El nieto de Maribel Yébenes será bautizado por el Papa

Maribel Yébenes junto a su hija Myriam, el día de su boda con Raúl Ramírez
Maribel Yébenes junto a su hija Myriam, el día de su boda con Raúl Ramírez

Su reciente paso –o más bien reaparición tras el continuo runrún de habladurías– generó curiosidad y acaparó un rumor que va creciendo tanto como el optimismo viajero de ese grupito –que bajó de veinte a sólo once integrantes– en el que Cary Lapique hace de timón estimulador. Cada vez le cuesta más convencerlas, aunque tanto en Roma como en París, bien vale una misa. Y más si es muy próxima al Papa Francisco dentro de lo que en audiencia llaman «reparto especial». Acerca, diferencia y distingue. Fue merced –así se dice en lenguaje pontificio– alcanzada por Paloma Gómez Borrero, que es una rápida llave vaticana. Alojadas en el céntrico –¡y carísimo!– hotel Rusia, donde Valentino invitaba a sus amigos –está a un paso de Piazza Navona y muy cerca de «La Bocca della Verità»–, las calles de la capital italiana fueron testigo del trajín de estas madames «made in Spain» con la risueña Tita Muñoz, la estupenda Nuria Fernández Tapias («Fernando apenas sale») y Maribel Yébenes, ya casi modelo de su firma, como ejemplo físico a seguir. Logró que su nieto ya en puertas, primer hijo de Myriam, sea bautizado por el Papa en San Pedro, otra gracia obtenida por esa Paloma que se ha convertido en una auténtica embajadora que siempre tiende su mano auxiliadora. Como curiosidad, parece que las visitantes no usaron la mantilla española porque la modernidad la relegó, como otras tantas cosas.

Y, cambiando de tema, también conviene observar a nuestra Princesa de Asturias. Le dieron repaso en la muestra expoturística de Fitur, donde Vicente Roig adelantó y confirmó que el 7 de junio montará una nueva edición de Moda Adlib Ibiza, como pretexto para difundir el estilo de la isla. Tomé buena nota porque ha encarrilado lo que andaba desviado y sin norte. La pasarela debe ser prólogo y anticipo estival, y no montarla en el otoño como solía hacerse.

Pero volviendo a Doña Letizia, verla sin alianza matrimonial aumentó los rumores que circulan de la pareja. Lo digo con todas las reservas, no me ocurra lo mismo que le pasó a la Campos con los Aznar, que podían haber sido más considerados y tener un gesto magnánimo a su carrerón impecable, condonando los 60.000 euros de indemnización que tuvo que pagar la presentadora después de que el Supremo ratificase la sentencia en la que la condenaban por atentar con el honor y la intimidad del matrimonio tras asegurar en 2007 que la pareja se divorciaba. Hay cosas que no se pagan con vil metal. El caso es que el abandono del anillo por parte de Letizia no viene de ahora, bien lo saben quienes la siguen como días atrás en Almería. Repasé con ellos el material fotográfico de los últimos tiempos para constatar que dejó de lucirlo tras el escándalo de Urdangarín y descubrí que, al encargárselo el Príncipe Felipe y comprarlo en la sucursal que Suárez tiene en la esquina de Paseo de Gracia, prefirió meterlo en un cajón, quizá junto al colgante que le ofrecí cuando le gustó el romboide entremezclando turquesa y lapislázuli, una mañana en la entonces Copa del Rey-Trofeo Agua Brava mallorquina. Paco Caro lo desprendió de mi entonces moreno cuello –¡ay, cómo perdemos en invierno!– y ella intentó rechazarlo. Insistí en que se lo quedase. La alianza debe de parecerle acusadora o acaso así evita que la relacionen con el aún duque siempre inhiesto porque nada lo doblega. Dejo constancia de eso: Letizia sabe cuidarse y evita lo innecesario, incluso siendo tan simbólico.