Vargas Llosa, el «Decamerón» es una bella mentira

Vargas Llosa y Aitana Sánchez Gijón, como el duque Ugolino y su creación imaginaria, la condesa de la Santa Croce
Vargas Llosa y Aitana Sánchez Gijón, como el duque Ugolino y su creación imaginaria, la condesa de la Santa Croce

El Nobel vuelve a escena con Aitana Sánchez Gijón y Joan Ollé, pero esta vez debuta como actor de un texto dramático, «Los cuentos de la peste», una nueva obra suya que reinterpreta a Boccaccio.

Quien haya seguido la trayectoria como dramaturgo de Mario Vargas Llosa sabrá que hay una obsesión recurrente en sus textos: la realidad y la ficción. Lo que es verdad y lo que es mentira, lo narrado y lo ocurrido, se entrelazan con maestría, como ocurría en los viajes de la burguesa con amanuense que contaba «Kathy y el hipopótamo», en las posibles y terribles soluciones a la historia de la bella Meme en «La chunga», o en la propia existencia del protagonista de «El loco de los balcones», tan enfermo de irrealidad. Son textos que el público de Madrid ha podido disfrutar desde que el Ayuntamiento decidió subir a escena la obra integral del Nobel, que en el apartado dramático es un empeño tan interesante como limitado, apenas una decena de obras. Faltan aún «La señorita de Tacna» y «Cuadros bonitos, ojos feos», aunque en lo principal se ha cumplido con la promesa. Poco sorprende así que en la obra que hace la número diez, «Los cuentos de la peste», Vargas Llosa revise «El Decamerón» de Boccaccio, libro de cuentos, de ficciones, de historias que se mezclan con la realidad para escapar de ésta en un Renacimiento asolado por peste bubónica. El Nobel es noticia por partida doble: no sólo estrena esta nueva obra teatral, sino que la protagoniza. No es la primera vez que se sube a un escenario, pero sí la primera que representa un papel teatral propiamente dicho, con dramaturgia, vestuario, diálogos... Antes había compartido escenario en tres ocasiones con Aitana Sánchez-Gijón, en otras tantos espectáculos en los que su parte era más la de un narrador o «dramatizador» de textos: «La verdad de las mentiras» (2005), «Odiseo y Penélope» (2007) y «Las mil noches y una noche» (2009). Las tres, junto a «La chunga» (2012) componían una tetralogía dirigida por Joan Ollé, que se convierte ahora en pentalogía en el Teatro Español: repiten la actriz y el director y los acompañan Pedro Casablanc, Marta Poveda y Óscar de la Fuente.

Cultura frente a la adversidad

Sobre su «debut», el escritor –llamémosle ya actor, que ayer fue el gran protagonista de la presentación a la Prensa del montaje– asegura que no fue una decisión meditada sino algo que fue surgiendo de su experiencia desde «La verdad de las mentiras». «Para un escritor de ficción, que se ha pasado la vida imaginando personajes, convertirse de pronto en uno dentro de una historia, aunque sea fugazmente, es una experiencia extraordinaria», asegura. Sin negar que la vive con algo más que nervios: «Tengo terror. Mucho. Me pregunto cada día si no ha sido una auténtica locura meterme en esto, pero al mismo tiempo es algo emocionante y excitante».

«La obra que he escrito está inspirada en ‘‘El Decamerón’’, pero no pretende ser una adaptación, ya que está formado por cien cuentos y es inabarcable», advierte. «Es un texto muy libre», cuenta sobre su versión, que reúne varios de los cuentos, dramatizados, y que convierte al propio Boccaccio en uno de los personajes, interpretado por Casablanc. Él, por su parte, encarna al duque Ugolino, noble y cruzado. Sánchez-Gijón, a Aminta, condesa de la Santa Croce, esclava y objeto sexual fruto de su imaginación; y Poveda y de la Fuente, a Filomena y Pánfilo, un par de saltimbanquis arrastrados a Villa Palmieri. El punto de partida es ya célebre: en la Florencia arrasada por la temible enfermedad que hacía sangrar y llenaba de bultos y pústulas a la población hasta la muerte, un grupo de personajes buscarán la salvación del contagio encerrados en una mansión, en la que beberán, comerán y contarán cuentos para aislarse del mal exterior. Boccaccio vivió en Florencia en el siglo XIV y conoció de primera mano la peste de la que habla, una epidemia que, en 1348, acabó con un tercio de los 120.000 habitantes de la ciudad. «La cultura, el teatro, son armas extraordinarias para defendernos frente a la adversidad. Por eso nació la ficción: nuestros ancestros en la caverna empezaron a contarse historias con las que se desagraviaban frente a la vida», explica Vargas Llosa sobre el poder de un relato frente a algo como la peste. Y añade: «Un pueblo impregnado de ficciones es más difícil de manipular que otro que no lo esté. El espíritu crítico es la razón por la que todas las dictaduras de la historia han tratado de censurar la ficción».

El terrorismo, la peste del siglo XXI

Y, sobre las lecturas contemporáneas de esa plaga, responde sin dudar: «El terrorismo es la peste de nuestra época. Es la gran protagonista del siglo XXI por el terror que despierta y la preocupación que suscita». Y lanza un aviso que sin duda más de un optimista biempensante echará en saco roto: «Hoy en día existen las armas de destrucción masiva. Ya no es imposible que uno de estos grupúsculos adquiera una y, así como mató a 3.000 personas en Nueva York, pueda asesinar a 50.000 un día».

Ollé ha puesto patas arriba el emblemático Español, con un escenario que rompe el patio de butacas, rodeado de espectadores –algunos situados en lo que habría sido la caja escénica– que asisten a un jardín arabesco, un oasis oriental en el que un caballo muerto y algunas calaveras nos recuerdan que la de la guadaña asedia a estos personajes. «La apuesta es que los espectadores sean también invitados a Villa Palmieri. Los habitantes de este exilio se cuentan relatos, pero también se los narran a los 400 invitados», explica sobre la disposición del escenario, admitiendo: «No debo negar que es también una opción estética». Encantado con la experiencia –«vivimos en la felicidad provisional»– Ollé responde, al ser preguntado por la intromisión del Vargas Llosa dramaturgo en su propio yo de actor: «Tiene más posibilidades de ganar un segundo Nobel que un Max o un Goya. Como se sabe, el mundo del teatro es gremialista. Pero él tiene una virtud: se subvierte a sí mismo y no siempre dice las palabras que escribe. Entonces asistimos a un ejercicio insólito: ver cómo el autor redacta en vivo».