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El hombre clave de la Transición

La Razón
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Cuando el 3 de julio de 1976, Su Majestad el Rey Juan Carlos I eligió a Adolfo Suárez como presidente del Gobierno no le conocían los españoles. Hoy toda España sabe quién ha sido y lo que hizo por su país.

Suárez fue capaz de liderar un país sin mesianismos, de servir a quien le había pedido que asumiera la tarea ingente de pasar de un régimen a otro, del final de la dictadura a la democracia, y lo hizo sin rencores, con grandeza y elegancia.

La clase política del Régimen le recibió con recelo; los reformistas, con confianza. La izquierda socialista le recibió con desprecio y su habitual ceguera histórica les impidió ver más allá de la trayectoria anterior del designado. Muchos le acogieron con desdén por no considerarle un político con pedigrí social, y no pertenecer a ningún cuerpo de las élites administrativas. Un humorista aún en activo se atrevió a dibujar una viñeta en la que se ve cómo dos notorios miembros del búnker franquista recibían alborozados la noticia del nombramiento de Adolfo Suárez con esta frase: «No es maravilloso: se llama Adolfo», aludiendo a la coincidencia de su nombre con el dictador nazi, de tan ignominioso recuerdo. Así de generosos fueron siempre sus enemigos. Es el privilegio de los audaces.

Hoy todos los españoles saben lo que ha significado para España su paso por la responsabilidad de gobernar. Precisamente cuando es él quien con tanto sufrimiento a cuestas no lo recuerda. Muchos de los que hoy expresan elogiosos comentarios sobre su trayectoria y obra política se completaron para subirse –ellos sí– el caballo del General Armada para echarle del gobierno, porque –decían– «O Suárez o la democracia», sencillamente porque impedía que los cachorros socialistas llegaran al gobierno y que la derecha no reformista heredara el poder.

Hoy todos los españoles saben que en ese tiempo Suárez, entre otros muchos logros, desmontó el Régimen de Franco –sin derribar ninguna estatua del dictador al anochecer–; concedió una amnistía política; legalizó al Partido Comunista para que pudieran presentarse a las primera elecciones generales –consiguiendo que el PCE aceptara la bandera española y la Monarquía– propició y tuteló la redacción de una Constitución por consenso, devolvió a Cataluña su Generalitat y negoció con los partidos nacionalistas catalán, vasco y gallego la redacción de unos estatutos de autonomía. ¡Qué ingenuidad la nuestra cuando nos creímos que en las calles sólo reivindicaban «Amnistía y Estatut de autonomía»!

Mientras Suárez y UCD hacían toda esta ingente labor de creación, sus enemigos internos y externos afilaban sus dagas para, en una insólita conspiración y alianza –que jamás reconocerán– «poner fin al desgobierno, el caos, la amenaza secesionista y la barbarie terrorista» y compincharse con rencorosos militares de Estado Mayor y ansiosos políticos de toda índole para echarle del poder. Como los buenos carroñeros, sus ambiciones se nutrían de la joven sangre de cientos españoles que caían asesinados en Madrid y en el País Vasco. También renegaron del apoyo inicial quienes urdieron una nueva alianza, buscando financiación ajena, y que con gran visión de la jugada, les llevó a la oposición durante otros 14 años.

Adolfo Suárez cumplió con nuestros íntimos anhelos como ciudadanos sin inspirarse en ningún manual revolucionario ni en ninguna consigna internacionalista. Afortunadamente no llegó a saber que, después de él hubo quien trató de dinamitar intencionadamente aquel espíritu mirando en el retrovisor de la historia. Los archivos de TVE y las imágenes del 23 de febrero de 1981 permiten acreditar –para siempre– que una imagen vale más que cien palabras como éstas, que concluyen aquí, por si aún hay alguien que trate de engañar nuestra memoria.