran normales, que había algo no bueno en ellos. Pero Scriabin, como Nabokov, que también tuvo esta condición, sintió que era ligeramente mejor que el resto, en el sentido que hoy lo pensarías si tuvieras una habilidad especial para los idiomas: nadie te vería como anormal, sino que te felicitarían». Se trata de «un don», subraya Brook.

Otra obra sobre Alexander Luria

«Cuando comenzamos a trabajar sobre el cerebro, al principio con ‘‘The man who’’, de Oliver Sacks, empezamos a ver a más y más pacientes. Estrenamos ‘‘Je suis un phénomène’’, que nunca hicimos en inglés, pero que sí representamos en el norte de España. Trataba sobre un caso real, el de un hombre con una memoria increíble y con sinestesia, al que trató un gran neurólogo ruso, Alexander Luria. Trabajamos en esto primero como un guión cinematográfico que luego se convirtió en una obra, junto a Marie-Hélène Estienne, y cuando habíamos hecho todo este trabajo, y lo habíamos representado en Francia, en Les Théâtres del Bouffes du Nord, y por toda Europa, entonces decidimos hacerlo en inglés. Teníamos por supuesto muchos puntos de partida. Pero empezamos, desde cero, a redescubrir algo más sobre esto conociendo a verdaderos ‘‘pacientes’’, aunque no es la palabra, porque no se trata de un impedimento, sino de una condición».

Pero, ¿puede un arte como el teatro plasmar algo tan difícil de describir, de imaginar, un magma de sentidos que sucede en la mente únicamente de algunas personas? «Permítame dejar esto claro para evitar cualquier clase de equívoco. Nuestro propósito jamás es usar el teatro ni como un mitin político ni como una conferencia. El teatro no es un lugar en el que vender un programa, como se hace en el primero, ni en el que ofrecer un análisis de explicaciones y conclusiones, como se hace en una sala de conferencias. El único interés al acudir al teatro es el de conocer a seres humanos, como la persona que me comentas, y adentrarte en sus vidas. Todo el teatro, desde la tragedia griega, pasando por Shakespeare y hasta Beckett, siempre nos ilumina sobre las partes desconocidas del ser humano. Lo hace compartiendo con nosotros, a través de su acción, su situación. No podemos inferir la teoría; debemos encontrar a esa persona, en esa situación, con otra gente, en una obra». En este caso, explica, «estamos en un área completamente nueva. Lo que hacemos, probablemente, es entrar al cerebro a través del efecto en la gente que los rodea, y a través de cómo viven, y dejando claras sus extraordinarias capacidades tan desconocidas y sus también muy desconocidas dificultades humanas. Y hacer, una vez más, materia teatral de ello».