El mundo del teatro se vuelca en el homenaje a Analía Gadé

Juanjo Seoane, Analía Gadé y Enrique Cornejo, en el homenaje a la actriz el martes
Juanjo Seoane, Analía Gadé y Enrique Cornejo, en el homenaje a la actriz el martes

Parece inaudito y podría ser consecuencia del bochorno que nuestra comisión olímpica arrastra tras el agravio argentino que nadie previó, confiados en el triunfalismo optimista compartido desde Don Felipe a Ignacio González, el que mejor inglés habla de todos nuestros gobernantes –y una Ana Botella que no tenía su mejor momento físico, con una melena informal y unos pantalones floreados, nada oficiales–. A ella le hubiese encantado escuchar el «Ana, te vas condenar», de Raquel Meller, que hace años resucitó Ana Belén convirtiéndolo en un éxito. Un espectáculo rememorador en el mítico Reina Victoria, donde Analía Gadé, entonces hermana del que era ministro porteño de Cultura, Carlos Gorostiza, triunfó con comedias de Alonso Millán –¿qué fue de él?– como «Mayores con reparos». Eran los tiempos del amor grande con el entregado Fernán Gómez, que engrandeció empequeñeciéndose. Así es el amor «fou», de ahí que a la cordobesa le dedicasen un nuevo sillón de honor en la platea, un gesto distinguido que destacan colocando una placa dorada en su parte trasera. Analía tiene la de la fila tres, número dos.

Se emocionó al recibirla y me comentó que recordaba a Raquel –que a punto estuvo de hacer de Josefina en un «Napoleón» de Chaplin, que luego usaría «La violetera» como banda sonora de «La quimera de oro», ¡qué tiempos aquellos!–. Eran artistas completas y dominaban el cuplé y también la seducción, entonces considerada sicalíptica. Fue la más grande, superando la pícara ligereza de Mercedes Serós y el desgarro de Pilar Alonso, tan barcelonesas. Acabó pobre y mal. Su sino recuerda un poco –o bastante– al de la Bella Otero, que nació en Galicia y sedujo al zar de Rusia. Raquel no llegó a tanto, pero arrasó en el París de 1920 tras triunfar en el paralelo barcelonés, donde una estatua la perpetúa vendiendo violetas. Madrid no llegó a tanto con la igualmente inmortal Celia Gómez. Como en muchos casos, la música sirviendo a la política, y por eso, entre el público del estreno estaban desde Nati Mistral, a quién decían «tenías que haberla hecho tú» –aunque ella se marcha a conciertos en Miami que producen más– hasta Anson; el doctor Claudio Mariscal que prometió enseñarme 500 fotos inéditas de Rocío Jurado a la que trató hasta el final; Lara Dibildos y su rotundo chico que sorprende por la grandeza de sus manos; la eterna María Kosti con un rejuvenecido Valentín Paredes empalmando películas; o Pepe Ruiz, recién llegado de vacaciones en Salzburgo y diciendo pestes de las teles, mientras Mari Ángeles Camino respiraba aliviada porque entre los suyos no hay peleas sentimentales y le parece increíble. No sorprendió descubrir que la brava «Banderita» antes fue titulada por Guerrero como «Los claveles de Sevilla». Luego, Muñoz Seca le hizo una letra épica dedicada a nuestras tropas en Marruecos y surgió la conocida y patriótica marcha del «Tú eres roja, tu eres gualda». Lo evocaba Juanjo Seoane, que se la juega económicamente en este retrato de otro tiempo de una artista singular que se enfadó con «El último cuplé», donde Sara reinventó el género. Decía que «tiene voz de sereno», otra cosa desaparecida, como el afán de reconocer al punto de que «el Ayuntamiento me ha prohibido estrenar», se quejó aún aturdido Juanjo, sin entender qué cultura protegen. Aún digieren el mal trago olímpico. Será eso. Un cafecito en la Plaza Mayor les hará olvidar, o eso dice Botella.