Coleman es el heredero de Bolt: gana la final de los 100 metros del Mundial con 9.76

Coleman se impuso con claridad en la final de los 100 metros

«Bolt era otra cosa», dice Ángel David Rodríguez, el «pájaro», el hombre más veloz de España durante muchos años, hablando del fenómeno jamaicano, cuyo sombra es larga. Pero ya no está. Y a rey retirado, rey puesto, y el favorito Chris Coleman no decepcionó. Era el que mejores sensaciones había dado, el hombre a batir, y respondió a la presión con una final de los 100 metros en la que dominó en todo momento, con claridad. El estadounidense dejó la marca en unos buenísimos 9,76, su mejor registro de siempre (había logrado correr en 9,79) y el sexto más rápido de la historia. Da la impresión de que tiene margen de mejora, de que puede ir más allá con los 23 años que tiene. La plata se la quedó Gatlin con 9,89 y el bronce fue para el canadiense De Grasse con 9,90.

El relevo se terminó de cumplir porque si hace dos años ya claudicó el propio Bolt en el Mundial de 2017, ahora lo ha hecho Gatlin, que está en forma pese a que se acerca a los 40 y quiere llegar a los Juegos de Tokio. «¡Paso a Coleman!», puede ser el titular. «Bolt era otra cosa», insiste el Pájaro. ¿Y qué era Bolt? Un tipo de casi dos metros que aprovechaba su altura como nadie, que no solía tener una buena salida, pero aceleraba rápido en las primeras zancadas y era el que podía mantener la velocidad durante más tiempo en la fase lanzada. Cuando el resto moría, él seguía. El «relámpago» también era puro espectáculo: el gesto a la cámara, las series superadas casi «andando», el ruido cuando llegaba al estadio, como si dijera: «Ya estoy aquí». Coleman es más silencioso. Un chico tímido, de fe, muy religioso. Sospechoso también los últimos tiempos por haberse saltado tres controles antidopaje. En un principio parecía que lo había hecho en un año, lo que le iba a suponer una sanción dura: adiós Mundial, adiós Juegos... Pero las fechas estaban mal. Fue en más tiempo. Se libró y a correr. A ser campeón del mundo.

Una hora antes del comienzo de la prueba caminaba por el estadio con unos enormes cascos. Estaba relajado. Antes de saltar a la pista estaba detrás de Gatlin. Ni se miraban. En realidad, ningún atleta desafía a otro con la vista en ese momento. Cada uno va a lo suyo: la cabeza abajo, la cabeza arriba, esquivando al que está enfrente. Pura concentración. En su presentación, Coleman hizo un gesto leve. La calma antes de la tempestad que se desata después del disparo, con menos bullicio esta vez porque el estadio estaba medio vacío. Cuando «habla» la pistola les toca a los corredores. Fue el tercero más rápido en reaccionar el estadounidense, por detrás del surafricano Simbine y del británico Hughes. Pero apenas le costó unos metros ponerse primero, ya no dejó ese lugar. Ni se vio amenazado su oro, pero no frenó para conseguir el registro que buscaba. Coleman, con sus 175 centímetros, poca altura para lo que se estila en estos tiempos, es compacto, musculado y el mejor en estos momentos.

La batalla continúa dentro de un año en Tokio, en los que serán los primeros Juegos sin Bolt desde 2008 y la primera participación olímpica de Coleman.