El «amante» de Lady Charlene

Charlene Wittstock y Byron Kelleher sonríen y murmuran durante el  torneo de tenis Montecarlo, en abril de 2012
Charlene Wittstock y Byron Kelleher sonríen y murmuran durante el torneo de tenis Montecarlo, en abril de 2012

Ya intentó fugarse antes de su enlace, un matrimonio con un príncipe de la realeza europea del más alto rango por el que muchas hubieran matado. Durante la ceremonia mantuvo un gesto serio, distante, nostálgico. Era la viva imagen de una novia resignada que acepta su destino, y se cuenta que la noche de bodas la pasó en soledad. Sin embargo, parece que Charlene Wittstock no ha podido aguantar más. Humillada por las aventuras sentimentales de su marido, aislada en una jaula de oro y rechazada por el pueblo monegasco, la surafricana ha ido desapareciendo paulatinamente de la escena monárquica, se ha recluido y ha rehusado asistir a los actos oficiales. Pero todas sus tristezas y amarguras –a las que se suma su incapacidad para concebir un heredero– parecen haber hallado consuelo en un sólo hombre: Byron Kelleher.

Jugador de rugby profesional, Byron es neozelandés, mide 1,754m., pesa 94 kg. y tiene un cuerpo digno de su profesión, además de una melena aleonada que contrasta con el vacío capilar de Alberto de Mónaco. Charlene y él han sido amigos durante años, y ahora la joven parece estar frecuentando su compañía más de lo normal. Cuando hace dos semanas la princesa no acudió a la entronización de los reyes de Holanda –una ausencia que fue ampliamente comentada–, los rumores se dispararon. La ex nadadora visitó entonces su país natal para asistir a la boda de unos amigos suyos, según se apresuró en confirmar la casa Grimaldi. Pero allí revisó también diversos proyectos de su fundación, a la que está entregada en cuerpo y alma y donde halla su refugio. Entre estos proyectos se encuentra la promoción del rugby como forma de ayudar a los niños a través del deporte. ¿Y quién se encuentra al frente de esta promoción? Exacto: Byron Kelleher.

El entorno de Charlene guarda silencio respecto a una posible relación romántica entre la princesa y el astro del rugby, pero uno de sus antiguos compañeros en el equipo All Blacks, Josh Kronfeld, ha asegurado que no le sorprendería en absoluto que la noticia fuera cierta: «Si alguien tiene la habilidad para conocer y encandilar a las mujeres, ése es él». Después de todo, Byron tiene fama de «latin lover» y siente una fuerte debilidad por el sexo femenino, una característica que parece compartir con el príncipe Alberto (además de la «amistad» con Charlene). En Nueva Zelanda sus conquistas son ampliamente comentadas. «Byron es muy conocido aquí. Es algo así como un héroe del rugby, ¡y nosotros amamos a nuestros héroes del rugby!», cuenta a LA RAZÓN Rebecca Quilliam, periodista de New Zealand Press Association.

«Pornstars» y peleas

Pero no todo son rosas en el pasado de Byron, que actualmente juega para el Stade Français con el alias de «Waapu». Su aire bravucón llamó la atención de su ex novia, la actriz porno Kayla Lei: se conocieron en un complejo hotelero de Jamaica llamado oportunamente «Hedonismo Resort», y después de aquella noche, pasaron juntos dos semanas. Ella abandonó el mundo del cine por él, que por entonces brillaba como jugador en Nueva Zelanda. En 2009, Byron fue condenado a dos meses de cárcel y a pagar una multa de 3.500 euros tras ponerse al volante con un alto grado de alcohol en su organismo. Ebrio, chocó contra un Porsche, trató de darse a la fuga y, tras una seria persecución, otro conductor logró acorralarle. La pelea que se desató fue tan brutal que Byron acabó con un brazo roto, una dura reprimenda de su equipo de entonces, el Tolousse, y una disculpa pública. Pero además de peleas y exóticas novias, el neozelandés fue investigado por actuar ilegalmente al ofrecerse a diversos equipos sin contar con sus agentes, lo que le evitaba tener que pagarles a éstos una cuota de su salario.

¿Acuerdo prematrimonial?

La posible infidelidad de Charlene no sería tan grave si, como afirman fuentes del gobierno del principado de Mónaco, existiera un contrato prematrimonial entre Charlene y Alberto que les permitiera mantener una «relación abierta», aunque siempre con discreción. Este acuerdo (acompañado de algunos ceros de los que se beneficiarían su familia y amigos) sería el causante de que Charlene decidiera no fugarse antes de la boda, o volver después de hacerlo. Dentro del consejo de Estado de Mónaco se comenta también que la princesa se ha sometido a técnicas de inseminación artificial, pero que una malformación en su tubo ovárico le impide quedarse embarazada.

Mientras Charlene sigue con sus escapadas para reencontrarse a sí misma, Carolina de Mónaco se ve obligada a asumir los papeles de primera dama y los monegascos suman otro negativo a la larga lista de defectos que le achacan a su princesa, que nunca podrá igualar a Grace Kelly.