Política

Campaña electoral

Una habitación a oscuras

La Razón
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Imagínense una habitación a oscuras. Los unos y los otros buscan con desesperación una salida en una de las puertas que no logramos encontrar. Los dos grandes partidos se atizan como en el «Duelo a garrotazos» de Francisco de Goya, aquí, en esta habitación sin luz y sin esperanza en la que se ha convertido el país. Una habitación tan a oscuras que no nos deja ver que tenemos delante de nuestros ojos un futuro espléndido sustentado en los nuevos paradigmas tecnológicos y en la capacidad inmensa de los españoles para trabajar y para emprender. La política, entonces, tendrá que estar a la altura del país y de sus gentes, y, créanme, no lo está. Desde mi punto de vista, necesitamos:

Primero, un proyecto nacional. Los socialdemócratas debemos ser los principales garantes de la unidad nacional frente a los nacionalismos periféricos, de derechas y de izquierdas, huyendo de aventuras tan superficiales como frívolas. El derecho a decidir es antidemocrático en tanto en cuanto lo es la decisión de una de las partes cuando destruye el todo.

Segundo, un mismo discurso. Cuando logremos decir lo mismo en Bárcena de Pie de Concha que en Zahara de los Atunes, con distinto acento pero igual discurso, habremos logrado interpretar un futuro común para la igualdad de derechos y obligaciones de todos los españoles vivan donde vivan.

Tercero, una revolución moral. Tener corruptos en nuestro partido es una oportunidad para echarlos y ejemplificar la política que algunos han tratado de transformar como el arte de colocar la diana por donde pasa la flecha. La desprofesionalización de la política, precisamente, es un paso sustancial en esta dirección, así como la limitación de mandatos y la contundencia orgánica.

Cuarto, un programa mayoritario. La hegemonía social, la mayoría electoral, se consigue llegando a todos los españoles. Porque tener un futuro común, lograr que todos miren la nueva frontera, exige poner de acuerdo alrededor de un programa a las clases con menos renta y a las clases medias, a los menos favorecidos y a los que tratan de prosperar, a los creyentes y a los que no lo son, a obreros y a emprendedores. Sin renunciar a nuestras ideas, si sólo somos parte, nunca seremos mayoría.

Quinto, la prioridad de la gente. Se trata de lo que los norteamericanos llaman la agenda del presidente: aquellas cuestiones que prevalecen sobre las demás. Lo que quieren los ciudadanos es empleo, prosperidad y tranquilidad. Y, mientras no seamos capaces de trabajar en estos asuntos que conciernen a las personas, prioritarios para la patria, los parlamentos estarán cada día más lejanos de los electores.

Sexto, libertad para decidir. Un proyecto nacional pasa por el sufragio de la mayoría de los españoles. En los partidos políticos los responsables electorales han de ser elegidos por primarias abiertas de militantes y simpatizantes, sin cortapisas de aquel poder orgánico ejercido muchas veces por profesionales de la política encargados de limitar el derecho a la libertad. Exige una reforma también de la ley electoral que impulse el voto directo, saber a quien votamos, seguir apoyándole o removerlo.

Séptimo, el apoyo a los innovadores y a los más necesitados. Se pudren en nuestro país muchos innovadores y emprendedores a los que dándoles una oportunidad, financiándolos, serían capaces de generar empleo y prosperidad. Por otro lado, si una administración es incapaz de velar por el bienestar de los menos favorecidos, no tiene derecho a proteger a sus escasos privilegiados.

Así, debemos esforzarnos en construir organizaciones políticas que estén a la altura de los tiempos y sean capaces de mirar a la nueva frontera que tenemos delante de nuestros ojos. Uno de los políticos que más admiro es Robert Kennedy, quien dijo que «sólo aquellos que se atreven a dejar mucho pueden lograr mucho». Incluso salir de una habitación a oscuras.