La bestia negra de la esperanza blanca

Un icono racial de los 60. Primogénito de un alcohólico de Kentucky, se dio una adolescencia de sobriedad. Cuidó precozmente su forma física y se alejó de la vida pandillera de sus amigos y vecinos

En 1981 colgó los guantes y tres años después le diagnosticaron Párkinson.
En 1981 colgó los guantes y tres años después le diagnosticaron Párkinson.

Primogénito de un alcohólico de Kentucky, se dio una adolescencia de sobriedad. Cuidó precozmente su forma física y se alejó de la vida pandillera de sus amigos y vecinos

De los mágicos años sesenta, la marihuana, el amor libre como antibelicismo, el rock, el pelo largo («Hair»), las praderas de la Universidad de California, emerge sobre todas las de aquella época la figura de Cassius Clay, más que como el mejor boxeador de todos los tiempos, como se le ha calificado, por su decencia moral y sus enormes e inextricables contradicciones sobre «la cuestión racial», y no sólo en Estados Unidos. En su primera evaluación militar le descartaron para el servicio por su bajo cociente intelectual, pero a lo largo de su controvertida existencia demostró sobradamente su sabiduría.

Primogénito de un alcohólico de Kentucky, se dio una adolescencia de sobriedad cuidando precozmente su forma física y alejándose de la vida pandillera de sus amigos y vecinos. Un chico de orden que ingería brebajes de leche y agua con ajos y dos huevos crudos, incluidas las cáscaras. Fue precisamente un policía quien le introdujo en el boxeo y comenzó a entrenarle. Simpático y extrovertido, se inspiró en la figura de Gorgeus George, un famoso americano del «pressing-catch», que tiene mucho más de espectáculo que de deporte, y disfrutó de los placeres del «show», la provocación y los excesos verbales que no abandonaría jamás.

Tras una excelente carrera olímpica, desafió en 1964 a los 22 años al campeón mundial de los pesos pesados, Sonny Liston, a quien llamó de todo menos bonito proclamándose no sólo el mejor sino el más guapo. Liston era carne de presidio, donde había aprendido a boxear, una máquina de matar, temido y odiado no ya por sus contrincantes sino por la raza blanca.

No se llenó el aforo de Miami para ver aquel combate, en el que se daba por muerto al aspirante. Liston subió al ring cabreado por la verborrea insultante de aquel chico que le descolocó con un juego de piernas de bailarina. Liston jugó sucio untándose la cara con un lilimento cáustico prohibido, restregándose contra Clay hasta hacerle llorar, pero al séptimo asalto no salió de su esquina. Murió abandonado como pelele de la mafia y juguete roto de la droga, pero Clay, el antaño insultador, fue al cementerio y se arrodilló ante su tumba.

El nuevo campeón tuvo un gran palmarés deportivo inferior al liderazgo nacional e internacional que adquirió al convertirse al islam como Muhammad Ali, apostatando de su nascencia cristiana. Fue de la mano de Elijah Muhammad, fundador de la Nación del Islam, una secta musulmana estadounidense que consideraba que Mahoma y El Corán constituían el camino de redención de la negritud americana. Quizá permitiera que utilizaran su imagen pública, aunque a Ali no le fue nada mal en el mundo blanco, pero el caso es que también se dejó seducir por una escisión de la Nación del Islam, encabezada por Malcolm X, quien predicaba la segregación racial y la creación de un Estado negro en el sur.

Malcolm fue asesinado en un mítin en Manhattan, en una conspiración no aclarada en la que se quiso ver la mano del FBI de Edgard Hoower o de la CIA. En su militancia, Clay, o Muhammad, se dejó ver en compañía del reverendo Jesse Jackson, un activista moderado, manteniendo distancias con Martin Luther King.

Probablemente Clay, aún siendo mucho más listo de lo que suponía la US Army, vivía una contradicción intelectual o estaba jugando a dos barajas. En huida hacia adelante se hizo suní, la rama mayoritaria del islam, enfrentada a los chiíes por una, incomprensible para los occidentales, querella teológica sobre el legado del Profeta. Realizó una gira africana levantando multitudes y se enfrentó a la leva de Vietnam. Volvió a llamarle el Ejército ofreciéndole el trato dado a Joe Louis durante la Segunda Guerra Mundial: no hacerle entrar en combate. Vaciló y, finalmente, se comportó honorablemente asumiendo los dicterios de la mitad de la nación, cinco años de cárcel en libertad provisional, pérdida de títulos y la licencia, tres años sin pasaporte y diez mil dólares de multa. Su gesto le valió un lucro cesante de cuatro millones de dólares, ganándose la vida dando conferencias. Apoyó a Carter y también a Ronald Reagan; visitó a Mandela y subió a la lona en la dictadura filipina de Marcos y la congoleña de Mobutu. Su legado más importante fue el altruismo, repartiendo su fortuna en numerosas fundaciones. En eso nunca fue contadictorio.