El «topless»ya no es «top»

La pionera Brigitte Bardot practicando «topless» en la playa en 1960
La pionera Brigitte Bardot practicando «topless» en la playa en 1960

Fue la insignia de la libertad, de la rebeldía de una mujer que, con ese simple gesto, creía despojarse de cadenas y de años de sometimiento. El «clic» de la parte superior del bikini o el suave «frufrú» de los cordones del cuello siendo desatados eran ya de por sí un signo de transgresión. En paraísos playeros como lo era y es España, el «topless» se convirtió rápidamente en una moda que hacía a jóvenes y adultas sentirse liberadas. Sin embargo, hoy por hoy, esta práctica está desapareciendo. Cada vez se ven menos mujeres con el pecho descubierto, las «celebrities» no dan juego a las revistas y las playas aparecen desiertas de cuerpos desnudos buscando los rayos del sol en una tendencia bajista que ha alcanzado, este verano, sus cotas mínimas desde hace años.

En los años ochenta todavía costaba no apartar la mirada al vislumbrar a una mujer haciendo «topless». ¿Qué ha pasado en los últimos cincuenta años? ¿Nos hemos vuelto más intolerantes o al contrario, nos hemos acostumbrados y nos es indiferente? Los expertos coinciden en el resurgir de una mentalidad más conservadora, que tiene incluso tintes de puritanismo en muchas ocasiones. El exceso de fin de siglo ha dado paso a una forma de pensar más moderada. Según Benjamín García Sanz, catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, cada movimiento hay que situarlo en el contexto en el que se produce: «En el caso del "topless", surgió en un momento en que todo lo que olía a exponer el cuerpo de la mujer era malo. Como ahora estamos en la era de la permisividad sexual, también de la mujer, ya no tienen sentido». Según el profesor García, la gente que utiliza este reclamo ya no es gente joven, sino mayor, porque los jóvenes han entrado en una nueva etapa sexual: «Antes se pensaba lo que decía la sociedad, pero en la actualidad se es mucho más intimista y reflexivo». Otros opinan que el «topless», como tantas otras cosas, se trata sólo de una moda pasajera, que ha tenido su impactante despertar, su época de auge y normalidad y su actual declive. Uno de los puntos de inflexión, o quizá el punto de partida, lo constituyó el momento en el que la desnudez femenina irrumpió en el cine. Hedy Lamarr provocó una ola de indignación por el escándalo de «Ecstacy» (1933), película censurada en todo el mundo. Después, otras grandes de la pantalla consiguieron abrir camino: fueron los años dorados de Marilyn Monroe y Sophia Loren, ésta última deslumbrante en filmes como «Dos noches con Cleopatra» (1953). Pero la primera en saltar de la pantalla a la vida real fue Brigitte Bardot, que mostró sus alabadas curvas en las playas de St. Tropez.

En 1964, el diseñador Rudi Gernreich causó sensación con su «monokini», un bañador que dejaba al descubierto los senos. Aunque fue lanzado en Estados Unidos, nunca ha habido nada más transgresor que el alegre Mediterráneo, por lo que el curioso traje de baño consiguió adeptos al otro lado del Atlántico. Tan sólo cinco años después, la revolución se consumaría en Woodstock, donde una nueva forma de entender la libertad alcanzaría su auge. Desde entonces, a pesar de los avances conseguidos en este sentido, numerosas leyes y prohibiciones han vuelto a apostar por que los pechos se mantengan escondidos. En 1982 fue prohibido en Italia, si bien hoy no es delito en ningún país occidental. Aún así, en muchos puede ser ocasión de multa si se asocia al «escándalo público» y es todavía objeto de crítica: sólo hay que recordar la Super Bowl de 2004, en la que Justin Timberlake descubrió uno de los pechos de Janet Jackson (por lo que la Comisión Federal de Comunicaciones impuso una astronómica multa a la CBS por «indecencia») o, mucho más reciente, cuando hace una semana la red social Instagram decidió eliminar la cuenta de una de sus usuarias por enseñar el pecho mientras amamantaba a su bebé.

A pesar de ello, la desnudez siempre ha ocupado portadas del papel couché. Desde aquel aristocrático «topless» de Carolina de Mónaco hasta el de Jacqueline Onassis, eran siempre un reclamo vigoroso para lectores. Pero este tipo de atractivo parece haber perdido fuelle, y salvo el muy polémico desnudo de la duquesa de Cambridge –con el consiguiente enfado de la casa real inglesa–, el descubrimiento del pecho ha quedado relegado a la intimidad del dormitorio y a actos de protesta feminista (el grupo Femen es el más activo). Y es que no hay que olvidar que los médicos han alertado del peligro que el sol implica para la fina piel que cubre el pecho.