Vuelta al gueto de Varsovia

Juan Mayorga, de la mano de Blanca Portillo y José Luis García Pérez, confronta, de nuevo, pasado y presente. Esta vez en «El cartógrafo».

Rojo pasiónJosé Luis García Pérez y Blanca Portillo se desdoblan hasta interpretar a 16 personajes entre ambos
Rojo pasiónJosé Luis García Pérez y Blanca Portillo se desdoblan hasta interpretar a 16 personajes entre ambos

Juan Mayorga, de la mano de Blanca Portillo y José Luis García Pérez, confronta, de nuevo, pasado y presente. Esta vez en «El cartógrafo».

Juan Mayorga vive por el teatro. Cualquier anécdota, historia, traspiés o casualidad que ocurra a su alrededor es susceptible de ser subida a las tablas. Escoge en el día a día pequeñas cosas que le interesa transmitir y las magnifica. Su radar no descansa ni cuando sale de viaje. Así le sucedió en 2008, cuando tuvo que ir a Varsovia por la publicación de un texto suyo en polaco. Nunca había estado allí, por lo que, en un rato libre, salió a dar una vuelta para conocer aquello. Al tiempo, vio lo que le pareció una iglesia y se acercó. Entonces, descubrió que no era tal, sino una sinagoga. Nunca había entrado en una, pero sí recordaba que «al lado de donde iba a leer Asterix y Tintín de pequeño –la biblioteca municipal de Iglesia (Madrid)– había una». La escena era similar: apariencia conocida por fuera y un coche de Policía en la puerta, aunque esta vez sí se decidió a entrar. Dejó una propina para la conservación del edificio y abrió, sin saberlo, la puerta de «El cartógrafo» que hoy estrena en Pucela y continuará de gira por España.

Dentro se encontró con una exposición de fotografías del gueto de Varsovia. Cada imagen iba acompañada de un cartel en el que se especificaba el lugar en el que habían sido tomadas. Sacó el mapa de la ciudad que le habían dado en el hotel y empezó a señalar con una cruz cada uno de los rincones. Al salir, fue a la marca más cercana. Nada. Lo que minutos antes habían recogido sus ojos nada tenía que ver con lo que ahora estaba ante ellos. «Sentí que todo había desaparecido –recuerda Mayorga–, que habían erradicado un mundo entero de experiencias». Continuó su camino. Todo igual, ni rastro de las fotografías de la sinagoga... Hasta que dio con el monumento en homenaje al gueto judío. «Inmediatamente deseé escribir», dice.

Juan ya no es Juan

Le ocurrió entonces, lo reflejó en un texto meses después y ahora lo lleva a las tablas. Juan es Blanca, interpretada por su tocaya de apellido Portillo, y el dramaturgo curioso es la esposa de un diplomático –Raúl–, al que da vida José Luis García Pérez. La pareja forma la primera rama de la pieza. Ella, a través de las fotografías, descubre la leyenda del cartógrafo del gueto, en la que un anciano, impedido y encerrado en casa, se empeñó en dibujar el mapa del infierno que comenzaba a vivirse en las calles de Varsovia a través de una niña –segundo núcleo de la obra–. Ésta era los ojos del viejo, salía a la calle para encontrar los datos que para él eran imposibles y regresaba al hogar para calcar sus pasos en un mapa. Una cartografía en la que deben sacrificar todos los elementos que hagan sombra o ruido sobre lo que quieren hacer visible. Dejar libre lo esencial: la situación de los judíos del gueto en ese momento. Blanca dará por buena la historia y se volcará obsesivamente en la búsqueda de las pistas que le hagan llegar a la niña, que por fechas ya debe ser una anciana.

Es la propuesta de Juan Mayorga: entrelazar las historias del matrimonio y de la pareja del gueto en unos saltos en el tiempo en los que se irán mezclando más de una decena de personajes. Hasta 16, todos para Portillo y García Pérez.

Como ya hiciera en «La lengua en pedazos» y en «Reikiavik», «El cartógrafo» se ocupa del pasado, «pero sin ser historicistas. Invitan a mirar a un pasado dominado y viéndolo por el ojo de una cerradura», aclara. Un diálogo entre el olvido y la memoria que habla de la «dictadura del presente» –que lo llama Mayorga–. «Cómo el ahora lo devora todo, aun siendo imposible borrar un pasado con el que hemos de convivir permanentemente», apoya la actriz. En la línea de otras de sus obras, el dramaturgo vuelve a poner el eco en algún lugar del pasado para hablar del hoy. Y Mayorga, como autor, explica su definición: «Los ojos te engañan. Lo que te rodea tapa cosas, impide recordar lo que antes estuvo aquí. Lo que vemos esconde cosas. Hay que cerrar los ojos y hacer un esfuerzo de memoria, pero es costoso. Exige conciencia, preguntar y detenerse». En este caso, el siglo XXI había borrado las huellas de un gueto ya irreconocible, salvo por el monumento y otras pocas referencias. Como dice el texto: «‘‘Las cosas importantes sólo se ven a pequeña escala’’ –rememora García Pérez, que continúa–. Si levantásemos cualquier loseta de nuestro presente encontraremos dolor, alegría, asesinato... ¿Cuántas capas del pasado construyen el hoy? Intentar olvidar eso es como hacer arqueología desde la superficie. Taparlo tampoco vale, porque sigue estando ahí».

Recuerdo vs. olvido

«Cuando dejas una capa frágil sin curar, lo más probable es que haya una avalancha en el momento que le caiga algo encima. Las heridas más cerradas no son buen asunto. Hay mil opciones en la vida, pero negar lo que ha ocurrido es absurdo», apunta Portillo.

Aquí ponen Mayorga y los intérpretes el centro de su trabajo, en el conflicto entre el recuerdo y el olvido. El proyecto del anciano y la niña, aunque ésta en un principio lo desconozca, es de hacer memoria. Luchar contra los totalitarismos, en particular el nacional socialismo, que no sólo buscaba el exterminio, sino también que no quedase rastro del pueblo judío. Ellos dos representan la capacidad de mirar, escoger y representar. Combatir la otra gran fuerza desde su posición. Al igual que Blanca y Raúl, que también deben negociar con el pasado en dos situaciones muy diferentes: una personal y otra la que descubre ella en la sinagoga. Cuatro mapas vitales que van y vuelven sobre la escena.