Mariana Boadella, interventora en Vergés: El viaje al pueblo que odia a tu padre

El escenario electoral vivido ayer en Cataluña no tuvo nada que ver con el de la jornada del referéndum ilegal. Abuelos, niños que acompañan a sus padres, parejas jóvenes... todos acudieron en el día en el que el pueblo catalán volvió a abandonarse a la melancolía.

El escenario electoral vivido ayer en Cataluña no tuvo nada que ver con el de la jornada del referéndum ilegal. Abuelos, niños que acompañan a sus padres, parejas jóvenes... todos acudieron en el día en el que el pueblo catalán volvió a abandonarse a la melancolía.

Pere Pruna fue un pintor amable, amigo de Picasso, y hoy proscrito en la Cataluña orwelliana. Como me explica un buen amigo, lo condena su doble condición de franquista y, cuidado, de artista figurativo. Nada grave si tenemos en cuenta que en esta misma tierra hay quien desprecia a Josep Pla, uno de los escritores fundamentales en catalán y castellano. En fin, de Pruna, Chagall menor, conservamos entre otras delicias los frescos de la capilla de las Madres Reparadoras, un estupendo centro cívico del barrio de Sarrià– San Gervasio y colegio electoral durante la jornada electoral. Las pinturas de Pruna contemplan el trajín de gente que acude a votar, y el viajero, cansado pero profesional, escruta el panorama.

Nada que ver con las estampas del 1-O, cuando adolescentes de hasta ochenta años cantaban himnos mientras enfrentaban el Apartheid, la Roma de Augusto y el lado oscuro apadrinado por Darth Vader. Hay que compadecerse. Lo del 21 de diciembre es una jornada gris, europea, sensata, iba a escribir casi belga hasta que recuerdo las querencias gamberras de ese Estado fallido. Para los voluntarios de entonces, luchadores junto a Espartaco, campeones de los derechos civiles tipo Martin Luther King, todo esto debe de resultar aburridísimo. Qué nostalgia de los brotes solidarios y los abrazos patrióticos y las chucherías que les traían reputados cocineros afines al golpismo. Eso sí. Nadie olvida que Esquerra Republicana se ha pasado los días previos aleccionando a sus voluntarios sobre cómo, uh, comportarse en el recuento. Y que cuenta con un ejército de apoderados. Miles en toda Cataluña, y numerosos en este colegio de la calle Ganduxer. Por el contrario, apenas si encuentro un solitario interventor del PP. «Soy voluntario, no afiliado», explica Alberto, y a continuación: «Después de la situación que hemos vivido estas últimas semanas consideré que era una oportunidad de trabajar por la Democracia y controlar un poco que no pase lo del 1 de octubre». ¿Problemas? «No, que yo sepa no habido problemas resaltables. Aunque este es un barrio tranquilo.

Yo soy muy optimista y siempre pienso bien de todo el mundo, pero por lo que parece en zonas rurales, donde hay menos voluntarios, podría haber algún problema más. Espero que no. Todas las elecciones que hemos tenido hasta ahora han sido correctas, y no tiene porque haber ningún cambio».

Abuelos, niños que acompañan a sus padres, parejas jóvenes. Todos acuden al día grande de la Democracia. El ambiente es cordial, casi amistoso. Contrasta, por ejemplo, con las dificultades de ayer para lograr que la gente posara para la cámara. Sí, todos hablaban. No, mejor no pongas mi apellido y ya de fotos ni hablamos. Y eso que el viajero sólo les preguntaba por las dificultades para conciliar la votación y el trabajo, tratándose de un jueves.

En la pupila del viajero, la imagen recién vista en el teléfono móvil, con Mariana Boadella en Verges, de interventora recién llegada desde Ciudad Real, y ejemplo vivo de coraje. Hay que ser muy valiente y generosa para viajar hasta el pueblo que hizo deporte de odiar a tu padre. El mismo pueblo, por cierto, donde alguien me contaba que entró hace unos días en la farmacia con un libro de Pla en español bajo el brazo, ante la sorpresa no fingida, y el asco evidente, del señor farmacéutico. «iPla, y encima en castellano!», escupió el boticario, ante lo que el lector planiano tuvo que explicarle que ese libro fue publicado originalmente en castellano. Da igual. Pla es Pla. Traidor a la causa. Desafecto al régimen.

De vuelta al colegio electoral, Rocío, de Ciudadanos, le cuenta al viajero que ella sí es afiliada. Duda de si puede o no hablar con el periódico y, muy educada, llama por teléfono a quien corresponda para cerciorarse. Una vez comprobado que sí, que puede hablar, comenta que se ofreció ella misma para acudir. «Me parece un día muy importante», dice, «creo que hoy sí es democrático poder votar». Aunque sea un poco absurdo inquirir por líos en este colegio, responde paciente el día ha sido «muy tranquilo». Añade que «Así como hemos tenido algún compañero que nos está diciendo que en otras zonas han tenido algún problema, nosotros, por suerte, no. Y con los compañeros de los otros partidos tampoco. Al final prácticamente hemos logrado cubrir todos los colegios. Habrá quedado alguno, por una cuestión de población, pero muy pocos».

Qué mala suerte. El viajero esperaba encontrar una estampa heroica. De esas que se escriben solas. Gritos e intimidaciones. Algún gesto tierno. Lágrimas en memoria de los ausentes, que a esa misma hora pasean por Bruselas y Estremera, pero nada, no hay manera. Falta todavía un rato para saber que la participación, a las 18:00, aumentará hasta el 68,3%. Una cifra apoteósica. Veintidós puntos más que en 1999. Doce más que en 2012. Cinco más que 2015. Cierto que, a falta de los datos, el viajero corrobora un trajín continuo. Colas en todas las mesas. Nunca, hasta donde recuerda, había visto unos colegios electorales tan ocupados. Lo corroboran las radios, que estiman una participación récord, especialmente en Barcelona y su área metropolitana.

A punto de ofrecerse los primeros resultados, conectado a la radio y ya de vuelta a la calle, el viajero escucha a Elsa Artadi, directora de campaña de Junts per Catalunya y posible delfín del ex president en fuga. Agradece efusivamente a todos sus compañeros, protesta por las dificultades que, dice, han encarado, y hay que darle la razón porque no es normal que el número 1 de tu lista emule al Dioni, y pronostica del fin de 155. Pero el 155 no acaba hasta que haya president. Un 155 que arrancó, todo hay que decirlo, con las urnas compradas en el chino, el recuento en las parroquias, los votantes que repetían una y otra vez y en distintos colegios, o en el mismo pero a horas alternas, más la resistencia e insultos contra la policía y el resto de amenidades con la que la Cataluña independentista tuvo a bien entretenernos.

De repente una encuesta, la única, de La Vanguardia, que recalienta las encuestas encargadas por el diario catalán durante los últimos quince días, profetiza la victoria de Ciudadanos en porcentaje de votos, la mayoría absoluta del independentismo (aunque veremos qué hace la CUP, piensa el viajero, poco optimista al respecto) y el descalabro sin anestesia de un PP estrellado. Unos resultados que en las tertulias provocan vértigos y que en la calle se saludan con la indiferencia reservada para saborear la vida, que pasa y nos arrolla. Una hora después de cerrarse los colegios el escrutinio apenas alcanza al 5,21%. El viajero corre rumbo al ordenador y se abandona a la melancolía, ese estado carencial propio de un país, España, y una comunidad, Cataluña, que ya no saben vivir de otra forma. Apenas falta media hora para los primeros datos ciertos y significativos, pero el periódico no espera, el reloj estrangula y el viajero se despide con la incertidumbre de no saber si ríe o llora. Quizá esta sea la normalidad y este un día como cualquier otro en Cataluña. Pero cuesta acostumbrarse y a este paso el viajero morirá de un infarto mientras quemará el botón de F5 en pos de actualizaciones. Con el 7,7% escrutado Ciudadanos supera a Esquerra y empata con Junts per Catalunya. Uf.