Miedo a los robots ¿Llega una nueva revolución contra las máquinas?

Los incidentes en la Autónoma de Barcelona, donde se destrozaron 15 fotocopiadoras, devuelven a la actualidad al movimiento decimonónico contra las máquinas.

Ínfimas condiciones Unos niños trabajando en una fábrica de telares mecánicos donde se les empleaba por su bajo coste
Ínfimas condiciones Unos niños trabajando en una fábrica de telares mecánicos donde se les empleaba por su bajo coste

Los incidentes en la Autónoma de Barcelona, donde se destrozaron 15 fotocopiadoras, devuelven a la actualidad al movimiento decimonónico contra las máquinas.

Posiblemente fue la Ilustración. Rousseau escribió que la tecnificación de la vida del hombre, la vida moderna, había hurtado la felicidad al género humano. La nostalgia de una vida pasada, mitificada, en la que la armonía entre el trabajo y el trabajador, la identidad del oficio, el sentido de comunidad gremial, tenía todos la elementos propios del relato romántico de la época. Frente a ese mito estaba la realidad de una vida dura, competitiva, llena de penalidades, en la que la ciencia, la máquina, parecían contradecir los designios de Dios. Ese miedo traspasó las fábricas, como es sabido, y llenó la literatura, como mostró Mary Shelley en su «Frankenstein o el moderno Prometeo» (1818), y llegó a la política.

La máquina se presentaba como algo contranatural. Había quien decía que la velocidad del ferrocarril, que por aquel entonces no llegaba a los 40 km/h, enloquecía a las vacas que lo veían pasar. El antimaquinismo se apoderó del primer movimiento asociativo de trabajadores ingleses, y algunos escritores políticos como William Godwin y Jeremy Bentham postulaban una organización social basada en la felicidad de la mayoría, no en la economía. La máquina quedó como algo ajeno al trabajador, como ese objeto cuya eficiencia eliminaba puestos de trabajo, reducía el salario, enajenaba a la persona del proceso productivo.

En 1778 se produjeron algunos incidentes en Lancashire con la destrucción de máquinas hiladoras porque abarataban los sueldos y despreciaban la cualificación de los artesanos, que tarbaban más en producir y a mayor precio. A finales del siglo XVIII el malestar ya era considerable: la tecnificación de la producción y el régimen político parecían dos pilares de un régimen que daba la espalda a los más humildes. El miedo al contagio de la Revolución Francesa, además, aumentó las prohibiciones y la represión. Era preciso que aquella violencia y radicalidad no pasaran el Canal de la Mancha. La Cámara de los Comunes aprobó en 1789 y 1800 las «Combinations Acts» que prohibían las asociaciones de trabajadores para negociar conjuntamente sus condiciones laborales en las empresas. En un país aquejado por la guerra contra Francia y el hambre, la rebelión ludita estalló en marzo de 1811. No era solo una cuestión laboral, sino que también tenía una vertiente política. Detrás de aquel movimiento había también una reivindicación de ampliación de los derechos. En aquella fecha se produjo una manifestación en Nottingham por la adquisición de telares de bastidor amplio. Eso, decían, quitaría empleo, y además los trabajadores no tenían posibilidad de negociar por la «Combinations Acts». La protesta concluyó con la destrucción de unas setenta máquinas, y otras tantas en localidades cercanas. El movimiento no tuvo dirección. Se atribuye a Ned Ludd, de quien no se tiene la certeza de que existiera de verdad. Hay quien dice que era el nombre del primero que rompió una máquina, en 1779, pero no existe documentación al respecto. En realidad era un símbolo. Lo llamaban «capitán», «rey» y «general Ludd», oculto en los bosques de Sherwood, cerca de Nottingham, como Robin Hood, el personaje creado por Walter Scott en 1820. De hecho, cuando el movimiento se reprodujo en el campo, al sureste del país, los manifiestos luditas estaban firmados por un ficticio «Capitán Swing».

A golpe de robot Una fábrica moderna de automóviles en la que el grueso del trabajo lo realizan las máquinas

El primer muerto en una fábrica

Aún no existía la policía en Reino Unido, que se creó en 1829, y el orden público era tarea de los cuerpos de voluntarios y del Ejército. Esto aumentó la violencia porque no eran profesionales del control de manifestaciones. El primer muerto fue en noviembre de 1811, durante un asalto a una fábrica en Bulwell. Ese invierno el conflicto se recrudeció: ya no se limitaban a romper máquinas, sino que los luditas robaban armas y dinero. Las amenazas a los fabricantes aumentaron: recibían cartas firmadas por el «General Ludd» anunciando que si no retiraban las máquinas, las destrozarían e incluso les matarían. El fabricante William Horsfall fue asesinado a tiros el 27 de abril mientras paseaba por la región de Sheffield. Los luditas se convirtieron en forajidos, ocultos en los bosques, que vivían de colectas forzosas y de robos. En los alrededores de Manchester, años después escenario de la «matanza de Peterloo», los ataques se extendieron a las viviendas de los fabricantes. El Gobierno se asustó. La Cámara de los Lores examinó en 1812 una propuesta aprobada en la de los Comunes para establecer la pena de muerte y otras condenas a aquellos que rompieran máquinas. Lord Byron se levantó entre los Lores como «la trompeta de un ángel», escribió Emilio Castelar para exigir que reconocieran que el problema era el hambre, no la destrucción de maquinaria. Poco después, Byron escribió: «Un hombre vale menos que una máquina tejedora / Y la seda se vende a mejor precio que la vida».

El espíritu era el mismo que animó tres años después a Robert Owen a decir que el maquinismo degradaba al trabajador, y que la legislación debía protegerle para preservar la felicidad de todos. La ley contra los luditas, sin embargo, la «Frame-breaking Act», se aprobó en 1812, y quince personas fueron ejecutadas ese año en la horca, cinco encarceladas, y ocho deportadas a Australia para cumplir siete años de trabajos forzados. En 1813 la represión fue mayor: 25 luditas ahorcados en enero, y 17 deportados a Tasmania.

El radicalismo inglés aprovechó el ludismo para ensamblar un movimiento político que dirigiera el régimen hacia la democracia. Aquellas protestas eran el síntoma de un problema: era preciso introducir mecanismos de participación y protección. Los diputados radicales, liberales y demócratas, encauzaron aquello hacia manifestaciones reivindicativas. Esto hizo que, salvo episodios cruentos, el movimiento se apagara en 1816. Al año siguiente, el ludismo apareció en Francia, como en Bélgica y Alemania. En España ocurrió en Alcoy en 1821, donde fueron destruidas 17 máquinas de vapor y tuvo que intervenir el ejército, en Camprodón en 1823, y en Igualada alrededor de 1847. El más conocido es el incendio de la fábrica El Vapor, propiedad de la familia Bonaplata, en Barcelona en 1835, que contenía las máquinas tejedoras llamadas «selfactinas».

Las asociaciones obreras se opusieron siempre a la tecnificación de la producción porque suponía, decían, una pérdida de empleo al tiempo que un empeoramiento de las condiciones laborales. Crearon un relato nostálgico sobre el pasado, reaccionaron contra la modernización, pero el cambio legislativo permitió finalmente encauzar el conflicto hasta que entendieron que la máquina liberaba al hombre de trabajos pesados, y que solo era preciso cambiar de oficio. Muchas profesiones quedaron obsoletas, y aparecieron otras nuevas que transformaron la sociedad. A pesar de esto, el ludismo como rechazo a la tecnificación ha permanecido en la cultura occidental hasta el día de hoy.