Monedero dinamita Podemos

Juan Carlos Monedero junto al secretario general del partido, Pablo Iglesias.
Juan Carlos Monedero junto al secretario general del partido, Pablo Iglesias.

Iglesias anuncia la dimisión del número tres tras sus duras críticas contra el partido. «Lo que estamos haciendo es un juego de poder que no me interesa», afirma el político.

Podemos sufrió ayer su primera crisis interna con la dimisión de Juan Carlos Monedero, cofundador del partido y, hasta hace unas horas, secretario de Programa y Proceso Constituyente. Como todos los momentos claves en la historia de la formación liderada por Pablo Iglesias, la marcha de Monedero siguió una coreografía cuidadosamente planificada para mandar un mensaje claro a la ciudadanía a poco más de tres semanas de la cita electoral del 24 de mayo. Como si de un capítulo de Juego de Tronos se tratara, el relato de su dimisión siguió una estructura clásica en tres actos: primero, concretamente el lunes, llegó la sugerencia de que no pensaba entrar en las listas de las elecciones generales; luego, el ex número tres se despachó con unas duras críticas a la línea que estaba tomando el partido; y, finalmente, el desenlace en el que Pablo Iglesias anunciaba, durante la presentación del candidato de Podemos a la Comunidad de Madrid en el Círculo de Bellas Artes, que Monedero había presentado su dimisión y que él la había aceptado.

Lo cierto es que para Podemos la marcha de Monedero es positiva desde cualquier punto de vista. El partido sabe que la única posibilidad de seguir creciendo y alcanzar el poder es conquistar el centro, convertirse en un partido transversal de planteamientos más moderados y desmarcarse de la extrema izquierda donde le sitúan sistematicamente todos los barómetros de opinión política (sólo Amaiur es percibido más a la izquierda que Podemos). Si a ello sumamos que el «caso Monedero» sigue siendo la única mancha de consideración en el historial del partido en cuanto a la honestidad de sus cargos y las sospechas de financiación ilegal y sus vínculos con el chavismo, se ve a las claras que, desde octubre del año pasado, el número tres se había convertido en una auténtica rémora para Podemos. Su dimisión significará su desaparición de la campaña electoral que en breve dará comienzo. La formación de Iglesias, a pesar de su corta historia y la juventud de sus miembros (o precisamente por ello), es la formación política que con más habilidad sabe aprovechar cualquier eventualidad en beneficio de su maquinaria de comunicación. La escenografía de la dimisión del cofundador Monedero, meditada y sin traumas, no es un excepción: hasta las horas en las que se fueron desgranando las declaraciones de los personajes del drama coinciden para acaparar los informativos de televisión, las tertulias radiofónicas y las portadas de los diarios. Con Monedero fuera del partido, Podemos es hoy un partido más centrado y más alejado de Venezuela que ayer. El tono leal y tranquilo del mensaje con el que Monedero confirmó en Twitter la noticia no deja lugar a dudas de que su salida fue planificada con los que, hasta ayer, han sido sus compañeros en la cúpula de partido: «Le he presentado a mi amigo Pablo la dimisión en la dirección. Siguen firmes mi amistad con alguien tan grande y el compromiso con Podemos».

Con todo, las declaraciones que desencadenaron la salida de Monedero ayer a Radio Cable fueron muy duras. Cuando fue preguntado en el programa «La Cafetera» si se sentía engañado y traicionado contestó: «Totalmente». «Mi partido es lo más decente que hay en la política española, pero eso no quita que el contacto permanente con aquello que queremos superar a veces hace que nos parezcamos a aquello que queremos sustituir», añadió. No fue éste el único momento en el que el cofundador del partido acusó a su dirección de parecerse a lo que la retórica de Iglesias llama «la casta» y de haber olvidado sus raíces: «Desde que nació, el partido tiene dos almas, el alma de donde viene, ese origen en el 15-M, en la indignación, en la desobediencia y la irreverencia frente a lo existente, y luego la propia conversión en partido político que te sitúa en un ámbito institucional con una serie de reglas», afirmó. Monedero mostró su decepción también cuando afirmó que en «Podemos deja de tener tiempo para reunirse con un pequeño círculo porque es más importante un minuto de televisión y todo aquello que te suma en la estrategia colectiva». Según su cofundador, el partido «tiene que dejar de mirarse en espejos que no son los suyos». «Lo que estamos haciendo es un juego de poder que no me interesa mucho», concluyó.

Monedero no es el único dirigente de Podemos que abandona el partido. Hace apenas seis días, Iratxe Osinaga creó otra crisis en Podemos Euskadi y presentó su dimisión. En rueda de prensa, adujo discrepancias con el enfoque que se daba a la autodeterminación y al «derecho a decidir» en el programa elaborado por el secretario general, Roberto Uriarte, pero las razones profundas iban más allá. Osinaga lideraba la corriente crítica «Sí se puede» en el País Vasco y, en sentido amplio, pertenecía al sector crítico que se opone a la línea que Iglesias quiere imprimir al partido.