El «hereu» que dinamitó CiU

Su trayectoria es la de un líder fracasado que trató de tapar con esteladas la corrupción que salpicaba a Convergència. «Me han dejado solo», confesó el ex president esta Nochevieja a un amigo

Se va para no tener que hacerlo al día siguiente de la sentencia del «caso Palau». Así lo afirman en el entorno de Artur Mas personas que han hablado con él estos últimos días. En la noche de fin de año, cuando fue fotografiado en un hotel de la Cerdaña, donde acostumbra a pasar estas fechas, el ex presidente catalán se lo confesó a un íntimo amigo: «Me han dejado solo». En efecto, su enorme distanciamiento de quien designó sucesor, Carles Puigdemont, su aislamiento dentro del PDeCAT, el embargo de su casa y otros bienes bajo un calvario judicial y, sobre todo, el próximo veredicto sobre su etapa dirigente en Convergència, forzaron esta decisión. El que fuera presidente de la Generalitat y llevó a la poderosa federación nacionalista al auténtico desastre anticipa su salida para evitar que coincida con el varapalo jurídico del mayor expolio de corrupción que se recuerda. Mas había expresado en privado que la condena a su tesorero, Daniel Osácar, le hacía imposible seguir en la actividad política.

Es el máximo responsable de este desastre y el gran destructor de CiU. Sin piedad, es la unánime conclusión de veteranos dirigentes de Convergència y Unió, la antaño poderosa e influyente coalición nacionalista ideada por Jordi Pujol. El declive empezó la noche del 25 de noviembre de 2012, un mazazo para Artur Mas i Gavarró, porque CiU acababa de perder 12 diputados en las elecciones autonómicas. Un fracaso en toda regla tras el cual, en medio de una fuerte depresión, intentó tirar la toalla. Pero arengado por sus dos ideólogos de cabecera, Francesc Homs y David Madí, decidió pasar a la historia como el mártir soberanista de Cataluña. Aquel día, convencido por ambos, el joven a quien siempre llamaban Arturo, como sus padres le habían inscrito en el Registro Civil de Barcelona, nacido en una elitista familia textil de Sabadell y metalúrgica del Pueblo Nuevo, educado en el Liceo Francés y en el Aula Escuela Europea, trastocó su hoja de ruta.

Fue entonces cuando abanderó el soberanismo y vino a Madrid en plan chulesco para poner en un brete a Mariano Rajoy. La jugada le salió mal, el gallego no entró al chantaje y Mas inició un camino sin retorno que ha llevado a su partido desde el poder a la nada, y a Cataluña al mayor enfrentamiento que se recuerda. Con Mas empieza todo y con él, venido a menos, el horizonte entra en tinieblas. Su padre, Artur Mas Barnet, le introdujo en el círculo empresarial de Lluis Prenafeta, uno de los hombres de confianza de Jordi Pujol, quien le inició en la carrera política. En esa época trabó amistad con la familia, en especial con la matriarca Marta Ferrsuola, y el delfín Oriol Pujol. De su mano ascendió peldaños vertiginosos en la Generalitat, hasta ser primer consejero y después «el hereu», una vez imputado Oriol en el escándalo de las ITV. Arturito, como cariñosamente le llamaba Ferrusola, fue siempre un segundón, el chico que hacía los recados turbios de la trama convergente en liza con la brillantez del otro socio, el democristiano líder de Unió, Josep Antoni Duran Lleida. Un político superficial, carente de cultura profunda, débil intelectual y siempre teledirigido: primero por los Pujol, y después por Francesc Homs y David Madí. Pero, atención, con un punto de soberbia altamente peligroso.

Esa altivez, y la cascada de casos de corrupción sobre Convergencia, le cambiaron. Quienes con él trabajaban en esos años le califican de visionario. «Quiere un puesto en el panteón nacionalista», dijo un dirigente de CDC cuando giró al victimismo soberanista. Como Macía y Companys, pero sin tener en cuenta los vericuetos de la historia. Su deriva condujo a un negro túnel a la antigua CiU, rota en mil pedazos, para albergarse en una delirante coalición, «Junts pel Sí», junto a Esquerra Republicana, la auténtica fuerza que sacó beneficios, promover al poder a organizaciones callejeras como la ANC y Òmnium Cultural, y caer en manos de los radicales antisistema de las CUP. Los auténticos «patas negras» de la antigua Convergència, con los Pujol en primera fila, nunca se lo perdonarán. Es la suya una trayectoria de líder fracasado, un mesiánico nacionalista de última hora envuelto en esteladas para ocultar el entramado de la corrupción. Y además, un dirigente embustero. «Engañó a Zapatero con el Estatut y a Rajoy con el pacto fiscal», dicen quienes con él trabajaron a sabiendas de que su deriva era sólo la independencia.

Refugiado en su conducta victimista, apeló a una recaudación popular para cubrir el embargo de sus bienes que no logró. Su sucesor, Carles Puigdemont, le salió rana. La actual dirección del PDeCAT ni le tiene en cuenta. Y sus antiguos patronos, el clan Pujol, se desangran bajo un negro horizonte judicial. Después de tantos fracasos, Mas planeó iniciar una nueva vida en Estados Unidos. En Chicago trabaja uno de sus hijos, y allí le llegó una oferta de algún empresario catalán vinculado a la extinta Convergència. En el plano personal, se refugia en su casa de Fornells, en Menorca, con su mujer, Helena, y las nietas del matrimonio de su hija Patricia. En el político, su mayor preocupación son ahora las próximas sentencias del Palau de la Música, y las acusaciones contra Germá Gordó, ex consejero de Justicia y gerente del partido por cobro de comisiones irregulares.

En ambos casos, era el máximo responsable de Convergència y ello le salpicará muy de cerca. Duros golpes en toda regla para Artur Mas i Gavarró, el hombre que tuvo todo, lo dilapidó sin remedio y es hoy el vivo retrato de la decadencia. Un político que siempre dijo una cosa y luego hacía la contraria. Un presidente de la Generalitat que pasará a la historia como el auténtico ángel caído del «procés».