Familia

Adelante, 2019, te estábamos esperando

Elige arma y padrino

A mí, que hacer listas me chifla, este me parece un momento maravilloso para hacerlas de todo tipo: los muertos más relevantes del año, los grandes acontecimientos, los fracasos, los libros que me han gustado, las series a las que me enganché...

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2018 agoniza en su lecho de muerte y, ante su inminente deceso, llega la hora, parafraseando a Mecano, de hacer balance de lo bueno y malo. A mí, que hacer listas me chifla, este me parece un momento maravilloso para hacerlas de todo tipo: los muertos más relevantes del año, los grandes acontecimientos, los fracasos, los libros que me han gustado, las series a las que me enganché... Podría incluso hacer una lista de las listas que podría hacer.

2018 ha sido el año de la muerte de Stephen Hawking. El año en que hemos visto a amigos, que jamás abrieron un libro en nuestra presencia, destaparse como grandes aficionados a la astrofísica, afligidos por la muerte del divulgador. Los mismos exactamente que resultaron ser aficionados a los cómics de superhéroes, al soul, la ópera y a destapar que los reyes magos no existen conforme iban muriendo también Stan Lee, Aretha Franklin, Montserrat Caballé o Chiquetete. Las aficiones y grandes referentes culturales de nuestros amigos y conocidos mutando al ritmo demencial de los fenecimientos destacados. Para que luego digan que la muerte no dignifica.

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Ha sido también el año en que vimos salir a Rajoy de la presidencia del Gobierno, tras una moción de censura, y entrar a Pedro Sánchez. Vimos caer a Cifuentes por el asunto del máster falso, hurto de cremas mediante, y a Urdangarín entrar en la cárcel. Vimos subir a VOX en las encuestas e irrumpir en la escena política andaluza, al tiempo que salían los socialistas tras 40 años en el poder. Hemos visto evolucionar la crisis catalana y vimos en marzo a las mujeres tomar las calles en manifestaciones por la huelga internacional con la que se reivindicaba la igualdad real entre sexos. Hemos estado entretenidos y todos hemos sido expertos en política. He visto discutir entre ellos a amigos, por un pequeño matiz ideológico o por su postura ante este nuevo feminismo, como nunca los había visto. Y a compañeros sufrir las iras de la turba anónima en las redes por expresar su opinión con la libertad que se les presupone. Si este no ha sido el año de la polarización y la crispación, estamos cerca. El año de los ofendidos y los indignados. El año en que la libertad de expresión se ha convertido casi en un artículo de lujo.

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Ha sido el año en que me enganché a una serie española por primera vez, y lo hice con entusiasmo y entrega. “Fariña” me pareció de lo mejor que he visto y me dio mucha pena que acabara. La misma pena que sientes cuando acabas un libro que has disfrutado y cuyos personajes te han fascinado. Creo que volveré a verla. Pasé miedito con “The haunting of hill house” y no he conseguido ver más allá de la mitad del primer episodio de “Arde Madrid”. No me convenció demasiado “American Crime Story” y su asesinato de Gianni Versace, aunque sí me gustó su primera temporada. Y no acabaré de ver “La verdadera historia del caso Harry Quebert” después de dos capítulos. Soporífera. Me gustó mucho y sufrí con “The handmaid’s Tale” y ese futuro distópico que, en algunos aspectos, me aterrorizaba más por lo no tan imposible que me parecía.

Este año han sido menos las series que han conseguido que me enganche, pero las pocas que lo han logrado han hecho que quisiera ver un capítulo tras otro sin descanso. Gracias a ellas he pasado días de mucho sueño y he ingerido cantidades industriales de palomitas. Y sí, soy de las que les gusta ver su serie favorita comiendo palomitas de maíz.

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Leí por fin a Byung-Chul Han y cumplió con mis expectativas. “La agonía del Eros” y “ La expulsión de lo distinto” me parecen imprescindibles. “Magdalena” de Javier Divisa y “Talita Cumi” de Nacho Abad fueron mis pequeños grandes descubrimientos del año. Dos joyas en formato novela breve que recomiendo con entusiasmo. El mismo con el que leí y disfruté de “Las niñas prodigio” de Sabina Urraca. También disfruté leyendo “El hombre que nunca sacrificaba las gallinas viejas”, de Darío Vilas Couselo. Volví a algunos de mis cómics preferidos y los disfruté como siempre: “Asterios Polyp”, “Black Hole” y el irreverentísimo y fantástico “Krazy Kat”. Pensar que hoy en día sería imposible publicar una tira cómica así en ningún diario es inquietante. Y muy triste.

No leí “Patria” y tampoco está en mi lista de libros que quiero leer en 2019. Igual que no lo está “Morder la manzana”, de Leticia Dolera. Aunque sí espero para entonces haber acabado, por fin, “El día del Watusi”, de Francisco Casavella. Que me está durando la vida entera.

Un 2018 que se nos esfuma. Y que tanta gloria lleve como paz deja.

Mi apuesta para 2019, y voy con todo al rojo, es la siguiente:

Nos despediremos de Kirk Douglas y Olivia de Hawilland, pasados los cien años. Que se dice pronto. Villarejo nos sorprenderá con alguna grabación más y Sánchez no adelantará las elecciones. Me engancharé a la tercera temporada de “True Detective”, aunque no me gustará tanto como la primera, y cruzaré los dedos para que haya una segunda de “Fariña”. Me leeré “El porqué del color rojo”, de Paco Bescós, “Ninguna mujer ha pisado la luna” de Kike Parra y “Julia y Miranda” de Luisa Horno. Agelasta será aceptado por la RAE y yo seguiré arruinando el desayuno a algunos cada domingo desde esta columna.

Voy a empezar el 2019 brindando con los que quiero con una copa del mismo licor con el que brindaron por la paz los presidentes de las dos Coreas y que me regaló mi amiga María estas navidades. Brindaré para que este 2019 sea mejor que 2018 para todos, por seguir teniendo cerca a los míos, sentir su cariño y que ellos sientan el mío, por los proyectos que vienen y los que acaban. Por la libertad de expresión y la comprensión lectora. Por todas las cosas que merecen la pena.

Y la paz en el mundo.