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Cospedal: «Los más pelotas han sido los peores»

Defiende su labor en el partido: «Yo siempre di la cara» y esta misma semana aseguraba que «no haré daño a Pablo».

Cospedal ha defendido a lo largo de los últimos días que siempre «he dado la cara» en los momentos más complicados
Cospedal ha defendido a lo largo de los últimos días que siempre «he dado la cara» en los momentos más complicadoslarazon

Defiende su labor en el partido: «Yo siempre di la cara» y esta misma semana aseguraba que «no haré daño a Pablo».

Fue en la gran fiesta aniversario de esta Casa. María Dolores de Cospedal llegó muy pronto a la sede de LA RAZÓN y tuvimos una larga conversación. «Me han dejado sola», me dijo en un arrebato de sinceridad, en un día muy difícil para ella, mientras las cintas de audio golpeaban sin piedad los medios de comunicación. Bastante más delgada, con un traje pantalón color teja y su melena ligeramente recortada, se la veía serena pero tensa. No era para menos. La mujer que lo fue todo en el PP le echó agallas y acudió a la multitudinaria celebración de nuestro periódico donde, bien lo sabía, todo el mundo la miraba y los periodistas la asediaban: «Parece que aquí no se valora dar la cara, afrontar unos marrones que no eran míos». Y así, antes de que nuestra sede se abarrotara de invitados, desgranó poco a poco sus comparecencias judiciales y su pose altiva, siempre valiente, frente a Luis Bárcenas. Estaba segura, aunque inquieta, tal vez temerosa de que los acontecimientos la desbordaran.

«Yo no haré daño a Pablo», me confesó antes de marcharse sin ni siquiera cruzar saludo, por agobio de tiempo y espacio, con el actual líder del PP. Pero como mujer inteligente sabía que sus días estaban contados. Esperaba nuevas filtraciones, aunque no las demoledoras conversaciones de su marido, Ignacio López del Hierro, atribuyendo al propio Mariano Rajoy el conocimiento de los hechos. Ha sido la gota que colma el vaso, el verdadero detonante de su marcha. Salió de LA RAZÓN asegurando que no dejaría el escaño, pero ni siquiera ella conocía el alcance de los nuevos audios. Me insistió en su manipulación, en los intereses creados, en la mano alargada de su eterna enemiga, Soraya Sáenz de Santamaría, y en la cobardía de algunos miembros de su partido, antaño leales. Es la crueldad, la doble vara de medir de la política cuando el poder te impide ver a los verdaderos enemigos. «Los más pelotas han sido los peores», me dijo.

Tenía decidido aguantar hasta final de año, pero esa frase: «El jefe lo sabe todo», ha sido su tumba. Hasta ahí hemos llegado, con Rajoy hemos topado, y el nuevo PP no podía permitirlo. Endosar a Mariano el dar vía libre a un espionaje de todo tipo, incluido Javier Arenas, era demasiado. Y la primera mujer que lideró las riendas del partido lo sabía. Hasta sus más fieles, que algunos lo han sido hasta el final, se llevaron las manos a la cabeza. Pero María Dolores, «¿qué hacía tu marido en Génova 13, como en su casa, haciendo tales cosas?», le preguntó con sorna un ex ministro afín en la fiesta aniversario. Ella alzó los ojos, confiada en un hombre al que ama por encima de todo, pero de quien muchos la habían advertido. Hace tiempo que Ignacio López del Hierro, un hombre listo como pocos, audaz y sibilino, era como una sombra de negativas influencias para su mujer. Ella nunca quiso creerlo y jamás lo admitió. La suerte estaba echada.

Este verano, siempre junto a Ignacio, lo confesaba en algunas cenas con amigos comunes en la costa andaluza: «Pues sí, me pide el cuerpo irme a la vida privada». Pero Cospedal, tal vez aupada por su victoria en el Congreso del PP frente a quien fue su gran enemiga, Saénz de Santamaría, de cuya rivalidad y poder entre bambalinas pueden escribirse ríos de tinta, decidió ir a por todas y colocar a sus gentes de confianza. Lo hizo tras unos años muy duros años al frente de la Secretaría General del PP. Nadie puede negarle un carácter curtido en mil batallas y un coraje ineludible. Aguerrida en la lucha partidaria, a las duras y las maduras, y valiente por enfrentarse al ex tesorero Bárcenas que la tuvo en el ojo del huracán, esta madrileña de sangre manchega no se paró en barras, pero unas conversaciones, según ella manipuladas, se la han llevado por delante.

Le han dolido muchas cosas, y desde luego, la soledad de algunos miembros de su partido que se ha visto claramente. «Ni yo necesitaba influencias, ni mi marido dinero», me insistía en nuestra última conversación. Puede. Pero la presencia de Ignacio en la planta sétima de Génova 13, con sus soflamas, hacían predecir el lamentable final. Cospedal sabía hace semanas que iban a por ella, todo Madrid hablaba de las famosas cintas y ella no supo, porque tal vez nunca calibró su alcance, frenarlas. La mujer que dirigió el PP y que hizo todo lo posible por hundir a su adversaria, Soraya, se equivocó de plano. Escuchó lo que no debía y creyó que instalada en la presidencia de la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso, la más influyente de la Cámara, que un día tuvo el catalán Josep Antoni Duran Lleida, quedaba protegida. Craso error, cuando las cloacas buscan una doble vara de medir, siempre en contra de la derecha y con bula hacia la izquierda.

«Es injusto», dicen ahora algunos de sus todavía fieles, atónitos ante el espectáculo. Aunque reconocen que el nombre de Mariano Rajoy en las cintas ha sido definitivo. «El acabóse», asegura una veterana diputada amiga personal de María Dolores de Cospedal. Tremendo, en este triste final para una mujer con un legado incuestionable: la primera en ganar unas elecciones por mayoría absoluta y gobernar en Castilla-La Mancha, el feudo histórico dónde logró quebrar el poder omnímodo del socialista José Bono. También la fémina pionera en dirigir el Partido Popular desde aquel convulso Congreso de Valencia en el que muchas intrigas se movieron entre bambalinas, Mariano Rajoy renovó su liderazgo y apostó claramente por ella.

Desde entonces, Cospedal tuvo que dar la cara ante muchos marrones, sobre todo los casos de corrupción, que ni estaban en su etapa, ni eran suyos. Hace tres noches me lo recordaba con furor. Hoy, ahora, estos la golpean de lleno. Ni ella misma se lo esperaba. Los «pápeles de Barcenas», la «trama Gürtel» y demás asuntos turbios que la hicieron desfilar por los juzgados, son el final de una etapa y la dan de bruces sin la menor piedad.

«Yo siempre di la cara», repetía una y otra vez. Se definió experta en levantarse una y otra vez frente a sus enemigos, que los tuvo, a quienes lidiaba con una sonrisa maléfica, un atractivo sibilino y habilidad. La «coronela» que dejó un buen recuerdo en el Ministerio de Defensa, la mujer que todo lo fue en el Partido Popular, tiró la tolla.