La economía, en las manos de un virus

La gran incógnita es si la economía mundial cambiará para revisar su absoluta dependencia de China

JUSTIN LANEEFE

Uno de los efectos secundarios del coronavirus ha sido el de comprobar la absoluta dependencia de la economía mundial de China. Como consecuencia de lo anterior, es evidente que la expansión del Covid-19 está siendo inevitable por la interconexión del mundo, esa globalización que hace que la cadena productiva recorra miles de kilómetros y decenas de países. Era sabido, pero no hasta ahora un factor tan imprevisible como la expansión de un virus ha demostrado, que la economía del planeta pueda ralentizarse si la maquinaria industrial y financiera de China se frena. En este caso, y a diferencia de la crisis económica de 2008, sería plenamente industrial y, además, afecta al corazón de la llamada fábrica del mundo. En el caso de España, el primer impacto se vería en el turismo, algo que amenazará a muchos más países, pero que en nuestro caso tendrá efectos más graves: sólo baste tener en cuenta que ayer mismo las compañías aéreas calcularon en 102.000 millones de euros las pérdidas. Pero hay otros sectores estratégicos amenazados, como el del automóvil, dado que una buena parte de los componentes proceden de China, donde la producción se ha paralizado. Pero, a diferencia de la anterior recesión, por lo menos en la que puede venir se sabe la causa: recordemos que entonces Europa se tapaba los ojos diciendo que la crisis era de las «subprime» de EEUU, lo que provocó tomar medidas con retraso. El ministro Pedro Solbes cuantificó el impacto de la crisis financiera muy por debajo, error que ahora ha reconocido. La ministra de Asuntos Económicos, Nadia Calviño, no se atreve a hacer previsiones y confía en una recuperación económica en los «próximos trimestres» tras el impacto inicial del Covid-19, aunque sus cálculos no están en sus manos, sino en la evolución del virus. Sin embargo, comparte las previsiones de la OCDE, que calcula la ralentización mundial de la economía del 2,9% al 2,4%. Si Calviño ha admitido que la desaceleración tiró por tierra sus previsiones para la preparación de los Presupuestos, de manera que el crecimiento del PIB se quedó en el 1,6%, todavía no contaba con los efectos del coronavirus. Es paradójico que el Gobierno pase de depender de ERC para aprobar las cuentas de los efectos de un virus, y que es posible que en esta coyuntura económica le convenga más mantener los históricos presupuestos de Montoro. Aunque sea una desaceleración coyuntural, según augura el Gobierno, las medidas que ha anunciado –flexibilizar las reglas fiscales a las empresas afectadas o que los trabajadores no consuman el paro en los expedientes de regulación de empleo temporales–, deberán corresponder a una partida económica. De momento, y ante las previsiones de la evolución de la epidemia, el Ibex ha vuelto a resentirse con una caída del 15% en dos semanas –ayer cerró con un descenso del 3,5%–, lo que supone unas pérdidas de 96.000 millones de euros. Si China y EE UU, como primera y segunda economías, serían los países más afectados, estos últimos han reaccionado: la Reserva Federal anunció el pasado lunes la mayor rebaja de tipos desde 2008, lo que recuerda la misma reacción que tuvo Europa con la caída de Lehman Brothers. Si entonces fue China quien inyectó dinero al sistema financiero mundial, nada indica que ahora no lo vuelva a hacer si es necesario, lo que sin duda volverá poner al mundo ante un hecho evidente: la dependencia ante la gran potencia asiática. La gran incógnita es si la economía mundial cambiará en el sentido de revisar su dependencia hacia China, de la misma manera que lo está haciendo EE UU, que, pese a Trump, vuelve a mirar a México como la factoría que siempre fue para su economía. A diferencia de 2008, en esta ocasión la crisis dependerá directamente de la ciencia.