Política

Ha pasado un año

En estos meses de transición, Pedro Sánchez ha gobernado con los presupuestos heredados de Rajoy y la situación económica se ha sostenido aceptablemente

En estos meses de transición, Pedro Sánchez ha gobernado con los presupuestos heredados de Rajoy y la situación económica se ha sostenido aceptablemente.

Parece una eternidad, pero sólo ha pasado un año del asalto de Pedro Sánchez al poder, con la ayuda de Podemos y de los soberanistas catalanes y vascos, y el desalojo del Partido Popular de Mariano Rajoy de La Moncloa cuando parecía más fuerte que nunca. El drástico cambio de orientación política en España se originó en una endeble sospecha judicial sobre corrupción, difundida con descaro y mala uva por un magistrado progresista. Ese fue el pretexto que sirvió al ambicioso dirigente socialista, un político errático, controvertido hasta entonces dentro de su propio partido, para sacar adelante por sorpresa esa moción de censura e instalarse en La Moncloa. Desde el primer momento ha puesto de manifiesto su propósito de permanecer en el cargo por tiempo indefinido. Por eso mismo se resistió durante meses a convocar elecciones, como había prometido, hasta que sus socios catalanes, con los que había negociado a calzón quitado el futuro de Cataluña, le tumbaron los presupuestos. Este desencuentro con los soberanistas, de los que se atrevió a decir por fin que no eran de fiar, le sirvió para demostrar a los incautos que no había habido trato con ellos ni tampoco ofertas bajo cuerda. Era el momento, según su asesor áulico, de convocar elecciones generales y de ganarlas.

En estos meses de transición, ha gobernado con los presupuestos heredados del Partido Popular de Rajoy y la situación económica se ha sostenido aceptablemente. La política de gestos –Consejo de Ministros femenino y feminista, la exhumación, aún frustrada, de Franco...– ha quedado ensombrecida por las dudas sobre la autoría de su tesis doctoral y la utilización del Falcon –el avión presidencial– para sus viajes privados. En la última campaña electoral ha sido objeto del repudio más radical por parte de los líderes del Partido Popular y también de Ciudadanos. Ni Pablo Casado ni Albert Rivera se fían de él. Esto debería influir decisivamente en los pactos para el reparto del poder municipal y autonómico. Ayuntamientos y comunidades tendrían que ser, más que nunca, el contrapoder a un Gobierno con intención manifiesta de acapararlo todo. En estos meses, en los que Pedro Sánchez ha mostrado su firme preferencia por Podemos y ha alzado, con la ayuda de sus terminales mediáticas, el falso espantajo de Vox para presionar a Rivera, el mapa político se ha dividido en dos frentes –derecha e izquierda– que son aparentemente irreconciliables.

Después del bautismo de las urnas, la vida política no ha quedado aún purificada. Se comprobará, sobre todo, en las sesiones de investidura que se avecinan, y en la política de pactos en lugares tan emblemáticos como la Comunidad de Madrid y la región de Navarra. Vamos a ver quiénes apoyan a Sánchez, al que hay que reconocer el mérito de haber salvado momentáneamente al PSOE de la quema a la que parecía destinado, y a quiénes apoya el PSOE en las provincias. Por lo demás, en este año, que ahora se cumple, hemos contemplado la estrepitosa caída y la posterior recuperación del Partido Popular de la mano de Pablo Casado, consolidado como nuevo líder de la oposición; la activa presencia en las instituciones de Ciudadanos, que oscila aún en su posición en el mapa para desconcierto de muchos –¿bisagra o alternativa?–, y el resplandor y la decadencia de las dos fuerzas de los extremos: Vox y Podemos. Después de un año de inestabilidad política, no hay razones para pensar que con Pedro Sánchez en la Moncloa hemos superado ya las turbulencias.