Violetta es el color

Juan Jesús Rodríguez y Ángel Ódena
Juan Jesús Rodríguez y Ángel Ódena

Los barítonos Juan Jesús Rodríguez y Ángel Ódena hablan de Giorgio Germont, uno de los personajes esenciales de «La Traviata», que se estrena hoy en el Real

En el jardín de la casa de Giuseppe Verdi en el pueblo de Sant’Agata algunos de los estrenos de sus obras se celebraban con la plantación de un árbol. El sauce llorón fue el elegido para «La Traviata», una ópera, o quizá sería más correcto escribir «la» ópera verdiana, que nació apenas siete semanas después del alumbramiento de «Il trovatore». Popular, tremendamente romántica, muy complicada a pesar de su sólo aparente sencillez, con una música eterna y necesitada de un extraordinario reparto vocal, sobre todo en lo tocante al personaje femenino, Violetta Valery (se dice que precisa de un trío porque en el primer acto el personaje es más mundano, más humano en el segundo y absolutamente dramático en el tercero y final), trasunto de la Margarita Gautier de Alejandro Dumas hijo, el título hará pleno en Madrid el día 8 de mayo con la retransmisión a través de una pantalla gigante en la plaza de Oriente y se colará por derecho propio en el Museo de El Prado, el Thyssen, el Reina Sofía y la Casa del Lector de Matadero, además de viajar en forma de proyección a Sevilla, Granada, Segovia, Pamplona y Vitoria.

Un tema escandaloso

Sólo un compositor como el italiano era capaz de poner en solfa la hipocresía de la sociedad del momento, mediados del siglo XIX, que se llevó las manos a la cabeza el día del estreno, resumido en un sonoro fiasco. Así enviaba sus impresiones en una misiva a su amigo De Sancti: «En Venecia estoy haciendo la “Dame aux Camélias” que tendrá por título tal vez “Traviata”. Un tema del momento. Cualquier otro tal vez no lo habría hecho por los trajes, por los ritmos y por mil otros estúpidos escrúpulos... Yo lo hago con sumo placer. Todos gritaron cuando propuse poner en el escenario a un jorobado. Pues bien, yo me sentía feliz de escribir “Rigoletto”».

En 2003 este título ya subió al escenario del Teatro Real de la mano de Norah Amsellen (Angela Georghiu se descolgó de la producción aduciendo su tono «vulgar»), José Bros y Renato Bruson como trío protagonista; López Cobos en el foso y Pier Luiggi Pizzi en la escena. Ahora son tres los repartos que se alternarán para dar vida a los protagonistas: las Violettas son Ermonela Jaho, Irina Lungu y Venera Gimadieva; como Alfredo Germont, Francesco Demuro, Antonio Gandía y Teodor Illincai, y en el papel del padre del enamorado, Giorgio Germont, cantarán Juan Jesús Rodríguez, Ángel Ódena y Leo Nucci. En el foso, el director Renato Palumbo y como regista de esta coproducción (del Real, Liceo, Scottish Opera de Glasgow y Welsh National Opera de Cardiff), David McVicar.

Hablar de esta mujer «descarriada» es hacerlo de su amado y, por supuesto, del padre de éste, un hombre con un notable peso en la trama y al que en esta producción interpretan los españoles Rodríguez y Ódena, onubense el primero y nacido en Tarragona el segundo. Ambos, dos de los barítonos más destacados, son viejos conocidos. Hace veinte años, en marzo de 1995, formaban parte del reparto de la «Traviata» que cantó Kraus en el Teatro de la Zarzuela. Eran la cantera. «Qué recuerdos. Fíjate el tiempo que ha pasado», dicen a una voz, y Juan Jesús nos muestra la partitura firmada por el maestro canario y por la Violetta de aquella producción, Fiorella Buratto. En el camerino, la ropa está preparada: impoluta camisa blanca (que tendrán que ajustar a Rodríguez, sobre todo en lo tocante al cuello), chaleco, levita, reloj con cadena, un anillo, sombrero de copa, bastón y dos impecables pares de zapatos. «El dúo con la soprano en el segundo acto es lo que cambia todo; largo, denso, profundo y vital para el desarrollo de la trama. A partir de ahí ya nada será igual. El padre fuerza y presiona, y Violetta acaba por ceder», explica. «Es musicalmente muy complicado porque se trata del bel canto puro. Parece que Germont llega a la casa con buena voluntad, incluso que puede dar marcha atrás al ver los sentimientos de ella, pero la arma», añade Juan Jesús Rodríguez, que asegura que el aria la compuso Verdi como una nana para su hijo «y se nota en la melodía, que parece una canción popular de la Provenza. Saca todos sus registros de padre y ahí es donde se conecta con el origen de lo que quería Verdi». Y si su hijo se hubiera enamorado de una prostituta, ¿qué harían ellos? Ódena, padre por partida doble, toma la palabra: «Si me lo dijera, no sé si haría lo que este señor, pero algo, seguro. Es absolutamente humana su reacción porque lo que hace es protegerle, ve la debilidad de Alfredo, que está enamorado y perdido, y actúa. Ser padre no es nada sencillo». Rodríguez, padre también, asiente y añade que Germont «reconoce, aunque tarde, su equivocación y pide perdón. Él atenta contra el amor buscando sus intereses personales y destroza una relación». Y apostilla Ódena: «Giorgio se sorprende la reacción de Violetta. Ella no es una prostituta cualquiera, sino una mujer que tiene dignidad, elegante, y que lo ama». «Eso es, enamorada. Y el padre se percata. Existe una mezcla de emociones intensa y en el dúo domina la estrategia emocional. Él va a romper una pareja», tercia Rodríguez.

Ambos coinciden también en el hecho de que a través de su personaje, que no es tan fiero como lo pintan, sino un padre, al cabo, han de transmitir un caudal de emociones: Germont quiere lo mejor para su hijo, exige al principio, consigue sus propósitos, aunque después muestre su arrepentimiento porque se da cuenta del error y pide perdón. La carta que envía a Violetta y que ésta lee cuando ya está prácticamente en el lecho de muerte lo demuestra. Y su presencia final en el tercer acto lo corrobora. Llega poco antes del «E tarde... Addio del passato» de la tísica Valery. «Cada uno tenemos nuestra visión y a veces es necesario hablar con el director de escena para llegar a un acuerdo. Otras, la producción está cerrada y no se admiten cambios», asegura Rodríguez. «Pero quien da la cara en el escenario eres tú, que estás en medio del director de orquesta y el de escena. Tienes que hacer un mix entre uno y otro y sacar lo tuyo», tercia Ódena. Emociones al servicio de la música, «que sale sola y que acompaña al público cuando ha abandonado el patio de butacas. No hay un solo compás que despreciar, ni uno solo, son inmortales. Es un verdadero bombón, un diamante» para Ódena. Ambos se ven muy bien como padres que velan por su hijo frágil: «Sale solo. Yo estoy salvando a mi hijo, hago lo que creo mejor para él. En ese momento Alfredo es mi bebé, mi niño pequeño. Germont ejemplifica el amor de un padre, aunque con matices, pues solamente al final se da cuenta de la equivocación que ha cometido y de que no ha sopesado su decisión», propone Juan Jesús. ¿Cuesta llegar al público? «Sin emoción y sin verdad es imposible. El público no engaña, de eso te das cuenta al saludar. Sabes si has conectado o no y en ocasiones, porque nos ha pasado a todos, está duro de pelar», responde Rodríguez, a lo que Ódena añade que «es un trabajo de equipo, como el fútbol, porque fanáticos hay, verdaderos hinchas. Te das cuenta del poder, por denominarlo así, que tienes cuando te llega la gente al camerino a darte un abrazo y las gracias. Lloran. Y eso es indescriptible», comenta Juan Jesús, a lo que el barítono catalán añade: «A mí incluso me ruboriza».