Audrey Hepburn, veinte años sin diamantes

En 1993, y tal día como hoy, moría la actriz, una de las estrellas de Hollywood más elegantes de la historia y que debutó con «Vacaciones en Roma»

Audrey Hepburn, icono del «glamour»  sin artificios
Audrey Hepburn, icono del «glamour» sin artificios

Audrey Hepburn, de cuya muerte hoy se cumplen 20 años, semejaba una bailarina que hubiese saltado del resorte de su caja de música en tamaño natural. Algo de eso guarda su propia biografía de actriz breve y fulgurante, desde que, en 1954, obtuviese un oscar prácticamente con su debut en «Vacaciones en Roma», y a cuyo casting llegó casi de chiripa, apoderándose al instante de un papel destinado a Liz Taylor. Algo tiene de gata o de ardilla que se cuela por las rendijas y cae de pie. Una Mary Poppins capaz de sobrevolar en el último momento las azoteas de Hollywood y persuadir al productor más cazurro de su magnetismo angelical, pues otros dos de sus papeles estelares, en «Desayuno con diamantes» y «My fair lady», habían sido concebidos, respectivamente, para Marilyn Monroe y Julie Andrews.

«Sencillamente encantadora»

Formada con Marie Rambert, la maestra de Nijinsky, esta chica bien de los Países Bajos, que hablaba seis idiomas, entre ellos el castellano, en realidad estaba destinada a convertirse en una estrella de ballet. Era hija de una baronesa descendiente del rey Eduardo III y de un corredor de seguros belga filonazi, que abandonó a la familia cuando ella era una niña. Años después, Audrey le encontró en Dublín, desahuciado, y le financió la existencia. Mucho antes de llegar a ser «cara de ángel» para todos los públicos planetarios, que veían en ella a una estrella de dimensiones humanas, una antidiva refractaria al lujo y a las grandes mansiones, que cuidaba personalmente de su jardín en casas discretas, su madre la llamaba «patito feo». Un mote cariñoso para una niña escuchimizada a causa de la anemia consecuencia del hambre que padecieron durante la Segunda Guerra Mundial. Y algo de ese mito infantil, devenido luego en cisne o mirlo blanco de la gran pantalla, guarda su meteórica carrera de actriz.

Lo que de ella dijeran el director de «Vacaciones en Roma», William Wyler, o el propio Peck, al principio desconcertado por compartir cartel con una muchacha de un musical de Broadway en vez de con la Tylor, se convirtió en su tónica ascendente: «Es sencillamente encantadora. Tiene inocencia y talento, y, además, es muy divertida». Y es que, a diferencia de las grandes divas, cuyo mejor papel es interpretarse a si mismas, Audrey Hepburn era una fértil arcilla moldeable capaz de hacer por igual de monja, prostituta, ciega o amante despechada, sin perder por ello su propia aura. Conseguía, incluso, que algunos directores y guionistas realizaran notables cambios de readaptación a su impronta, una vez que el papel le era asignado. Así ocurrió, de hecho, con la Holly de «Desayuno con diamantes». Truman Capote, autor de la novela originaria y de su adaptación al cine, tenía claro que su amiga Marilyn Monroe debía ser la protagonista. Pero ésta rehusó protagonizar la película y, cuando Audrey fue aceptada para el papel, Capote consintió en rebajar ciertos toques casquivanos de su personaje (ya no era la prostituta bisexual de su relato, sino un ser más indefinido, inocente, angelical).

Alérgica a las joyas en su vida real, la actriz rechazó una cuantiosa oferta de Tiffanys para que patrocinara sus productos y, si bien ganó 750.000 dólares de la época por la película, los destinó a obras benéficas. Nunca olvidó el hambre que pasó en los años de la resistencia holandesa y las penalidades, que la empujaron a abandonar la cara formación para bailarina de élite y trabajar en musicales nutricios, con un talento de tal calibre que en 1951, aquella muchacha belga de 22 años, fue invitada a protagonizar «Gigi» en Broadway. Y de ahí, por la puerta de atrás, a codearse en la pantalla con Gregory Peck. Fue muy reservada con su vida privada: dos discretos matrimonios, cuyos truncamientos la hicieron sufrir –afirmó que «Las parejas deben satisfacerse mucho, pero para ello, tal vez, lo mejor sería que vivan separadas y se visiten»–. A partir de 1967, con «Sola en la oscuridad», cambió su carrera cinematográfica por las labores humanitarias de Unicef. Aún en 1993, ya desahuciada por el cáncer de colon que acabaría con su vida tres meses después a los 63 años, visitó un centro de Somalia. Vitalista y risueña, pero también hipersensible y doliente, «Cara de ángel» o «"Patito feo» expresó entonces: «La vida es dura. Después de todo, te mata».