La soledad internacional del «procès»

Estados Unidos, la principal potencia mundial, no tiene la menor simpatía por el separatismo. Menos aún, por el que brota en una nación amiga

Merkel, Macron y Juncker
Merkel, Macron y Juncker

Estados Unidos, la principal potencia mundial, no tiene la menor simpatía por el separatismo. Menos aún, por el que brota en una nación amiga.

En un momento normal, la visita de Rajoy a Trump no debería obtener ninguna cobertura en Estados Unidos. Es lo habitual con los jefes de gobierno de naciones amigas, aunque tengan cierto peso como la nuestra, que no crean mayores problemas a Washington. No hay que extrañarse, ocurre en las mejores familias europeas con la excepción de Merkel superstar y, en bastante menor medida, con Macron y May. El tema catalán podría, sin embargo, suscitar el interés de algún periódico americano, sobre todo si Rajoy diera una rueda de prensa.

No creo que nuestro presidente dedique excesivo tiempo con Trump al problema creado por la Generalidad. No porque la gravedad del asunto no lo merezca –es la cuestión más grave que tenemos dentro de España desde hace cuatro años aunque algunos comentaristas ibéricos hayan tardado en darse cuenta– sino porque le hablará a un convencido. Trump, como Obama, como Clinton, como Bush padre e hijo, como Reagan... no tienen la menor simpatía por el separatismo. Menos aún por el que brota en una nación amiga, democrática y en la que se respetan todas las opiniones, incluida la de los separatistas. Estados Unidos tuvo una larga y muy cruenta guerra civil para sofocar una secesión, una contienda conducida victoriosamente por Lincoln, un progre de la época que abolió la esclavitud. En algún momento, el gran Lincoln, el presidente más reverenciado hoy por los americanos, manifestó que en su motivación para meter en vereda a los estados esclavitas del sur pesaba tanto o más que el deseo de liberar a los negros el de acabar con una parte de Estados Unidos que se habían alzado frente al poder constituido legalmente. Alguna de sus manifestaciones en este sentido son tajantes. Recordemos también que una consulta reciente de una organización de Tejas sobre el derecho a la secesión de ese estado fue archivada de un plumazo por el Tribunal Supremo de Estados Unidos con la afirmación de que el asunto no procedía. Los asesores de Trump no le habrán ocultado que hay un sentimiento separatista no despreciable en la sociedad catalana pero que no es mayoritario y que la Generalitat, burlándose de nuestro Supremo, está violando la Constitución sistemáticamente y ha entrado en rebeldía. Esto allí es blasfemo.

No hace falta que Rajoy se emplee a fondo en este tema con Trump ni ningún líder de la oposición estadounidense. Algo más de trabajo hay que hacer con algún, no muchos, órgano de prensa estadounidense.

En el almuerzo entrevista –que no debe durar demasiado aunque el americano haya tenido la deferencia de ofrecerle una comida lo que no siempre ocurre– brotarán, con mucho más tiempo, los temas internacionales. Unos en los que hay acuerdo casi total, la lucha contra el terrorismo en la que Estados Unidos nos puede ser muy útil, la actitud más que alarmante del líder norcoreano para la que nuestro Presidente lleva un regalo al americano: acabamos de expulsar al embajador del dictador coreano. Trump tiene que estar caliente, no sólo porque el Kim Jong Um lo ha llamado «viejo chocho» sino, sobre todo, porque las bravuconadas norcoreanas continúan peligrosamente. Ayer en la ONU, Corea del Norte afirmaba que después de que Trump insultara al coreano llamándolo hombre proyectil no es raro que las bombas empiecen a caer sobre las tierras estadounidenses.

Trump está crecido porque no ha salido malparado de su discurso en la ONU. Ha logrado dividir a los medios de información de su país incluso a los numerosos que lo atacan. Unos dicen que estuvo desafinado, otros que avisó a la ONU de que «basta ya de chácharas inútiles». La revista «Time» titula, con desaprobación soterrada, que «en la era de Trump, el mundo necesita más que nunca a Naciones Unidas»( sin despreciar a la Organización, el Presidente tuvo una intervención escasamente multilateralista), mientras que Peggy Noonan en el también importante «Wall Street Journal» destaca que en su discurso «Trump dijo cosas que el mundo tenía que oír». Una de ellas, «yo velo ante todo por los intereses de los ciudadanos de Estados Unidos» agrada en un país en el que muchos ciudadanos consideran a las Naciones Unidas un tanto inoperante.

Rajoy no estará muy de acuerdo con la actitud belicosa del americano hacia Irán a pesar del reciente lanzamiento de un misil por Teherén. Nuestro presidente se alinea con la postura del trío europeo, Alemania, Francia, Gran Bretaña, sosteniendo que hay que dar tiempo al acuerdo firmado con los iraníes para ver si siguen respetándolo. Tampoco entusiasmará a Rajoy los comentarios trumpianos de hace un año sobre los mejicanos. Fueron deplorables. Y quizás debería deslizar que no parece justo que se quiera hacer pagar a los mejicanos por el cacareado muro que, por cierto, no inició Trump. Ahora bien, sería una chiquillada y una memez, aunque aquí lo afirmen plumas respetables, insinuar que la continuación del muro es algo que viola los derechos humanos y la normativa internacional. Trump y sus asesores creerían que tienen delante a un demagogo o a un idiota ignorante. Hay que interceder por Méjico pero de forma seria.

Por último, abordarán Venezuela cuya situación alarma en Estados Unidos y aquí nos preocupa fraternalmente y lamentamos. Trump, en plan Reagan, dijo una frase en la ONU que probablemente suscribiría Rajoy y que haría las delicias de cualquier escribidor de discursos de un político occidental: «El problema de Venezuela no es que el socialismo se haya ejecutado mal, el problema es que el socialismo ha sido ejecutado de forma fidedigna».( Aclaremos que en Estados Unidos el término socialista quiere más bien decir comunista o algo afín). Rajoy, con todo, y aunque tiene poco que agradecerle al bocazas inculto de Maduro (que le mete un rejón cuando quiere crear enemigos externos que distraigan la atención), debería insinuar que las intervenciones en el exterior pueden ser contraproducentes y serían poco comprendidas en el hemisferio.