«El malentendido»: Una fatalidad perfecta

Autor: Albert Camus. Versión: Yolanda Pallín. Dirección: Eduardo Vasco. Reparto: Cayetana Guillén Cuervo, Julieta Serrano, Ernesto Arias, Lara Grube. Teatro Valle-Inclán. Madrid, 29-I-2013.

«Éste es el fin, mi único amigo, el fin», cantaban The Doors ante el declive de toda una forma de entender la vida. Caía el napalm y en Europa se quemaban sujetadores, mientras Morrison y los suyos, acaso sin saberlo, anunciaban el fin de una época mientras se daban a la evasión poética. Luego no fue para tanto y todo siguió igual o casi, con variaciones históricas y equilibrios de poder. Treinta años antes, como ahora, Albert Camus había asistido a otro fin y otro comienzo: había visto a su Francia orgullosa arrodillarse ante Alemania durante cuatro largos años, había combatido con valentía como sabía, con su coraje y su honestidad por la liberación, y se había desesperado ante una Europa que debía regenerarse y que repetía los vicios del pasado cuando ésta llegó, en 1944, el año en que escribió esta obra.

Cuando se escarba en el texto de «El malentendido», más allá de la anécdota en el que se basó Camus, un macabro crimen real acontecido en Checoslovaquia digno de cualquier estudio del azar que podría firmar Paul Thomas Anderson, se descubre el desaliento de un autor ante un continente que no ofrece más que miseria. Camus parece comprender el odio intestino, inapelable, sin duda mal encauzado, del personaje de Marta, la mujer que se agrieta en vida y mata a sus huéspedes en el pequeño hotel familiar sin derramar ni una lágrima soñando una vida mejor en un país cálido junto al mar antes de que su juventud se eche a perder por completo. ¿Les suena? Para Marta y su madre ya es tarde para el arrepentimiento, tienen demasiada sangre en sus manos, aunque una no tiembla, es todo determinación que acaba canalizando en ira y maldad, nacida de la envidia de quienes sí son felices, y la otra duda ante su truculento desempeño.

En este emocionante montaje del Centro Dramático Nacional hay una heroína trágica. Porque en el escueto reparto, todos trabajan con exactitud y talento, desde Ernesto Arias, que da vida con acierto al optimista viajero, a Lara Grube, como su mujer, la única que presiente la desgracia. Y, por supuesto, la firme veterana que es Julieta Serrano, con más de un matiz en una madre que encarna el dilema ético de la familia. Pero hay que decir que el huracán de la función se llama Marta, y Cayetana Guillén Cuervo no desaprovecha la oportunidad con una emoción contenida, un gesto agrio y gélido constantes, excepto cuando Marta de despoja de sus escudos para hablar de sueños. Elucubrar sobre el raudal de emociones que habrán convivido en su pecho a una semana de la muerte de su padre, quien protagonizó la versión de Adolfo Marsillach y asesoró a su hija hasta los últimos días, es arriesgado, pero es difícil desligar esa circunstancia de lo visto en escena.

La explosión final, más un epílogo desesperanzado que una catarsis, confirman, sea como sea, que éste es uno de los grandes papeles de la actriz. Texto complejo, de vericuetos intelectuales y profunda humanidad, exige un tratamiento acorde, inteligente. Vasco ha encontrado el código exacto en este otro retrato de familia con hijo atribulado. Un escenario adusto pero imponente. Todo apunta en una misma dirección: crear con poco una atmósfera en la que todos, menos los protagonistas, vemos cernirse el desastre.