Tamara, me inspiras

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Quién me iba a decir a mí que aquella niña a la que fotografié durante horas en su primera entrevista para una revista del corazón rompería moldes, coches y corazones. Así fue. Un primero de mayo de hace ya muchos, muchos años, mientras yo estaba apostado en el número uno de la calle Arga, de sobra conocida por los paparazzis de la época, salió la pequeña Tamara en el coche oficial de Isabel Preysler. Tenía información de que acudía a una fiesta. Nada más. Era el único fotógrafo que aquel día festivo soñaba con hacer la exclusiva del mes. Salió el coche, lo seguí por Madrid, cogimos la carretera de la Coruña y, cruzando Pozuelo, llegamos a las puertas de una casa grande y señorial. «Mi gozo en un pozo, aquí no hay quien haga una foto», pensé. Al los quince minutos, el conductor-escolta me dijo: «No me sigas. La niña se queda aquí. La señora ha dicho que en un rato te dejen entrar». Preparé mi equipo y esperé hasta que una persona me invitó a entrar. Trabajé como en mi vida. Le hice su primera entrevista con declaraciones sobre mamá, tío Miguel, la abuela y su recién nacida hermana Ana. Un posado en toda regla de quien, a día de hoy, no sabemos si se meterá a monja o tomará el relevo institucional de la perpetua reina de corazones: Isabel, su madre. La misma que, con este reportaje, me devolvía agradecida la galantería de haberle recogido el mantón de manila del suelo y colocárselo sobre los hombros a su entrada en el palacete del actual Hotel Santo Mauro. Tamara reconoce ser «bastante atrevida, aunque no lo parezca». Ha tenido novio, amigos y dice conocer «chicos de muchos países, pero los españoles tienen un encanto especial». Y es que en la discoteca Déjate Besar, de Madrid, se graduó en el máster del amor. Luis Medina era el catedrático que lo impartía por aquellos días. Y, según cuentan, ha superado con nota la pasión de quien sigue siendo la reina de corazones: Isabel, su madre.