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Cuando los 50 sientan bien

La revista «Telva» celebró medio siglo de historia y quiso. premiar la labor solidaria de la princesa Tatiana de Grecia

La princesa Tatiana de Grecia junto a Olga Ruiz Minguito, directora de «Telva»
La princesa Tatiana de Grecia junto a Olga Ruiz Minguito, directora de «Telva»

La revista «Telva» celebró medio siglo de historia y quiso premiar la labor solidaria de la princesa Tatiana de Grecia.

Si el éxito de una fiesta se midiera por la espera de la «celebrity» en el «photocall» de turno, el 50 aniversario de «Telva» se llevaría de calle el premio. Caso práctico: hasta quince minutos tuvo que esperar Margarita Vargas para lucir palmito. Claro que ella, que es paciente –y en ello ha crecido en la última semana de El Rastrillo–, supo deslumbrar al personal con sólo poner un pie enfundada en un Jorge Vázquez sólo apto para las que tienen clase en los genes. Aunque para brillar, ahí está Nieves Álvarez, con su Pucci sobre el escenario. Y es que fue la top quién se encargó de conducir una gala que premió el empuje de Givenchy y Alaïa, pero también la vocación internacional de los Alvarno. Aunque uno esperaba encontrarse a Álvaro Castejón y a Arnaud Maillard hechos un manojo de nervios, los creadores españoles dieron muestra de la templanza que les ha hecho ser fichados por Azzaro. «No hemos tardado más que otras veces en vestirnos, es la ventaja que tenemos los hombres», bromeaban. Galardones de moda, amén del premio solidario a la princesa Tatiana de Grecia, recién mudada al país de su esposo, Nicolás, donde tiene varios proyectos de emprendimiento con mujeres. En un exquisito castellano, dijo sentirse identificada con nuestro país, «por los problemas de la crisis que comparte con Grecia».

Lo cierto es que la exigencia de la pajarita hace que el margen de resbalón se reduzca. Ya podría haberse enfundado un esmoquin Eugenia Silva, que marcó embarazo en exceso, sin necesidad y con poco tino. Menos mal que, al minuto de su pose, Lourdes Montes, esposa de Francisco Rivera, y su hermana llegaron arrastrando glamour, ese que dejaba tras de sí sus eternos vestidos de Roberto Diz. «Made in Spain». Como «Telva», una cincuentona apetecible. O mejor cincuentañera. «Los 50 ya no son lo que eran, ahora puedes pasar por ser una mujer de 30», defendía Beatriz de Orleans. «A mí ya me quedan lejos, soy casi una reliquia», decía con buen humor. De antigüedades nada. Porque la edad da experiencia sobre el tacón y la piel. Que se lo digan a Naty Abascal. Ya le valdría a algún cineasta proponerle algún cameo, con tal de elevar el nivel de la castigada alfombra de los Goya. De cine y sin edad. Como Pilar de Gregorio –ex duquesa de Fernandina–. Su Tot-Hom, firma catalana por la que también bebe los vientos Isabel Preysler, lo miraban de reojo como quien quiere hacerse con algo inalcanzable. «Yo, que ya los he pasado, te diré que los 50 son una edad perfecta, porque tienes experiencia, vives más relajada y te sientes con más libertad para hablar», matizaba Pilar.

«Los diseñadores nos empeñamos precisamente en hacer que ellas se quiten años de encima y vayan fantásticas», presumía un Hannibal Laguna que recibió precisamente en el Palacio de Correos su T de «Telva». Además, podía alardear –y no lo hace– de ser uno de los pocos que vistió en la noche a clientas que pagaron por sus diseños –ya saben que lo habitual es ceder en la gratuidad con tal de tener un escaparate–.

Cayetano Martínez de Irujo, que demostró que ellos también tienen percha para desfilar, excusó la ausencia de la Duquesa de Alba. «Estoy preocupado porque se va a Palencia, la tierra de Alfonso, y con esta oleada de frío temo que enferme», comentó, siendo él uno de los primeros en ese «photocall» tan eterno como agraciado donde ocuparon los últimos puestos –sí, llegaron tarde– Mar Flores con Javier Merino, Anne Igartiburu, Alaska y Mario.