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Theodore Dalrymple: “Es más útil leer a Shakespeare que ir al psicólogo”

Este escritor y psiquiatra británico se ha convertido en el defensor de lo políticamente incorrecto en su país a la manera de Jordan B. Peterson

Imagen de Theodore Dalrymple
Imagen de Theodore Dalrymple

LA RAZÓN entrevista a Theofore Dalrymple, médico y escritor, habla sobre su último libro, titulado “Sentimentalismo tóxico”.

Un sentimental, decía Winston Churchill, es aquel que quiere disfrutar del lujo de una emoción sin pagar un precio. Que se conmueve con, pongamos por ejemplo, la pobreza, pero ni se le ocurre transformarlo en una acción solidaria. A este culto a los sentimientos, Theodore Dalrymple, pseudónimo del médico y escritor Anthony Daniels, le hace una enmienda a la totalidad en uno de sus últimos libros, “Sentimentalismo tóxico” (Alianza Editorial). Políticamente incorrecto, este psiquiatra es la versión británica del canadiense Jordan B. Peterson aunque con más humor y fina ironía. Defiende la responsabilidad del individuo por encima de todo lo demás, ya sea una infancia desgraciada o una adicción. Ambas realidades las conoció bien en su trabajo en el City Hospital y en la prisión de Birmingham.

-¿Cree usted que somos adictos al drama?
-A todo el mundo le gusta, es parte de la naturaleza del ser humano. Sobre todo en situaciones de aburrimiento vital en las que no hay una lucha por la supervivencia. Actualmente, el deseo de drama es mayor que nunca porque la gente ya no tiene convicciones religiosas profundas, ni principios ideológicos muy arraigados. Nuestra cultura no es participativa, no creamos nada y el resultado es la desidia existencial.
-¿Lo preferimos aunque acabe mal?
-Una de las cosas que más me sorprendió en mi trabajo como psiquiatra fue la conducta autodestructiva de tanta gente que hacía cosas manifiestamente negativas para ellos. Concluí que lo que buscaban era precisamente drama en su vida. Aunque les condujera al desastre, lo preferían antes que una vida placentera, normal, pero aburrida.
-¿De qué forma puede resultar tóxico el sentimentalismo?
-Yo llamo sentimentalismo al intento de aparentar y de expresar emociones más intensas que las que realmente se sienten. Como poco, es una manera poco honesta de conducirse en la vida. Si eres un gobernante e intentas adoptar una política concreta en base a un caso muy desgraciado te estás dejando llevar por el sentimentalismo y eso es un gran error. Otro tipo es, por ejemplo, considerar cruel y poco considerado a alguien que cree que los drogadictos son responsables de su adicción. La idea extendida es que solo puedes sentir compasión por alguien que consideres una víctima, así que acabamos convirtiendo a todo el mundo en víctima. Yo no estoy de acuerdo con eso. Pese a que tampoco soy religioso, comulgo más con la vieja escuela según la cual todos somos pecadores y, por tanto, dignos de comprensión. Es más realista rechazar el pecado y no al pecador que intentar convertir a todos en víctimas. En el caso de las adicciones tiene, además, un efecto psicológico secundario. Si te digo que estás enfermo, que no es culpa tuya, lo que me dirás lógicamente es que te cure. Y no puedo hacer eso porque solo dejarás de drogarte cuando tengas la determinación de parar. Así que si te convierto en víctima lo último que hago es ayudarte.
-Tenía entendido que existía el consenso de que la adicción tiene una causa biológica y genética.
-Es cierto, pero solo en una proporción muy pequeña. Desde luego, no explica por qué en 1958 había entre medio y un centenar de adictos a la heroína en Gran Bretaña y 40 años después, 300.000. En el caso de los cigarrillos, el 75% de la población masculina fumaba, y mucho, en 1955. Ahora la proporción ha caído hasta el 15%.

-¿Entonces de qué se trata? ¿Se debe a una falta de carácter?
-Creo que es una elección. Hasta que te conviertes en adicto a la heroína intravenosa ocurren muchas cosas; pasas 18 meses inyectándote de manera esporádica, aprendes a hacerlo, los lugares en los que comprarla. No es algo que sucede sin más, como que te diagnostiquen Parkinson. Así que es algo que haces, no algo que te ocurre. Y con esto no quiero decir que sea fácil para ellos. Un adicto a la heroína se queda sin amigos, sin familia, y la única gente con la que se relacionan son otros heroinómanos. Pero no es una enfermedad.
-En uno de sus libros desprecia la terapia psicológica contra la opinión de millones de personas en el mundo que afirman haberse beneficiado enormemente de ella.
-No estoy en contra de la terapia, pero creo que la Psicología no ha aportado mucho al entendimiento humano. Me parece más útil leer a Shakespeare para conocer la naturaleza del hombre. Es cierto que, en muchos casos, habrá ayudado hablar con una persona que se encuentra fuera de tu círculo íntimo. No estoy en contra de esta suerte de diálogo socrático. Sin embargo, sí me opongo a la idea de que los problemas del hombre tienen una solución teórica y técnica.
-Sin religión ni psicología, ¿qué le queda al hombre? ¿Solo la literatura?

-La verdad es que no tengo la solución para los problemas del hombre.
-Siendo usted psiquiatra, esperaba obtener alguna respuesta...
-Ja, ja, ja. Creo que la medicación sirve para tratar algunos trastornos psiquiátricos muy serios, pero mi experiencia es que ese diálogo socrático del que le hablaba antes ha sido mucho más efectivo para lograr que mis pacientes vieran sus vidas de una forma más realista.

-También está en contra de victimizar a las mujeres que han sufrido maltrato.
-Para mí fue un gran shock descubrir la brutalidad que muchas personas ejercen en sus relaciones. Sin embargo, encontré muy importante hacer ver a las mujeres hasta qué punto fueron cómplices en esa victimización para que pudieran salir. Me refiero al estilo de vida que llevaban a o las elecciones que hicieron. Si has elegido a una persona violenta, que mostraba todas las señales de que lo era, de alguna forma te conviertes en cómplice. Y esto lo he visto en cientos de casos.
-Dice en su libro que el hecho de que todos seamos considerados importantes es algo típico de nuestra era. ¿Es que se trata de algo malo?
-Depende de lo que consideres importante. Estoy muy en contra del concepto de autoestima porque es una idea egocéntrica y narcisista. Yo defiendo el respeto por uno mismo porque implica esfuerzo y es una virtud más social que individualista. La autoestima es independiente de lo que hagas o seas, de tus logros o de si eres de ayuda para los demás, como si fuera un derecho humano.

-Su teoría minusvalora las emociones, pero ¿no son una parte fundamental de la vida y del proceso de toma de decisiones?
-Sería ridículo despreciarlas, además de imposible. Si no las tuvieras, no habría deseo y directamente serías un autómata, estarías muerto. Lo que yo digo es que tiene que haber algún tipo de control desde la racionalidad en la expresión de esas emociones, autorregulación. En Reino Unido hemos pasado de ser, seguramente, demasiado parcos en la manifestación pública de sentimientos a justamente lo contrario. Y ya no sabemos lo que es una expresión genuina.
-Muchas veces lo que nos emociona es, precisamente, emocionarnos.
-Justo, y estamos más preocupados del efecto en los demás de nuestra expresión de la emoción que en el objeto en sí, lo que resulta manipulador.
-¿Cree que estamos sobrediagnosticados?
-Sin duda. Hay patrones de conducta que, efectivamente, existen pese a que no estoy seguro de que sean enfermedades. La media de trastornos mentales que, supuestamente, sufre un ciudadano occidental es de dos y medio al año. No me gustan nada las falsas promesas en torno a la psiquiatría. En el caso de la depresión, por ejemplo, nunca he tenido un paciente que viniera y me dijera que no era feliz. Las referencias a la depresión eran constantes. Este cambio en el uso del lenguaje es tremendamente significativo. Si no eres feliz, puedes revisar tu vida para ver en qué falla y qué cambios puedes introducir. Pero cuando usas la palabra “depresión” te consideras un enfermo y vienes para que te cure, para que te dé la felicidad que te falta.
-¿Cuál es el precio que no queremos pagar por mostrar tantas emociones en público?
-Hay una tendencia que nosotros llamamos “postureo ético” según la cual expresas opiniones o pensamientos con el objetivo de mostrar lo bueno que eres pero sin hacer nada más que hablar. Podemos decir que, en los tiempos que corren, ser bueno es tener las opiniones correctas, no actuar como una buena persona.

-¿Qué pinta la educación en todo esto?
-Tuve muchos pacientes que eran profesores, una profesión que se ha convertido en una auténtica pesadilla en mi país. Si dicen algo a los padres sobre el comportamiento de sus hijos, se vuelve contra ellos y los acaban acusando de ser malos profesores. Viene de esa idea muy sentimental de que el niño es perfecto. Ya no usamos la palabra pupilo, sino estudiante, desde que tienen tres años. Les damos una autoridad que no tenían. Debería ser algo gradual, ir concediéndoles entidad según van creciendo y asumiendo responsabilidades.

-¿Por qué estamos transfiriendo la autoridad de los adultos a los niños?
-A veces se debe a que nos da pereza luchar con los niños, llegamos a casa cansados y solo queremos tener un poco de paz. Requiere más esfuerzo. Es como si ahora creyéramos que hay que darle al niño lo que le gusta, lo que desea, cuando es lo contrario.
-Imagino que no cree usted en el concepto de inteligencia emocional.
-La verdad es que no. Creo en el buen sentido emocional, aunque siempre ha habido gente más sensible a las emociones ajenas que otros y algunos que no lo son en absoluto. No estoy seguro de que puedas educar a la gente para que sea sensible; sí puedes tratar de que se comporte de una cierta manera.
-¿La empatía no se puede enseñar?
-No creo. Al menos en mi país tenemos una sociedad configurada de tal forma que la empatía no tiene cabida. La gente vive de una forma muy salvaje, en viviendas en las que los niños tienen más probabilidades de acabar teniendo televisión en su cuarto que un padre viviendo bajo el mismo techo. Al menos el 20% de los niños no come ninguna comida del día sentado a la mesa con otros miembros de la familia. Esto es clave. No aprenden autocontrol ni a esperar. En este contexto no desarrollan la empatía porque nunca han tenido que tomar a nadie en consideración.
-Su discurso suena bastante pesimista pese a que, en términos objetivos, estamos en el mejor momento de la Historia.
-Puedo ser pesimista pero no desesperanzado porque no hay nada que le haya dicho en esta entrevista o que haya escrito que no les dijera a mis pacientes. Y los que supuestamente eran menos inteligentes o peor educados, como los presos, reconocían que era verdad. No se indignaban.
-¿Qué aprendió del ser humano en su trabajo en prisión?
-Descubrí que hay gente realmente maligna que no es redimible, incluso podías sentirlo físicamente cuando entraban en la habitación. Sin embargo, son los menos. Aprendí que podía hablar con los presos de tú a tú como con cualquier paciente, no tuve que cambiar ni la forma ni la profundidad de lo que les decía. Por ejemplo, nunca les dejaba decir tacos en mi presencia. Me preguntaban por qué y les decía que yo tampoco les insultaba y que nuestra relación debía ser de igual a igual. Dejaban de hacerlo de inmediato. El problema está en que los que son supuestamente superiores desde el punto de vista intelectual o social no les hablan así por pura condescendencia. Hubo uno en concreto que me preguntó si yo pensaba que el hecho de que él hubiera acabado asaltando casas tenía algo que ver con su infancia. Le dije que no, que tenía que ver con que era vago y que no quería pagar por las cosas que deseaba. Empezó a reírse porque sabía que tenía razón. Y es verdad que tuvo una infancia terrible, como muchos dentro y fuera de prisión.
-Usted asegura que el carácter de un hombre es, en gran parte, producto de su obra.

-Es verdad que para algunos es más fácil acabar bien que para otros dependiendo de su procedencia, pero es que la vida es eso. Siempre habrá gente más afortunada que tú y también menos y tienes que lidiar con ello. Es parte de la condición humana. Has de hacerlo lo mejor posible y yo no acepto que lo mejor que podía hacer aquel preso fuera asaltar casas y acabar en la cárcel.