Miriam Gutiérrez: “Cuando nació mi niña decidí que tenía que enfrentarme a la realidad”

La boxeadora ha vivido múltiples batallas durante su vida y no solo en el ring. Ahora, la madrileña disfruta de su hija, se preocupa por ser feliz y se centra en olvidar los momentos difíciles

Miriam Gutiérrez / Foto: Cristina Bejarano
Miriam Gutiérrez / Foto: Cristina Bejarano

La boxeadora ha vivido múltiples batallas durante su vida y no solo en el ring. Ahora, la madrileña disfruta de su hija, se preocupa por ser feliz y se centra en olvidar los momentos difíciles.

Miriam Gutiérrez es más guapa al natural de lo que aparece en las fotos. En los carteles ofrece un rostro serio e inquietante de boxeadora peligrosa, pero fuera del ring es una mujer de sonrisa amplia y abrazo rápido. Una vallecana auténtica que te deja K.O. en cuanto empieza a contarte su historia ahora feliz, pero repleta de duros episodios del pasado, sin dejar de enseñar sus dientes blancos y brillantes. «Espero que no te los rompan –le digo–; ¿no tienes miedo? ¿Nunca te han hecho daño?». Me mira con fijeza, traspasándome de lado a lado, y pienso que tienen más fuerza sus ojos que sus puños. Luego me contesta: «La única vez que me hicieron daño, la única que me ha dolido, fue la vez que me pegaron fuera del ring. Y esa vez no la voy a olvidar en la vida».

–¿El boxeo la encontró a usted o usted encontró al boxeo?

–No sé. Estaba ahí. Lo veía desde chiquitita y un día llegue al Full Contact. Era la mejor manera de quitarme el estrés. De salir del bucle de ser un poco venenillo y de meterme en problemas.

–¿Y qué le llamó la atención de ese deporte?

–Lo practicaban amigos míos y a mí me gustaba tanto el físico que les dejaba como la serenidad con la que luego hablaban. Me llamaba mucho la atención. Y también quería tener más conocimientos en defensa. Mi madre, que pensaba que me metería en más líos con el boxeo, no me dejó empezar ni con 6, ni con 7 ni con 8..., pero a los 14 ya no pudo evitarlo.

–Quien sí consiguió apartarla del boxeo fue él...

–Sí. Empecé a flirtear con esa persona... Y no me trajo ningún tipo de beneficio.

–Más bien todo lo contrario, ¿no?

–Me hizo alejarme del deporte que tanto me gustaba. Yo no entendía por qué, pero lo dejé sobre todo porque no me gustaba que me vieran ciertas marcas...

–¿Marcas?

–De agarrones, sí. Cuando me rompí el abductor, Jero García, mi entrenador, vio que las tenía en los brazos. No eran de boxeo. Era una mano marcada. Él se dio cuenta enseguida, pero cuando me quiso preguntar, me fui.

–Ese tipo que la marcaba era su ex pareja, que se ponía hasta arriba de todo y la golpeaba pero, siendo usted boxeadora, ¿por qué no respondía a sus golpes?

–Porque cuando pasa algo así te come la moral. No te crees que eso te pueda estar sucediendo a ti. Además era más fuerte que yo. Me sacaba una cabeza y unos cuantos cuerpos. Aunque no era porque fuera más grande ni por lo que me sacara, era que mi pensamiento no estaba donde tenía que estar. Y yo solo quería proteger a mi bebé. Estaba de ocho meses y pico.

–Ese día le pegaron bien. Le rompieron un pómulo..., pero se levantó, denunció una vez más –llevaba unas cuantas– y cogió las riendas de su vida.

–Lo hice, sí. En cuanto nació mi niña, que fue cuando decidí que eso no lo quería ni para mí ni para ella. Sabía que no sería fácil, que tenía que volver enfrentándome a la realidad, que sería duro recuperar lo que tenía y que acabaría teniendo que darle una explicación a Jero, que me iba a costar más que denunciar.

–¿Por orgullo?

–Por muchas cosas. Porque él no entendía nada... Pero su respuesta cuando fui a verle me emocionó muchísimo, no me la esperaba. Cogió a la niña en brazos y dijo: «Tú, venga, ponte a entrenar». Yo empecé a decirle que solo había ido a explicarle, pero él insistió: «Tú has venido a entrenar». Y desde entonces hasta ahora. Han pasado muchos años, mi niña tenía cuatro y poco. Y ahí me empezó a cambiar la vida.

–¿Y qué pasó durante esos primeros años de vida de su hija? ¿Cómo la sacó adelante?

–Me la llevaba a limpiar escaleras. Tenía que buscarme la vida para darle de comer. Me ayudó mucha gente: papás de amigas, primos de amigas, amigas, o sea, mi gente... Estaban pendiente de la niña y de mí y de que no me pasara nada hasta que me pude ir de alquiler y seguir estudiando.

–¿Y sus padres? ¿Sus hermanos?

–A mi hermano mayor no lo llegué a conocer. Murió de fibrosis quística. Luego nació mi hermana Nuria, luego yo, luego Coral y después Rocío, también con fibrosis... En mi casa siempre hubo muchas necesidades.

–El caso es que su historia tiene final feliz. Después de lo pasado, comparte vida con una persona a la que adora, ha tenido otro hijo más y es una Reina...

–Jero y mi sastre –quien me hacía los pantalones de boxeo– siempre me llamaban así y me quedé con lo de Reina. Pero es que Jero siempre trata a cada mujer que entra en el gimnasio como a una. Siempre quiere un respeto grande entre hombres y mujeres. Él fue el primero que fomentó el tema de que las mujeres también fueran a boxear. Para él todas eran sus reinas.

–¿Es verdad que aunque los boxeadores se partan la cabeza en el ring, luego salen como nuevos?

–Sales sin querer discutir. Una persona te hace una pirula con el coche y no pasa nada. Nunca pasa nada porque te sientes bien contigo, porque ves que has hecho algo que te ha quitado peso.

–Estoy por decirle a los políticos que se vayan a su gimnasio...

–Sí, pero, escúchame (sonríe), primero les haría que se pusieran conmigo a hacer sparring... Ya verías tú. Me iba a quedar sola...

–Pues con ese palmarés suyo les dejaría finos: 96 combates en amateur y 9 en profesional. Un montón de títulos dentro y fuera de España –donde ha sido cinco veces campeona nacional– ¡solo 11 derrotas!

–Y la mayoría internacionales, porque ahí viven de ello. Les tengo una envidia sana, la verdad.

–¿Y usted de qué vive?

–¿Yo? Soy jardinera. Y me apoya mi empresa, que es OHL, y mi municipio, que es Torrejón de Ardoz... Pero tengo que trabajar. Soy mamá de dos niños, soy mujer y tengo que hacer mil cosas... Pero también soy boxeadora.