Opinión

El pecado capital de olvidar a las víctimas

Toca de nuevo dar una batalla que pensábamos ganada por la memoria, la dignidad y la justicia, que desde la izquierda se pretende entregar a los verdugos, sus acólitos y sus cómplices

Editorial La Razón

Siete años después, las víctimas del terrorismo volvieron a las calles de Madrid para protestar contra la política del gobierno de turno. En aquel entonces se censuró de forma pública el incumplimiento de la promesa electoral de ilegalizar a la marca de ETA, Bildu. Ayer, la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) reprobó y condenó al Gobierno de Pedro Sánchez y su completa política desarrollada en relación con la banda criminal, sus legatarios, el cumplimiento de las condenas, la persecución de los delitos, los homenajes a los asesinos y tantas afrentas de las que han sido capaces la coalición de izquierdas y sus aliados en el Parlamento. La céntrica plaza madrileña de Colón fue el altavoz de la indignación del colectivo con dos nombres en particular, Pedro Sánchez y Fernando Grande-Marlaska, que situó en la cúspide de la tendenciosa y cruel estrategia de blanqueamiento del terrorismo. Las víctimas hablaron de su extraordinario aguante ante tanta humillación, «patadas a la dignidad, «ofensas a la memoria» y traición. Una denuncia convertida en un lamento cargada de razones y de certezas. Es imposible hallar a un gobierno que haya hecho tanto daño moral en tan poco tiempo como el actual en la historia de la España constitucional. Y es igualmente incomparable con sus predecesores de cualquier signo político, dar con otro que haya rendido las fuerzas de la razón, la integridad y la justicia de la democracia a los enemigos de la convivencia, la libertad y la paz. Peor aún que haya supeditado la razón de Estado, la primacía y la prevalencia del bien sobre el mal absoluto, al fin particular de la permanencia en el poder. Compartimos con las víctimas del terrorismo su amargura y desesperanza en un tiempo de sombras caracterizado por la derrota del vencedor bajo la hegemonía de la izquierda, y con los herederos de ETA acomodados en la «nueva dirección del Estado», como acuñara Pablo Iglesias. La presidenta de la AVT, Maite Araluce, hizo un repaso aterrador que retrató la degradación institucionalizada cuando Marlaska prometió que no acercarían presos con delitos de sangre «y los han acercado a todos». Con Sánchez 209 etarras han progresado de primer a segundo grado, y otros 26 de segundo a tercer grado, con la libertad condicional a un paso. De los 117 reclusos, solo uno está en primer grado, 90 en segundo y 26 en tercero. Esta fotografía penitenciaria, en collage con los acuerdos, los abrazos y los elogios en el Congreso o Navarra entre socialistas y bilduetarras, con jefes de ETA en sus filas, abochornarían a cualquier demócrata que se tenga por tal. Cuando pesan más los vivos terroristas que la memoria de los asesinados, incluido el sacrificio infinito de aquellos que lo dieron todo por la libertad y la seguridad de sus compatriotas, lo urgente es castigar al responsable arrebatándole en las urnas su bien más preciado, el poder. Mientras tanto, toca de nuevo dar una batalla que pensábamos ganada por la memoria, la dignidad y la justicia, que desde la izquierda se pretende entregar a los verdugos, sus acólitos y sus cómplices.