Quimeras humanas y macacas

Fotograma de la película el planeta de los simios
Fotograma de la película el planeta de los simios

Ya logramos mantener con vida un embrión de humano-macaco unos veinte días sin que se malogre. ¡Toma ya! No está nada mal para una especie que no ha dejado de matarse durante milenios, que está en jaque por un virus y cuyos individuos más notorios se tiran los trastos a la cabeza cada dos por tres. Tenía razón Sabina con aquello de que somos el padre del mono del año 3000.

Vamos por buen camino, nos lo estamos ganando a pulso, aunque en nuestro beneficio, digamos que de alguna manera podemos sacar pecho por haber creado el renacimiento florentino, los viñedos del Mosela, el andantino de la Sonata 959 de Schubert, la isla de Manhattan, los bombones rellenos con menta y aquel tobogán que nos hizo feliz cuando teníamos seis años. ¡Qué carajo, tampoco estuvo tan mal! Puede que todavía no la hayamos cagado demasiado, que estemos a tiempo de arreglar la vaina, puede que hasta los científicos que manipulan las quimeras frenen a tiempo para no malograr más nuestro futuro con una nueva ruleta rusa de probetas, tubos de ensayo y atanores. Sólo contamos con nuestra soledad desde que abandonamos el seno materno y luego todo pasa por perder aquello que se nos fue ofreciendo desde que vimos la luz del mundo, pero eso aún no lo saben los embriones de humano-macaco y los compadezco.

Pienso en esto de nuestra fugacidad, ofrecida en una bandeja por una tribu de monos con armas saltando y aullando, mientras escucho la voz quebradiza de Inés Arrimadas, perdido el fuste que la encumbró, vendiendo ahora su recetas para arreglar España después de llevar a su partido casi a las puertas del tanatorio y pierdo otra pizca más de la poca esperanza que me queda. Quizás en el futuro sean los humano-macacos quienes manden en el mundo y sometan a los hombres que una vez los crearon cuando no lograban salvarse de ellos mismos. Esos tipos, anteriores, que no supieron aprovechar las oportunidades y se pegaron el tiro en el pie solo por una estúpida ambición.