Cuando el sexo se convierte en una adicción

Las características fundamentales son la presencia de un deseo intenso, casi insuperable (compulsivo) por llevar a cabo la conducta sexual adictiva.

¿Dónde están los límites de un sexo saludable? ¿Cuándo se convierte en una adicción?

Los seres humanos sentimos deseo sexual porque, de no sentirlo, se comprometería seriamente la supervivencia de la especie. La biología nos ha diseñado para sentirnos atraídos por el sexo contrario para poder procrearnos. Esto es el instinto primario y a partir de ahí se construye lo social y lo cultural.

Javier Mangué Pérez, psicólogo Especialista en Psicología Clínica del GrupoLaberinto Psicoterapia para la Salud, nos explica por qué nos comportamos de esta manera frente al sexo y cuáles son las características que definen a las personas que tienen verdadera adicción a él.

El sexo representa una indispensable necesidad biológica para el individuo y para la especie. Según la jerarquía de necesidades establecida por el célebre psicólogo norteamericano A. Maslow, esta necesidad básica se situaría en el mismo nivel que otras necesidades fisiológicas elementales, como la alimentación, la respiración, el sueño y la necesidad de descanso.

La conducta sexual humana tiene como una de sus principales funciones preservar nuestra continuidad biológica (debido a su función reproductiva) pero también posee una dimensión psicológica y una función hedónica placentera (es una actividad gratificante en sí misma), además de ser una manera de expresar afecto a nivel interpersonal. El impulso biológico natural que nos predispone a llevar a cabo las acciones necesarias destinadas a cubrir esta y otras necesidades, suele surgir ante la presencia de deficiencias en la cobertura de las mismas (por ej. en referencia a la respiración, en situación de inmersión a pulmón bajo el agua, tanto más probable es que procuremos salir a la superficie para tomar el aire cuanto mayor tiempo llevemos manteniendo la respiración). De la misma manera, cuando las necesidades fisiológicas se encuentran por exceso cubiertas, normalmente, regulamos a la baja dicha necesidad a través de nuestro comportamiento (ej. experimentamos menor apetito e ingerimos menor cantidad de alimento tras haber participado en una comida copiosa).

En Psicología, este principio regulador se conoce como homeostasis (punto de equilibrio) y se trata de un concepto vertebrador que nos sirve para explicar la motivación que un individuo experimenta para acometer (o no) un determinado comportamiento (ayudando a situar nuevamente en punto óptimo la necesidad de que se trate). Naturalmente, este punto de equilibrio es variable de unas personas a otras, existiendo diferencias entre individuos. No obstante, son múltiples los ejemplos de problemas psicológicos que implican un inadecuado funcionamiento en relación a este principio equilibrador, lo que puede dar lugar a un gran sufrimiento psíquico para la persona o bien para allegados, pudiendo todo ello conllevar importantes consecuencias negativas.

Las personas que padecen adicción al sexo sufren un claro ejemplo referido a esta pérdida de equilibrio en la regulación de las necesidades sexuales. Estas personas presentan un patrón de conducta sexual alterado y exacerbado (hiper-sexual), tanto en cuanto a aspectos formales de la conducta (elevada frecuencia, duración, pobre adecuación al contexto...) como en relación a la finalidad que se persigue (es decir, en cuanto a la intención u objetivo que se procura alcanzar con el comportamiento dado). El impulso sexual de las personas adictas al sexo y la conducta sexual compulsiva que exhiben no se derivan de una necesidad fisiológica y / o psicológica saludable. Sea en un sentido u otro, tanto el deseo intenso que experimentan como su comportamiento suponen problemas importantes para la persona (ej. riesgos para la salud, deterioro de relaciones familiares, deterioro laboral...).

¿Cómo podemos reconocerlo?

Como hemos explicado más arriba, la característica fundamental es la presencia de un deseo sexual intenso, que suele considerarse excesivo (excesivo tanto por su omnipresencia como por las consecuencias negativas que conlleva), irrefrenable, recurrente y limitante. El deseo experimentado resulta muy complicado de controlar para la persona afectada. Asimismo, se acompaña habitualmente de variados pensamientos e imágenes mentales de contenido sexual. La presencia de este impulso aboca a la persona a recurrir con gran frecuencia a distintas alternativas en respuesta a ese deseo, entre las que figuran el establecimiento de relaciones sexuales con desconocidos, hiperfrecuentación de locales de prostitución, sobreuso de material pornográfico, conducta masturbatoria compulsiva, establecimiento de cibercontactos por Internet... lo que dificulta a la persona poder atender adecuadamente las demás facetas o ámbitos de su vida, ya que estas pasan a un segundo plano.

En muchas ocasiones la adicción al sexo se acompaña de otras dificultades significativas añadidas, como consumo de sustancias, trastornos del estado de ánimo (ej. depresión), problemas de ansiedad, trastornos del sueño, obsesiones, sentimiento de culpabilidad y vergüenza... No es menos importante la asunción de riesgos a la que puede verse expuesta la persona debido a su desbordante e impulsiva actividad sexual (por ej. no haciendo uso de métodos de protección de barrera, como los preservativos), pudiendo de esta manera llegar a contraer o bien contagiar enfermedades de transmisión sexual (ETS). En no pocas ocasiones la sospecha inicial surge ante la aparición o el agravamiento de alguna de las circunstancias que frecuentemente acompañan a esta adicción (problemas familiares / maritales, aislamiento social, irritabilidad, descenso significativo de rendimiento académico o laboral, descuido de principales obligaciones...). En cualquier caso, teniendo en cuenta que no existe ningún criterio firme sobre qué es “lo normal” en cuanto a la actividad sexual se refiere, será fundamentalmente la repercusión negativa o el malestar que supone para la persona o allegados el criterio determinante para concluir sobre la presencia del trastorno.

La adicción al sexo como trastorno adictivo

Se ha de entender la adicción al sexo como un trastorno del comportamiento, de carácter adictivo, en que no interviene ninguna sustancia de carácter químico administrada desde el exterior (es decir, no media ninguna sustancia exógena, como ocurre en el caso de la dependencia alcohólica o con otras drogas). No obstante, también comparte similitudes con las adicciones relacionadas con sustancias, en la medida en que se producen algunos elementos comunes. Tal como ocurre en las adicciones mediadas por sustancias psicoactivas, las personas que padecen adicción al sexo muestran una fuerte dependencia, en este caso, de este patrón de conducta hipersexualizado, que se advierte fundamentalmente en la presencia de fenómenos de tolerancia y de abstinencia.

Decimos que se produce dependencia cuando en la persona se advierte un conjunto de manifestaciones fisiológico-emocionales y cognitivas (pensamientos, imágenes mentales) ante las que la recurrencia a actividades o conductas de carácter sexual adquiere la máxima prioridad psicológica para la persona. Las características fundamentales son la presencia de un deseo intenso, casi insuperable (compulsivo) por llevar a cabo la conducta sexual adictiva, así como por la disminución de la capacidad de la persona para controlar dicho comportamiento a pesar de sus evidentes consecuencias negativas.

Hablamos de tolerancia para hacer referencia al fenómeno por el cual la persona ha de recurrir progresivamente y con mayor frecuencia e intensidad a su conducta hipersexual para lograr alcanzar los mismos efectos psicológicos que antes se lograban con menor recurrencia de estas conductas. Bajo el término de abstinencia nos referimos a las consecuencias psicológicas, sensaciones corporales y experiencias emocionales negativas (ej. elevada inquietud, ansiedad, insomnio, irritabilidad...) que sufre la persona adicta al sexo tras el cese o tras la reducción de la conducta sexual compulsiva. Es característico que con el paso del tiempo, y según se fortalece el patrón adictivo, la actividad sexual cumpla una función cada vez más determinada por la búsqueda de la reducción del malestar (malestar que estaría presente cuando no se puede llevar a cabo la conducta sexual compulsiva) que por la obtención de placer o de gratificación con la actividad en sí misma.

Los manuales clasificatorios internacionales de más amplio uso en salud mental no establecen criterios específicamente definidos ni una categoría específica recogida bajo el nombre de “adicción al sexo”. No obstante, estas personas suelen presentar síntomas comúnmente advertidos en los trastornos adictivos, en los trastornos obsesivo-compulsivos y en los trastornos sexuales, por lo que el diagnóstico formal que establezca el clínico dependerá de la evaluación pormenorizada del caso y de la sintomatología que el paciente presente.

¿Cuáles son las causas?

El funcionamiento sexual del individuo está determinado por la interacción recíproca de diversos elementos biológicos, psicológicos y sociales. A nivel biológico, se ha hecho referencia a la importancia de determinadas sustancias químicas del sistema nervioso (endógenas) así como a determinados circuitos y zonas del cerebro como bases predisponentes de las conductas adictivas (ej. papel de las endorfinas o la dopamina, así como de los circuitos reforzantes de recompensa). Por otro lado, se alude a la importancia de considerar determinadas variables psicológicas, como la autoestima, el impacto de sucesos vitales (ej. traumas), razones emocionales o aprendizajes específicos en el inicio y perpetuación del problema. Las razones socio-culturales han de considerarse también necesariamente para una comprensión global de la conducta adictiva, ya que el sujeto no es ajeno al contexto social en el que vive. Por ello, la explicación sobre cómo se inicia y porqué se mantiene la conducta de adicción relativa al sexo vendrá dada por la consideración individualizada de diferentes causas (multi-causalidad) y habrá de entenderse en el marco de la interacción dinámica entre ellas.

Intervención y Tratamiento

La intervención y la programación de tratamiento psicológico vendrán determinados por la evaluación pormenorizada del caso realizada por el profesional clínico correspondiente. El tratamiento ha de ser individualizado y adaptado a las características concretas y a las necesidades del paciente. Ocasionalmente, según los resultados de la evaluación clínica inicial o en función de la evolución realizada, se puede considerar conveniente llevar a cabo tratamiento combinado (psicoterapia y psicofarmacoterapia), aunque no siempre. A nivel psicoterapéutico, podemos decir que las estrategias cognitivo-conductuales suelen ser las técnicas más utilizadas, si bien no son las únicas. Entre las técnicas cognitivo-conductuales, destaca el uso de la exposición gradual a estímulos desencadenantes y situaciones que predisponen a la realización de la conducta sexual compulsiva, procurando controlar (prevenir) que la persona no recurra a la realización de la misma, para facilitar la habituación ante las experiencias de ansiedad.

Además, puede instruirse al paciente en el aprendizaje de técnicas de control de la ansiedad y el estrés, para lograr hacer un manejo más efectivo de la misma en las situaciones de exposición que formarán parte fundamental del tratamiento. No obstante, a lo largo de la intervención habrá de atenderse a las demás circunstancias que pudieran actuar como mantenedores del trastorno, por lo que será necesario proporcionar una adecuada educación sexual, modificar pensamientos asociados (lo que se conoce como reestructuración cognitiva), trabajar la autoestima y el autoconcepto del paciente, modificar hábitos de vida, implicar a la pareja en la terapia si fuera preciso y abordar las emociones implicadas en el proceso (vergüenza, culpa, ira, rabia, sensación de vacío...), todo ello tomando en consideración y adaptándose al estado de motivación para el cambio en que se encuentre la persona.