Teatro

"Terrenal. Pequeño misterio ácrata": La biblia criolla

Autoría y dirección: Mauricio Kartun. Escenografía y vestuario: Gabriela Aurora Fernández. Intérpretes: Claudio Da Passano, Claudio Martínez Bel y Rafael Bruza. Teatro de La Abadía, Madrid. Hasta el 3 de noviembre de 2019.

Después de su fugaz paso por el Festival de Otoño, el director del Teatro de La Abadía, Carlos Aladro, ha tenido el acierto de recuperar esta joya escrita y dirigida por Mauricio Kartun. Con un divertido lenguaje escénico que homenajea al clown, al mimo y al circo en general, y con un fondo existencialista y metafísico propio del más analítico drama de ideas, el aclamado dramaturgo y director argentino revisa la historia bíblica de Caín y Abel desde una óptica contemporánea para construir una alegoría mucho más reveladora y universal que la del mito original. Un particular y muy humanizado Dios se convierte en abuelo de los dos protagonistas y sirve dramáticamente como balanza de su inexorable conflicto, que no es otro que el de la sempiterna dualidad intelectual del ser humano. Dicho de un modo más claro, de lo que habla la obra es de las dos grandes ideologías que enfrentan y seguirán enfrentando siempre –en cuanto que emanan de sendos caracteres antagónicos psicológicamente– a los individuos de cualquier sociedad: el socialismo y el capitalismo. Mientras que Abel es un trabajador sin pretensiones de una tierra modesta que disfruta de la simple gracia de vivir y del tiempo que puede dedicar a saborear y apreciar esa vida, Caín es un hombre ambicioso y rígido, amante de las normas y seducido por el comercio, que tiene como meta en la vida sacar el mayor rendimiento posible a lo que produce y producir aquello que más le pueda rentar. Cierto es que, a medida que el simbolismo inicial se va concretando paulatinamente en el desarrollo de la función, Kartun toma un claro partido y la obra se convierte pronto en una crítica del capitalismo exclusivamente, pero no es menos verdad que esa crítica se expresa de la mejor manera que el arte permite, que es asentándola en el rigor argumentativo, dotándola de belleza poética y alejándola de cualquier dogmatismo facilón. Precisamente, hay en el propio texto una aguda y hermosa reflexión acerca de la naturaleza del dogma: cuando Caín justifica sus acciones diciendo que solo ha estado cumpliendo el mandato divino, y que ha seguido al pie de la letra esa canción de «Ganarás el pan con el sudor de tu frente», el propio Dios, desolado, le explica algo en relación a esa y a otras canciones: «Yo solo escribo las músicas, pelele. Notas para hacer bailar. ¡Pulsos! ¡Latidos! ¿Para qué mierda sirve la letra? Para distraer del baile. Para ensuciar las notas con acentos mal puestos».