«Los robots podrán diseñar cuando tengan emociones»

Este arquitecto y diseñador trabaja para muchos personajes conocidos, pero la discreción es una de sus máximas. Ha recibido un homenaje tras 25 años de carrera en la feria Habitat Valencia

Este arquitecto y diseñador trabaja para muchos personajes conocidos, pero la discreción es una de sus máximas. Ha recibido un homenaje tras 25 años de carrera en la feria Habitat Valencia.

Ramón Esteve (Valencia, 1964) diseña casas en las que a todo el mundo le gustaría vivir. El arquitecto ha recibido recientemente un homenaje en forma de retrospectiva de su obra en la feria Habitat Valencia, la más importante del sector del mueble en toda España. De Valencia como Capital Mundial del Diseño, de la salud actual del sector y de cómo serán los diseñadores del futuro hablamos con él.

–¿Cómo evolucionó el mundo del diseño tras la crisis?

–La crisis ha agudizado el protagonismo del diseño por el auge de las firmas «lowcost», que fabrican fuera de Europa y que han provocado que todo lo que supone calidad y valor añadido tenga más presencia. Si fabricas en Europa, esta es la única forma de sobrevivir, puesto que no es posible conseguir los costes de producción de países como China o India. En el mundo del diseño la imaginación es imprescindible para la diferenciación y eso es algo que las «lowcost» todavía no han conseguido.

–¿Cómo se siente alguien al recibir un homenaje como el de Habitat sin ser una persona de avanzada edad y con mucha carrera por delante?

–Llevo diseñando 25 años, por lo que supongo que el criterio de Habitat se basó en que tenía trabajo suficiente, en calidad y cantidad, y me pareció muy interesante. Lo cierto es que los homenajes a título póstumo me importan bastante poco. Me centro en aprovechar la vida para hacer cosas que tengan trascendencia y que me ayuden a conseguir oportunidades para poder seguir diseñando, que es lo que me apasiona.

–¿Cree que en el futuro habrá robots que realicen diseños similares a los humanos?

–Eso no va a pasar hasta que los robots tengan sentimientos. Todo lo que tiene que ver con la creatividad y con el arte tiene dos limitaciones: la experiencia acumulada y el sentimiento. El robot puede llegar a tener una inteligencia superior a la humana, eso ya es un hecho, pero de momento no tiene vida y no tiene emociones. El día que las tenga podrá ser creativo.

–¿Alguien que diseña para personajes muy conocidos debe guardar la misma discreción que un banco?

–Por supuesto. Guardo mucho la intimidad del cliente en todos los casos. Intento publicar la casa de la forma más anónima posible, evitando mostrar los objetos personales con el fin de respetar siempre al propietario. Por esa razón, me gusta fotografiar un proyecto cuando está recién terminado antes de que esté habitado, para poner el foco en la obra arquitectónica.

–¿En qué momento concreto empezó a pensar que el salto de Ontinyent a Valencia era necesario?

–Desde el día cero. Empecé en Ontinyent por temas personales, pero siempre tuve el foco en Valencia. En un lugar de 40.000 habitantes el campo de acción se queda pequeño y es difícil desarrollarse profesionalmente. Es un poco lo que me ocurre actualmente: sigo teniendo mi estudio en Valencia por el vínculo personal, pero mi trabajo en la ciudad supone una pequeña parte del total. Lo lógico, por el volumen de proyectos que tenemos fuera, sería estar en un sitio con mayor proyección. También es cierto que, con un mínimo de infraestructura y gracias a las nuevas tecnologías, me resulta posible solucionar el trabajo que tenemos fuera.

–¿Qué materiales revolucionarios o de impacto ecológico ya está utilizando en sus diseños a día de hoy?

–Ahora mismo, en todas las empresas con las que estamos trabajando, utilizan materiales reciclables. La concienciación sobre sostenibilidad es generalizada e indiscutible.

–¿Vive usted actualmente en una casa diseñada por Ramón Esteve?

–En dos. Una se ubica en un edificio del Barrio del Carmen, en Valencia, en el que también está ubicado mi estudio. La otra, Refugio en la Viña, está en Fontanars dels Alforins y la terminé hace un par de años. Es literalmente mi refugio, al que acudo siempre que puedo los fines de semana y en vacaciones. Ambas están construidas por mí hasta el último detalle. No por una obsesión enfermiza, sino porque para mí es una oportunidad de diseñar sin condicionantes. Es el mejor laboratorio que puedo tener para encontrar soluciones.

–¿A qué retos se enfrentó en el proyecto Jubail Port, en el Golfo Pérsico?

–En el aspecto técnico, nos enfrentamos a un sistema de gestión de proyectos totalmente distinto al que estamos acostumbrados en España, que es el anglosajón. Además de la experiencia de trabajar con una empresa de grandes dimensiones, cuyo principal problema es que el trabajo está muy fragmentado. En mi estudio todo pasa por nosotros, desde la fontanería hasta el paisajismo, y en el caso de Jubail hay muchos agentes implicados y cuesta más de coordinar el día a día. Nosotros fuimos los encargados de diseñar una de las zonas más exclusivas de la isla, situada encima de un manglar, e intervenimos tanto en el urbanismo como en la arquitectura. El proyecto apunta muy alto, es cierto, y no está siendo un camino fácil.