«Cada día es como si hubiera pasado ayer»

Las víctimas del «comando Madrid» relatan a LA RAZÓN su encuentro con el horror. «Aquí nunca ha habido una guerra ni dos bandos, eran simples asesinos»

Alfonso Sánchez sostiene una fotografía del atentado en la plaza de República Argentina
Alfonso Sánchez sostiene una fotografía del atentado en la plaza de República Argentina

Todo iba como la seda, sí señor. Inés del Río había pasado todo el fin de semana preparando con denuedo la carga mortífera: unos 10 kilos de explosivo aderezados con dos más de tornillería. Iñaki exultaba: Madrid estaba a sus pies; allí, a punta de gatillo... Aunque, bien visto, esto ya era otra cosa, eran palabras mayores: ¡un coche bomba! El primer coche bomba de ETA en la capital. Un puñetazo en la mesa. Con pasmosa sangre fría, Iñaki de Juana Chaos manejaba aquel ataud andante. Detrás le seguía Soares Gamboa en un taxi.

En la confluencia de Carbonero y Sol, Vitruvio y la plaza de República Argentina abandonaron aquel soberbio cómplice de chatarra, un Peugeot 505 robado en San Sebastián que había pasado la noche en un parking de Callao. En cinco minutos esos «hijos de puta» volarían hacia el cielo de los españolitos.

Alfonso Sánchez no era más que «un pepinillo» aquella mañana del 11 de septiembre de 1985 en que asistió a su propia ejecución. Tan sólo 19 añitos, recién salido de la academia, toda la vida por delante. Venía de pasar el fin de semana con los amiguetes y hacerles madrugar de aquel modo era un engorro. Junto con otros 15 compañeros, se dirigía en un microbús al consulado de Rusia para realizar el primer relevo de la jornada. Acababan de poner las calles, como quien dice. Sólo resaltaban dos puntos en el vacío: un tipo en trazas deportivas aguardando junto al semáforo en rojo y un coche mal aparcado en el paso de cebra.

Y entonces... ¡bum! El convoy se alzó un metro sobre el suelo, aterrizó junto a un árbol en la acera de enfrente y echó a arder en medio de una lluvia de metralla. De Juana Chaos y Gamboa huían a tiro limpio entre la humareda.

Los 16 guardias civiles salieron vivos de aquella encerrona. Pero varado en la acera, a 50 metros del semáforo junto al que esperaba, Eugene Kenneth Brown, ciudadano americano, yacía muerto. «Hacía footing en el lugar equivocado en el momento equivocado», resaltaba un periodista estadounidense. Pasaba por ahí.

A Alfonso Sánchez no le había llegado su hora, pero «hay golpes en la vida, tan fuertes...yo no sé» (César Vallejo). Han pasado 30 años y la herida supura: «Se me ha quedado todo grabado, segundo a segundo, como en una peli a cámara lenta, de por vida; esto te cambia para siempre: maduras de golpe, tomas conciencia de lo puta que es la vida, que hay buenos y malos y que la vida y la muerte se mueven en el filo de la navaja». Alfonso fue destinado a Eibar, a la boca del lobo. Ya para entonces era otro: «Más huraño, introvertido, más paranoico, en lo personal y lo profesional; incluso ahora sigo siéndolo, tantos años después».

Diez meses más tarde, De Juana se quitó la espinita del fracaso. Y a lo grande: doce «picoletos» para su cuenta particular en la plaza de República Dominicana. Era 1986. Llovía plomo sobre Madrid.

Un sueño frustrado

No era moco de pavo ser guardia civil entonces. «Dejad toda esperanza vosotros que entráis». Estaban los GRAPO, agonizantes pero estaban; y ahora, de repente y en toda su crudeza, el «comando Madrid», sembrando el terror en el mismísimo corazón de España y ante las narices del primer Gobierno socialista de nuestra historia. La Movida triunfaba entre cascotes, jeringuillas y esquirlas. «No mires a los ojos de la gente», recomendaba Golpes Bajos. «Muchos pensaban cuando mataban a guardias civiles: algo habrán hecho...», rememora Manuela Lancharro, hermana de Antonio, víctima de aquella carnicería de República Dominicana. Pero Antonio sentía verdadera pasión por la Benemérita y postulaba a la unidad de motoristas. En su entierro, el padre sólo podía repetir: «No podía quitarle su sueño, ¡qué podía hacer!».

Manuela sólo tenía 17 años cuando Idoia, Soares Gamboa, Troitiño y De Juana perpetraron una de las más sonadas barbaries etarras de la época. «¿Quién va a venir a matarnos a nosotros?», solía tranquilizarla Antonio. Aquel 14 de julio del 86, Manuela y su madre s encontraban en Sevilla. Tronó su nombre en la megafonía de El Corte Inglés, las buscaban. A 500 kilómetros, Antonio agonizaba. «Él lo era todo para mí: mi hermano, mi amigo, mi confidente; me robaron mi vida, como si me arrancaran el alma».

Aún hoy se emociona, la infamia está candente: «Cada día es como si hubiese pasado ayer; siempre está presente, siempre». Manuela enloqueció literalmente. No comía, no salía. Ideó un peregrino mecanismo de autodefensa: llegó a convencerse de que su hermano, como en las películas, sólo estaba en una misión ultrasecreta que requería darlo «por muerto» para la sociedad y sus familiares. Un año después despertó y estallaron las preguntas: «¿Qué hago ahora?, te dices. Lo he necesitado muchas veces, sus consejos, su confianza. Me vi sola, pedía ayuda pero mis padres estaban también destrozados».

La vida, el mayor derecho

La sentencia de Estrasburgo y la salida de los pistoleros cae a plomo sobre sus recuerdos. «No entiendo cómo pueden acogerse a los derechos humanos cuando ellos han pisoteado el mayor de los derechos que existe: el dereceho a la vida».

La vida... Por dos veces la salvó Jesús Faucha, y a la edad en que vivir se da por descontado. La primera vez se libró del atentado de República Argentina por pura casualidad. Debía conducir aquel convoy por la calle Vitruvio. A última hora le cambió el turno a un compañero. Pero «parecía que estaba sentenciado», así que pocos meses después le vio la cara de refilón a San Pedro. En Juan Bravo con Príncipe de Vergara, cerca de la embajada italiana, lo esperaban los matarifes habituales, los «gudari» del «comando Madrid». «Sentí un estruendo, vi un fogonazo y todo quedó en silencio, un silencio como nunca antes había oído en mi vida», relata. A sus piés quedó muerto un compañero; otros cuatro expiraban en la parte trasera del convoy.

Jesús perdió totalmente la visión en el ojo derecho y, parcialmente, la audición y la movilidad en el oído y la mano correspondientes. Pero era un tipo duro. «No necesité mucha ayuda y no quería comentar mucho mis heridas y malestar; me hice un lobo solitario». Sin embargo, en ocasiones el horror actúa por desgaste: «A los 26 tienes ilusiones y de la noche a la mañana... ¿Qué hago yo ahora toda la vida?, me preguntaba. Te cortan las ilusiones tan joven, día a día, año a año...».

Faucha no odia a sus verdugos, sencillamente no les hace aprecio, los «desprecia». La salida de Inés del Río, la libertad de De Juana, la derogación de la «Parot», todo eso, más que indignarle por la parte que le toca, le «cabrea», un cabreo general contra los políticos y los intereses que permiten que no prevalezca la razón, la decencia, la Justicia, en suma.

No hay víctima que no observe con recelo la palabra «reconciliación». «Aquí nunca ha habido una guerra, nunca ha habido dos bandos, sólo eran unos asesinos que mataron inocentes», coinciden Alfonso y Jesús, los dos guardias civiles que salieron vivos de aquellos «años de plomo». Por eso, ellos y muchos otros tiemblan ante la desmemoria, el olvido generacional y general, el borrón y cuenta nueva. Pues «cuando todo está perdonado, todo está cínicamente permitido». Lo dijo Kundera. Y se diría que lo dijo por y para ellos.

Alfonso Sánchez. República Argentina

Un ciudadano americano que hacía footing falleció a consecuencia del coche-bomba que De Juana, Inés del Río y Gamboa prepararon contra un autobús de la Guardia Civil, el 9 de septiembre de 1985. Alfonso salvó la vida como el resto de compañeros por la mala visibilidad de los terroristas al explotar el vehículo y la pericia del conductor en el cruce entre Vitruvio y República Argentina.

Manuela Lancharro. República Dominicana

El atentado de la plaza de República Argentina fue uno de los más masivos de la banda terrorista. Doce jovenes guardias civiles resultaron muertos, entre ellos el hermano de Manuela. Se produjo el 14 de julio de 1986, el año más sangriento de ETA. El PSOE acababa de ganar las elecciones.

Jesús Faucha. Juan Bravo / Príncipe de Vergara

Cinco compañeros de Jesús dejaron su vida en la calle de Juan Bravo, el día 25 de abril de 1986, tras un relevo de la guardia en la embajada de Italia. El «comando Madrid» campaba a sus anchas por la capital, y los cuerpos de seguridad del Estado eran su objetivo prioritario.