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Una novela con olor a lavanda

Reyes Monforte relata la génesis de su nuevo libro, una historia que no podría haber sido escrita sin encontrar el escenario adecuado: los campos llenos de esta planta en Brihuega

La escritora presenta, rodeada de lavanda y amigos, la novela en Brihuega, llamada la pequeña Provenza española / Javier Fernández Largo
La escritora presenta, rodeada de lavanda y amigos, la novela en Brihuega, llamada la pequeña Provenza española / Javier Fernández Largo larazon

Reyes Monforte relata la génesis de su nuevo libro, una historia que no podría haber sido escrita sin encontrar el escenario adecuado: los campos llenos de esta planta en Brihuega

Cuando entras en Brihuega a mediados de julio, en plena floración de la lavanda, te invade esa sensación descrita por F. Scott Fitzgerald en «El gran Gatsby»: uno tiene esa familiar convicción de que la vida comienza de nuevo con el verano. Poner un pie en este rincón cárdeno de la Alcarria, es sumergirse en un mar Mediterráneo de lavanda. Te zambulles en sus aguas violetas mientras el zumbido de las abejas asemejan el sonido de las olas bañando la orilla del mar. Y de repente, la vida se convierte en novela, o quizá sucede al contrario, y la novela se vuelve tan real como la vida. Hace dos años, pisé por primera vez los campos de la lavanda briocenses. Unos amigos me invitaron a vivir el Festival de la Lavanda, la pequeña Provenza española, como ellos mismos lo denominaron. Estuve a punto de no ir porque tenía la mente en otras cosas, en otros páramos. Llevaba tiempo con una novela en la cabeza; tenía clara su historia, la trama literaria, los personajes, qué es lo que quería transmitir al lector, pero no encontraba un escenario evocador donde ambientarla y eso estaba impidiendo que saliera fuera. Como sucede en la fotografía, en la vida y en la literatura nada es ajeno a su entorno. Por eso, para una historia llena de emociones, de vivencias, de sentimientos enconados como el amor, la muerte, la traición, la venganza, la pérdida, el odio o la envidia, necesitaba encontrar un lugar que emocionara, que mimbreara los cincos sentidos. En cuanto observé las mil hectáreas de campos de lavanda que alfombran Brihuega, y fue imposible dejar de inhalar ese olor a lavanda calmante y cicatrizante, supe que lo había encontrado. Tenía el lugar y era tan sugerente e impactante que se convirtió en un personaje más de la novela. Aquella experiencia fue una inyección de adrenalina para los sentidos. De repente, todas las piezas encajaron. Lo tenía. Desde entonces, me gusta llamarlo el Milagro de la lavanda.

Cerrar un ciclo vital

Ayer, 14 de julio de 2018, volví a pisar esos mismos campos de lavanda para presentar mi novela «La Memoria de la Lavanda». Y fue algo mágico, como cuando se cierra un ciclo vital: la historia regresa al lugar donde nació, que es otra manera de volver al hogar. Hace unas horas, ante los lectores que se sumergieron por partida doble en los campos de lavanda de Brihuega y en «La memoria de la lavanda», todos tuvimos la sensación de sentirnos en casa. Entre las hileras de lavanda, la novela cobró vida. Incluso nos mimetizamos con el calendario, ya que la historia transcurre en pleno Festival de la Lavanda, los días 14 y 15 de julio. Por allí aparecieron sus personajes: Lena, una fotógrafa retratista que pierde al amor de su vida (Jonas, un cardiólogo de prestigio), y tiene que cumplir la última voluntad de su marido y esparcir sus cenizas en los campos de lavanda de Tármino (nombre ficticio de Brihuega en la novela); también deambuló el cuarteto de amigos de la pareja; Roberto, Lola, Hugo y Aimo, y la alocada y divertida Carla y , por supuesto, Daniel, el cura del pueblo y único familiar con el que Jonas y Lena se llevaban bien, quizá porque los secretos de familia y los de confesión unen más de lo que cabría esperar. Tampoco faltó Marco, el hermano de Jonas, el Zombi, un ser envidioso y frustrado, la persona que más le odió, y por ende, a Lena porque, como ella dice, «se heredan tanto los afectos como los odios». Todos y todo se desplegó sobre el escenario de la lavanda. Las palabras salieron para explicar cómo se vive en mitad de una pérdida, cómo se gestiona el amor, el vacío, la memoria, el duelo, las lágrimas, los recuerdos, la amistad, los enemigos, la esperanza, los secretos, sobre cómo convertir el negro del luto en el color lavanda de la esperanza, de la vida.... Creo que fue Pessoa quien escribió que la literatura es la manera más agradable de ignorar la vida. En realidad, es una manera de encontrársela de frente y plantarle cara, aunque para lograrlo tengas que dar muchas vueltas y pasar muchas páginas. Como dice Jonas, el personaje ausente más presente de la novela, «para llegar, hay que salir».

Reescribir la historia

La novela siguió haciéndose de carne y hueso, de tierra y piedra. Pasear por Brihuega fue como reescribir la historia. Volver la esquina de cualquier calle del pueblo o hacerlo por cualquiera de los campos de lavanda, era pasar una página del libro: «Mira, ¿es esa la tahona de la novela, es el Horno de Eva?», pregunta un lector a otro que intenta entre algún indicativo de que la realidad se corresponde con la ficción narrada. «¿Dónde encontramos las rosquillas de lavanda de las que hablas?», quiere saber una mujer que lleva marcada la página del libro donde aparece ese dulce. «Yo creo que es la encina donde sucede todo», comenta un hombre a su pareja mientras degusta parte del desayuno campero organizado por el Ayuntamiento de Brihuega para dar la bienvenida a los lectores. «¿Dónde está la casa de Lena y Jonas, es esa o quizá sea aquella?», preguntan los lectores mientras mordisquean el bizcocho de lavanda; «cuidado con las abejas, ¿o son avispas? Me pasa como a Lena, que no me entero de la diferencia, lástima que no esté Aimo», dice Carmen, recién llegada desde Asturias, donde me prometió acercarse a Brihuega para la presentación, y cumplió su palabra. «Quizá sea esta, la Iglesia de Santa María de la Peña, donde pasa lo del funeral de Jonas, donde empieza todo», elucubra alguien mientras observa la iglesia construida a principios del siglo XIII. «Quiero ir a la Real Fábrica de Paños, donde trabajaban los padres de Jonas y Roberto. ¿Sabes que fue una de las fábricas textiles más importantes de toda España en el siglo XVIII? Se construyó bajo el reinado de Fernando VI, aunque fue Carlos III quien ordenó construir de nueva planta la fábrica. Lo he leído por ahí». «Mira, ahí está el cartel de ''Brihuega enamora'' que ve Lena en el retrovisor de su coche cuando se va del pueblo», le informa Emilio a Carmen, venidos desde Barcelona . «¿En qué campos de lavanda hacen lo del concierto?», siguen preguntando. «¿No es música clásica como en el libro, ¿verdad? Anoche cantó Pitingo, y hoy Café Quijano, ¿podremos quedarnos a la cena?».

Tras la presentación del libro, Brihuega nos esperaba vestida de fiesta, es decir, de color morado. Hay lugares, como hay personajes, que invitan a ser inmortalizados. No recuerdo la cantidad de fotos que pudimos hacer, seguro que el fotógrafo de LA RAZÓN, Javier Fernández-Largo, puede calcularlo mejor que yo, porque él tampoco se libró. No es casual que la protagonista de la novela sea fotógrafa, y además, retratista. Captar la memoria de lo vivido es el alma de la fotografía, igual que la esencia del retrato es hacer perdurar la memoria del fotografiado. Por eso me gusta decir que esta novela es una fotografía en la que todos salimos retratados, de una manera o de otra.

Durante casi tres meses, el libro y todo lo que en él se encierra, ha ido impregnando la geografía española del olor a lavanda gracias a la promoción: en Santiago querían saber más sobre estos campos de espliego, en Barcelona me preguntaron si realmente existía un lugar así, en Málaga, Zaragoza, Murcia, Valladolid y Bilbao deseaban asistir al Festival de la lavanda; en Salamanca, en León y en Valencia se lanzaron a buscar en Google el pueblo de Tármino, y al ver que no existía, buscaron ese lugar secreto hasta encontrar el rincón púrpura de la Alcarria. El Festival de la Lavanda, los campos de lavanda de Brihuega, su pueblo lleno de historia, de leyenda, de recovecos únicos, de pasadizos secretos, es la fotografía que todos queremos tener, y en la que no podemos evitar aparecer porque es pura vida. «La memoria de la lavanda» seguirá creciendo en las manos y en la imaginación de los lectores, alimentando memoria y almacenando recuerdos. Como autora, creo que ayer escribí el verdadero final de esta historia que seguirá estando abierto a los lectores que se acerquen a ella y la hagan suya para escribir su propia memoria.