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William Ospina:«Nosotros somos los auténticos monstruos»

William Ospina:«Nosotros somos los auténticos monstruos»
William Ospina:«Nosotros somos los auténticos monstruos» larazon

Christopher Lee falleció ayer, justo cuando el escritor publica un libro sobre el origen de los mitos del vampiro y de Frankenstein.

«El poder de la tierra sobre nuestra cultura es mayor de lo que pensamos –afirma William Ospina–. Se sabe cómo la metereología influye en nuestro ánimo, pero nunca cómo los cambios de la naturaleza modifican la cultura o dictan las formas de nuestra imaginación». El escritor aborda el origen de Frankenstein y del vampiro en «El año del verano que nunca llegó» (Mondadori). Los dos grandes mitos modernos de Occidente, que continúan asaltando nuestra fantasía desde la literatura y el cine, nacieron a la vez, en la misma noche del mismo día y año, y en la misma casa: en el verano de 1816, cuando Lord Byron, Pierce Shelley, Mary Wollstonecraft y el doctor Polidori coincidieron en Villa Diodati, una casa a orillas del lago Lemán. «Se acababan de conocer. Eran unos adolescentes famosos por sus leyendas –comenta el novelista–. Eran amistades recientes y conservaban la excitación de ese momento, cuando aún hay muchos intereses que compartir y preguntas que hacer. Hablaron de la Revolución Francesa, Voltaire, Rousseau, de la vida y la muerte, de los cadáveres adolescentes que llenaban las trincheras de la Europa napoleónica y leyeron pasajes de “Phantasmagoriana”, un volumen de historias de fantasmas».

Una erupción volcánica

Todos ellos eran intempestivos, seductores geniales y con una vida por delante para adornar con hazañas, desafíos y arrogancias. Se atraían con el magnetismo irresistible que prevalece en lo prohibido y eligieron para conocerse esa esquina del paraíso suizo. El tiempo empeoró durante las semanas de ese estío impensable, acechado por las tormentas y la oscuridad, y condenó al grupo a permanecer en el interior de la villa. Ninguno intuía que aquellas inusuales condiciones climáticas, que produjeron heladas en Europa y mataron a miles de aves en América, eran una consecuencia de la erupción de un volcán en el mar de Mali. La explosión del Tambora en 1815 arrojó al cielo ciento ochenta kilómetros cúbicos de azufre, ceniza y cristales de polvo, y puede decirse que, literalmente, trajo el invierno al hemisferio norte. De ese frío imprevisto emergieron dos bestias que poblarían el imaginario colectivo. «Esa noche ocurrió lo que pasa cuando la gente se sienta alrededor del fuego para contar historias de terror. Se produjo un estado anímico especial». En ese entorno Mary Wollstonecraft empezó a escribir «Frankenstein», y Polidori, «El vampiro», la obra que inspiraría el «Drácula» de Bram Stoker.

–¿Qué significan esas criaturas?

–Son figuras nuevas de la cultura occidental. No se parecen en nada a las de la mitología griega. Tienen la característica de la fealdad, no sólo la de la monstruosidad, que es lo que produce rechazo, porque no son como los centauros y sirenas, que son monstruos, pero bellos. En ellos también hay temas viejos. Frankenstein gira alrededor de la resurrección; y el vampiro es una reflexión de si existe alguna forma inquietante de inmortalidad. Para mí, Mary integró en su libro más inquietudes, como la maternidad, el lugar de la mujer en la cultura, la vida artificia y si renunciaremos alguna vez a la reproducción. Esas interrogantes todavía nos perturban. Hoy existen laboratorios que trabajan en la invención de seres humanos y la inteligencia artifical plantea una cuestión: ¿Se deshará al final de la humanidad?

–Esos personajes se han adulterado hoy.

–Se han vuelto pintorescos. No aterran a los niños porque se han vuelto calcamonías, pero los monstruos que subyacen en ellos son verdaderos y forman parte de las pesadillas de la humanidad. Nos acostumbramos a los monstruos, pero sigue habiéndolos, igual que realidades monstruosas, como el cambio climático.

–¿El hombre no es la auténtica bestia?

–Es el único que tiene la capacidad de modificar el mundo. El tigre o el elefante no tienen maldad: en ellos sólo hay inocencia, costumbres instintivas. En cambio, en el hombre hay abismos de crueldad y voluntades, con una fantasía desbordada que produce algo sublime o atroz. Nosotros somos el monstruo en el sentido clásico, lleno de lo inesperado y lo imprevisible. Eso nos hace interesantes como especie.

Ospina nos conduce en este libro, entre el ensayo y lo biográfico, a través de los meandros de la historia real y de sus aventuras inquisitivas por Europa y América persiguiendo las huellas de estas dos criaturas para extraer una paradoja: «Esa noche, los escritores no produjeron nada y los que no eran autores, en cambio, crearon seres que se impusieron a la imaginación».

Modernos y antiguos

William Ospina reflexiona sobre Frankenstein y el vampiro, dos mitos que han rondado la fantasía de los hombres y que han llegado a encontrarse a lo largo del siglo XX incluso en las mismas películas (en la imagen superior, «La maldición de Frankenstein», de Terence Fisher, protagonizada por Peter Cushing y Christopher Lee). «Concentran varias leyendas antiguas en ellos –explica el novelista–. Pienso en Novalis y cómo Cristo fue un precursor de Frankenstein al resucitar. También la figura de Jesús está presente en el vampiro. En él está la antropofagia y esa costumbre de beber la sangre del otro. Esas cosas dan al mito su horror y, a la vez, su fascinación».