La memoria franquista de Mariñas: “En mi casa coruñesa cundía el brazo en alto”

El periodista recuerda sus veranos en las Falanges Juveniles y cómo los participantes “perdían la cabeza” cuando el Caudillo pasaba revista en el campamento

Unos jóvenes en los campamentos de la época
Unos jóvenes en los campamentos de la época

El periodista recuerda sus veranos en las Falanges Juveniles y cómo los participantes “perdían la cabeza” cuando el Caudillo pasaba revista en el campamento.

Lo reconozco con más nostalgia que rubor. En mi casa coruñesa cundía el brazo en alto y todos pasamos por lo que entonces llamaban Falanges Juveniles de Franco, una más prometedora extensión del entonces Frente de Juventudes. Eran imprescindibles los veintes días estivales en el campamento de Gandarío, en las hermosas afueras de Sada, a tiro de piedra del Pazo de Meirás, desde donde nos llevaban con la boina roja calada a hacer guardia cuando llegaba el Caudillo y toda su prole familiar y séquito oficial.

Nos formaban políticamente, de manera rápida y abreviada, sobre la historia de España y nuestras hazañas bélicas. Resultaba una pasada con el siempre emocionante momento crepuscular de arriar bandera. Quizá fue lo que más me conmovía; una emoción tan diferente y superior al impacto de las subidas y bajadas de marea en el inmenso arenal de arena finísima que estaba a pie de los barracones-residencia pintados de blanco y verde con una parcela delantera llena de barro fresco. Allí cada mañana hacíamos (o tal vez intentábamos hacer) churretosas, pringosas y marrones alegorías al Movimiento.

Había auténtica camaradería y perdíamos la cabeza cuando nos llevaban en formación a ver al Caudillo Invicto que de vez en cuando se dejaba caer por el campamento, aunque no se prodigaba mucho. Ante él siempre desfilábamos a los mismos sones: “¡Falangista soy, falangista hasta morir o vencer!” O gritando a coro “¡Franco, Franco, único capitán, en tus manos nuestra patria a buen puerto arribará!”. El “Montañas nevadas, banderas al viento” servía de contrapunto más animador, remarcando el “uno-dos-uno” de los desfiles. Siempre vestidos con pantalón corto hasta la rodilla, rasposos calcetines (una media de gruesa lana que llegaban a la rodilla), calzados con negras botas matadoras y luciendo la camisa azul con la cinco flechas falangistas sobre el corazón.

Se hacían amistades que ingenuamente nos parecían irrompibles. Un espejismo, aunque con muchos seguíamos coincidiendo (y hasta saliendo) ya de nuevo en La Coruña. Idéntica formación hacíamos cuando las agosteñas regatas de traineras anclaban ante el Real Club Náutico de Méndez Núñez que Franco siempre veía a bordo del “Azor” (¡qué pena de barcaza histórica y nada sofisticada!) de la que sus sucesores se deshicieron en seguida. A Franco le bastaba para cruzar la bahía hasta Bastiagueiro (que acordonaban para la familia, aunque podías bañarte a su lado) o Santa Cruz, con su imponente castillo dando la bienvenida. Éramos de misa diaria obligatoria, aunque no imponían la comunión como muchos pasábamos de las apestosas letrinas sin techo. Desde aquí mando un especial recuerdo a Fray Justo Illá de Dios, mi páter. Las camas eran literas de dos pisos donde se formaba de todo. El relax lo potenciaba.

Franco apenas bajaba a esa ciudad que sí frecuentaba su hermana Pilar, una auténtica revolución allá donde se presentara, con especial preferencia por las mercerías de la calle Real, la juguetería Estrada y la pastelería “La Gran Antilla”, donde compraban alambicados postres. Llegaba hasta la soleada terraza del Teatro Rosalía, donde se aposentaban antes de la representación. Doña Pilar causaba conmoción y era de las que en seguida soltaba (o eso se contaba) el “no sabe con quién está hablando” que sonaba más a amenaza que a presunción. Siempre muy morena de pelo, era la que a veces se dejaba ver por los Cantones con su sobrina Carmen, la mejor sonrisa familiar. Cada 16 de julio, festividad del Carmen, unía a la señora Franco, a su hija Carmencita (a veces tímida) y a la guapa nieta María del Carmen con el único motivo de la esperada portada de “Hola”. Siempre compraban en el mercado de San Agustín y en la misma panadería. Los de allí aseguran que de cerca no eran tan fieros como los pintaban.