Vuelve Fukuyama: Sin clase media no hay democracia

El pensador norteamericano, Francis Fukuyama, defiende en «Los orígenes del orden político» la capacidad transformadora de la clase media y apunta a la China del siglo III a. C. (frente a Grecia y Roma) como matriz del Estado moderno. «El partido demócrata ha perdido el contacto con la clase trabajadora»

Francis Fukuyama
Francis Fukuyama

El pensador norteamericano, Francis Fukuyama, defiende en «Los orígenes del orden político» la capacidad transformadora de la clase media y apunta a la China del siglo III a. C. (frente a Grecia y Roma) como matriz del Estado moderno

Francis Fukuyama (Chicago, 1952) sopló un bidón de gasolina cuando en 1992, y al rebufo de la caída del Muro, publicó aquel «El fin de la historia y el último hombre». Un libro que desfoliaba cualquier aspiración utopista al concluir, inapelable, que sólo la suma de capitalismo y democracia garantizaba la dignidad de los hombres. Tantas guerras intelectuales después, el politólogo terminó enfrente de la Administración Bush. Hoy fustiga por igual el caudillismo en Latinoamérica, el clientelismo parasitario griego y el comportamiento de unas élites económicas que, dice, conducen a EE UU hacia una suerte de vetocracia enemistada con el bien común. En sus dos últimos y monumentales tratados, «Los orígenes del orden político» y «Orden y decadencia de la política» (Deusto), explora la historia de las colectividades humanas, desde la horda y la tribu hasta alcanzar el Estado moderno. También interroga las fontanerías de la democracia e interpela sus orígenes a partir de un vasto tapiz histórico, de Occidente a Oriente y vuelta, con el que actualiza y, de paso, enmienda por momentos a su maestro, Samuel Huntington. Desde una suerte de elegante desilusión que contrasta con la viva fogata de sus libros primeros, Fukuyama pretende desentrañar por qué el sueño de la libertad puede frustrarse e indaga en sus defensas.

–Usted advierte de que las elecciones y el parlamentarismo, por sí mismos, no garantizan la salubridad democrática.

–Claro. Es que no basta con votar. La democracia necesita también de un sistema de leyes y un aparato de Justicia independientes, que garanticen la lucha contra la corrupción y el clientelismo, y que corrijan las tentaciones despóticas y/o egoístas de quienes ejercen el poder. También de un complejo estatal que premie la meritocracia y arrumbe el nepotismo. Es clave que el Estado trate de garantizar las expectativas profesionales de la población, así como la fortaleza de la clase media. El progreso material y político está muy ligado al fortalecimiento de las instituciones democráticas, y por supuesto a la seguridad jurídica.

–¿Un caso evidente de mal funcionamiento de esas aduanas sería Grecia?

–Grecia es un país con una buena tradición democrática, con elecciones limpias y bien organizadas, pero donde al mismo tiempo era evidente el fallo sistémico, y así, cuando determinado partido llegaba al poder privilegiaba a aquellos de su cuerda, destinando ingentes cantidades del erario público al mantenimiento de un entramado parasitario y clientelista que finalmente resultó inviable.

–Tampoco podemos olvidar, como usted mismo enfatiza, la aparente contradicción que representa China, que ha conocido un crecimiento vertiginoso en las últimas décadas mientras permanecía anquilosada bajo el imperio de una dictadura.

–Las élites políticas chinas son conscientes de que el país necesita evolucionar, pero nadie tiene muy claro cómo hacerlo. Aunque sus partidarios reivindican la singularidad de su cultura, el confucionismo, para explicar que allí nunca haya existido el Estado de Derecho, son seguidores de una ideología occidental, el marxismo-leninismo, con todas las particularidades que se quiera. La clase media china asciende ya a más de 300 millones de personas, y podría doblarse en los próximos años. Estas personas, bien formadas y con un poder adquisitivo muy superior al de las generaciones previas, constituyen un potencial agente de cambio a tener muy en cuenta. Aunque los dirigentes chinos comprendieron que era decisivo basar su legitimidad no tanto en señuelos ideológicos o en el carisma de sus líderes como en lograr objetivos que beneficiaran a la mayoría, y es obvio que en muchos campos se ha logrado, está por ver cómo responden a los retos del futuro. Sin olvidar la creciente influencia de unas empresas estatales y otros entes de gran poder económico que cada vez más manejan sus propias agendas.

–En alusión al colapso de la llamada Primavera Árabe usted ha escrito que faltaban las condiciones indispensables para que fructificara. ¿Quizá porque la clase media es todavía frágil allí?

–Aunque la clase media en determinados momentos históricos ha apoyado opciones totalitarias, no cabe duda de que históricamente ha sido la palanca decisiva para la consolidación democrática, siempre y cuando sea la clase social mayoritaria. En los países musulmanes, a pesar del salto económico de los últimos años y del tránsito creciente de unas sociedades rurales a otras de tipo urbano, la clase media sigue sin ocupar la centralidad del espacio, carece de organizaciones políticas bien cohesionadas y, también, de aliados. Sin olvidar el papel que el islamismo radical ha jugado como aglutinador identitario, en parte similar al del nacionalismo en la Europa del XIX.

–Hablando de España, ¿qué piensa de Podemos y en qué medida puede poner en riesgo el sistema surgido del 78?

–El populismo puede o no dañar la democracia en función de muchos factores, entre los que destacan, por supuesto, las intenciones de sus líderes. En el caso de España, después de la crisis que ha sufrido, era previsible que apareciera un partido de corte populista que articulara las reivindicaciones de quienes se sentien más perjudicados. Lo singular del caso español, y del griego, es que son partidos de extrema izquierda, y no, como en Francia, Holanda, etc., de extrema derecha.

–En «Orden y decadencia de la política» escribe sobre síntomas decadentes en su país, al que ve atrapado por el gigantismo del sistema legal y, también, por la influencia de miles de «lobbistas» con sus agendas particulares.

–Que las élites traten de patrimonializar tanto los recursos como las instituciones del Estado no es exclusivo de EE UU. Sucede en otros muchas naciones, pero en nuestro país es demasiado evidente. Recuerde que el Tribunal Supremo equiparó a la libertad de expresión el derecho de las empresas a entregar dinero de forma ilimitada a la campaña de un candidato. Será complicado revertirlo, pero es crucial.

–¿Qué piensa del fenómeno de Donald Trump?

–Responde al descontento de un sector de la población estadounidense, en general blancos de clase trabajadora, que hasta hace no muchos años mantenían una buena posición, con trabajos en la industria bien remunerados. Esto ya no es así, han sido desplazados por los inmigrantes, por los afroamericanos, etc., que hacen lo que ellos antes hacían y por mucho menos dinero. Trump, como buen populista, les ofrece un relato sencillo al que agarrarse.

–¿Y Bernie Sanders? ¿Sería su equivalente en la izquierda?

–El partido demócrata, desde hace ya bastante tiempo, ha perdido contacto con la clase trabajadora, blanca, de EE UU. Sus votantes, y los potenciales votantes de Sanders, provienen de los «colleges» universitarios, y también elementos de las minorías, pero no la clase trabajadora tal y como se entendía históricamente.

–Usted habla poco en sus libros de la Grecia y la Roma clásicas, matriz evidente de las sociedades occidentales. ¿Por qué?

–Todos los manuales comenzaban con Roma y Grecia. Cultivaban un cierto eurocentrismo. Pero si nos atenemos a la creación del Estado, según las premisas de Max Weber, buena parte de sus características surgen en China, en el siglo III a.C., cuando la dinastía Qin establece exámenes para entrar en el sistema de funcionarios civiles y crea una potente maquinaria burocrática, una administración centralizada y un censo, acomete grandes obras públicas, controla el ejército, etc. Esto no significa que considere que China inventara el Estado tal y como lo entendemos. Resulta crucial, y evidente, y así lo escribo, la influencia del derecho romano en la creación de los mismos.

El auge «lobbista» y otros signos de decadencia

El profesor Fukuyama comenta con amargura la matriz de intereses creados, la avalancha de sentencias judiciales contradictorias y la influencia de los «lobbies» en la Administración estadounidense. En EEUU «han proliferado las autoridades públicas separadas del Gobierno», así como una mirada de «contratistas que ofrecen todo tipo de servicios», con un sistema que ha dejado de estar basado en el mérito y numerosos agentes externos que intentan coaptar las actuaciones de la Administración. Todo ello, concluye, conspira contra el buen funcionamiento de unas «instituciones que deben ser duraderas y proporcionar garantías suficientes a fin de que los miembros de una sociedad cooperen entre sí».

El hombre que pone el dedo en la llaga

Primavera árabe

Sobre el colapso de la Primavera Árabe apunta a la aún débil clase media de estos países, «sin olvidar el papel del islamismo radical como aglutinador identitario»

Populismos

Para Fukuyama pueden dañar la democracia «en función, entre otros factores, de las intenciones que tengan sus líderes»

Donald Trump

«Ofrece, como populista, un relato sencillo al que agarrarse» a un sector de la población de EE UU, blancos de clase trabajadora, que están descontentos