México 1968: Black Power Matters

Los Primeros Juegos Olímpicos en un país hispanohablante pasaron a la historia por sus récords y su impacto social

En este 2020 que no ha sido olímpico por las archisabidas circunstancias, pero que sí será electoral en Estados Unidos, hemos asistido a un «revival» de las reivindicaciones raciales de muchos deportistas negros que, por fuerza, tal vez invocando a la cita «marxiana» de la repetición de la historia como farsa tras haber sido tragedia, nos retrotrae a los Juegos Olímpicos de México, los del Black Power, en 1968: año también de elecciones presidenciales, cuando Richard Nixon quebró defi nitivamente el sueño del Camelot de los Kennedy aún con el cuerpo de Bobby, asesinado en Los Ángeles (6 de junio) y de Martin Luther King, asesinado en Memphis (4 de abril). Aquel Día de la Hispanidad, elegido con toda la intención para inaugurar los primeros Juegos Olímpicos que acogía Iberoamérica (luego vinieron Barcelona y Río de Janeiro en cadencia perfecta de 24 años: le tocará a Madrid en 2040), a tres semanas para las elecciones, las actuaciones de la delegación estadounidense corrían el riesgo de convertirse en un poderoso acto de campaña: máxime, cuando por primera vez se retransmitían por televisión vía satélite y en color.

Estaba escrito que México 68 iba a pasar a la historia y el primer aldabonazo llegó diez días AP Tom Smith y John Carlos, puño en alto en el podio antes del encendido del pebetero, por primera vez a cargo de una mujer, en una manifestación estudiantil convocada en la Plaza de las Tres Culturas. La inteligencia militar mexicana coligió que activistas de extrema izquierda preparaban el sabotaje de los Juegos mediante una sucesión de algaradas callejeras y las fuerzas del orden, emboscadas en una misteriosa banda paramilitar autodenominada «Batallón Olimpia» (en realidad, soldados de élite a las órdenes del Estado Mayor), cortaron por lo sano al matar a unos 350 jóvenes. El omnímodo PRI no iba a permitir que nada enturbiase la presentación en sociedad de México como potencia emergente. Los negros estadounidenses, por su parte, se habían organizado en torno al sociólogo Harry Edwards y su «Proyecto Olímpico pro Derechos Humanos» para convertir la cita deportiva en una gigantesca plataforma reivindicativa. La mayoría de los miembros del Team USA, sin distinción de raza, lucía fuera de los recintos de competición anagramas del Black Power, pero el mundo no tuvo conciencia de la magnitud del movimiento hasta el día 16, cuando Tom Smith y John Carlos subieron al podio de los 200 metros con su mano enfundada en un guante negro y escucharon puño en alto el himno estadounidense. El blanco australiano Peter Norman, medallista de plata, recogió su presea con la correspondiente pegatina solidaria. El revuelo fue mayúsculo y el COI, presidido por Avery Brundage, un ultraconservador dirigente cercano a las tesis supremacistas blancas, expulsó a Smith y Carlos de la Villa, pero la mecha ya había prendido. Dos días después, los protagonistas del triplete estadounidense y negro en los 400 lisos (Lee Evans, autor de un récord imbatido en más de veinte años, Larry James y Ronald Freeman) repitieron la jugada corregida y aumentada: a la mano enguantada durante la ceremonia de entrega de medallas añadieron la boina de medio lado característica de los Panteras Negras, la facción violenta del movimiento Black Power.

En lo deportivo, los Juegos de México fueron del todo fastuosos. La altitud de la capital azteca propició unas marcas alucinantes, sobre todo en las pruebas de explosividad. Sólo en atletismo, se batieron más de veinte récords mundiales, algunos de los cuales tuvieron una vigencia de minutos, hasta la serie siguiente y otros permanecieron en las tablas durante décadas, como el referido de Evans en 400 metros o el salto de 8,90 metros de Bob Beamon en longitud, batido en 1991 y que todavía hoy sigue siendo la segunda mejor marca de todos los tiempos. ¿España? Mandó a 124 deportistas que no ganaron ni una medalla. Eran otros tiempos...