«Mamá», la última palabra que dijo Rivelles

Amparo Rivelles y Lina Morgan, durante una presentación en 1998

Tuvo el adiós que merecía, aunque el Ayuntamiento brilló por su ausencia a pesar de que era una madrileña de pro. Hasta el ministro José Ignacio Wert, que tanto ha hundido el espectáculo con su IVA del 21 por ciento, llegó tempranero a las 11:15 y besó a María Fernanda, hija de la actriz, que pareció pasmarse con la visión mexicana del montaje escénico para cobijar el féretro de su madre. La acompañaba su primo Pedro Ladrón de Guevara y su esposa Rosa Mary, tan abnegada con el último mito que se le va al cine español desde que la descubrieron con 15 años tras aprender al lado de su madre, la gran María Fernanda Ladrón de Guevara. Murió llamándola: «¡Mamá, mamá, mamá!», fueron sus últimas palabras, me descubrieron ante Julia Gutiérrez Caba, otra imponente, que recordó que «María Fernanda y Rivelles se conocieron en la compañía de mis padres, en casa los tengo en una foto de todo el grupo».

Lo comentó ante Nati Mistral, también entre «las últimas de Filipinas», como reconoció Fernando Méndez-Leite: «Llevamos un año tremendo», expresó ante una María Luisa Merlo descompuesta por el fallecimiento de su cuñada. «Amparo no pudo soportar la muerte de su hermano Carlos, al que adoraba. Se va tras él», lamentó próxima a la Mistral aún con «jetlag» tras hacer actuaciones en Miami ante 2.500 espectadores. Contaba que «en vez de cantar lo de señor sargento Ramírez, lo recité». Y luego, impulsada por Elena Fernán Gómez –¡cuánto apellido de raigambre!– habló telefónicamente con María Dolores Pradera, que ha terminado otro disco. «Querida, prepárate que vamos ''p'allá''», soltó la Mistral fiel a su casticismo, que arrancó risas en la Pradera.

Fue de las íntimas de la extinta igual que Lina Morgan, con monumental corona de rosas y claveles blancos, dando la bienvenida en el vestíbulo durante la capilla ardiente de la actriz. Compartían entusiasmo por la comida mexicana. En la despedida, evocaban su dilatada carrera artística internacional con un nada improvisado vídeo de sus grandes trabajos: desde la juvenil «Fuenteovejuna» a la bravía «Leones de Castilla», pasando por la patética «La voz humana», de Cocteau o «Los padres terribles», en duelo artístico con Nati. Producía Juanjo Seoane, desconsolado como un viudo. Añoraban la grandeza fílmica de «Alba de América» con los Reyes Católicos sentados en ese Tinell barcelonés ahora vetado a la serie de televisión «Isabel»; son así de papanatas. Haciendo, precisamente, de la reina de Castilla, «quedé embarazada de mi hija», aseguraba Rivelles en el vídeo que se proyectaba recordando sus mejores momentos. La intérprete quería ser madre pero no casarse y sus palabras sonaban sinceras y desahogadas.

Fue valiente en los 50 del pasado siglo cuando nadie entendió su decisión: «Me encerré en un chalé de las afueras y nadie me vio embarazada», una postura que repitió los dos últimos años, cuando su última aparición pública fue en homenaje que le montó Carmen Caffarel mientras dirigía el Instituto Cervantes. Lo subrayaba Nuria Espert, que llegó a preguntarle: «¿Qué piensas cuando nos llaman ''damas de la escena''?», a lo que Amparo, irónica, le respondió: «Prefiero eso a que nos llamen vetustas». Yo nunca olvidaré sus manos, el refinamiento de los gestos siempre exactos o cómo defendía la palabra «telenovela». «Eso de culebrón suena fatal», algo recogido en estas escenas compendio de una existencia que apuró, opinaban desde Natalia Figueroa a una embozada Concha Velasco. También estaban Maribel Verdú y Ana Belén junto a Pastora Vega y la ya irreconocible María Barranco. «Eres la peor herencia que me dejó mi madre», bromeaba conmigo Amparo, sabiendo que gracias a María Fernanda entré en esto. Nos costará olvidarla, ya que con Imperio Argentina, Aurora Bautista y Sara Montiel, fue lo más internacional del cine español. Ellas sí abarrotaban salas.