Sara Montiel tendrá su propia serie

Sara Montiel, en una de sus últimas apariciones públicas
Sara Montiel, en una de sus últimas apariciones públicas

Prometer y no dar, ya saben el refrán. Con Sara de cuerpo presente, la alcaldesa Botella anunció que «pondremos su nombre a una calle, lo tiene más que merecido». Pasa el tiempo, superamos la primavera y estamos con un otoño tan irregular como cabe, y han olvidado lo prometido. Bueno, también sucedió años atrás con Rocío Jurado que, estaba menos ligada a Madrid como no fuese por vecindad –siempre alardeó de gaditana y reafirmaba raíces–. Sara Montiel es lo más importante que aportó nuestro cine a la escena mundial, como con Gary Cooper y Burt Lancaster en «Veracruz», con el entonces mítico Mario Lanza y Joan Fontaine en «Serenade» y con Rod Steiger en «Yuma». Fue una de indios que marcó historia tanto como su doble matrimonio con Anthony Mann, director de «El Cid», cuya Doña Jimena Sara llegó a rechazar para no ser anunciada detrás de Charlton Heston. De eso se arrepintió toda la vida aunque era inamovible en sus decisiones.

Sara estará eternamente en el recuerdo del mundo entero, que se rindió a su doble encanto, el físico –supera incluso a la imponente Ava Gardner, que se emborrachaba en el entonces Castellana Hilton– y una Liz Taylor igualmente llenita. Costará encontrar émula de ella porque compusieron el trío de hermosas oficiales de la gran pantalla, y América se rindió a su seducción que rompía los cánones de Marlene –más distante– o Hedy Lamarr, otra hechizadora, que era expresión muy usada en la época. Marilyn fue otra cosa, prototipo de «sex symbol», y ya no digamos sus clónicas Jayne Mansfield o Diana Dors. En España ninguna la equiparó.

Sara fue única y su mito pervive; sólo hay que ver cuánta audiencia concentra la reposición de filmes tan representativos como «El último cuplé», «La violetera» –buen homenaje al Madrid oficialista que ahora la pospone inexplicablemente–, «Carmen la de Ronda», donde había engordado ocho kilos y se notaba, o las chispeante «La Reina del Chanteclaire», auténtico reflejo de una capital cupletera con historia centrada en La Bella Chelito, que era la dueña del actual teatro Muñoz Seca, donde Enrique Cornejo saca el máximo partido a su no muy amplio escenario. Madrid siempre fue marco y fondo a los trajines peliculeros de la Montiel que ahora inspira una serie televisiva como las que antes tuvieron de protagonistas a Lola Flores, la Duquesa Cayetana o Isabel Pantoja, más próximas en la cercanía, aunque la manchega nunca puso distancias y seguía siendo muy del pueblo que la jaleaba.

José Aguilar, buen conocedor del mundillo artístico, se encarga de los guiones con el asesoramiento de Zeus Tous. Aunque ni uno ni otro podrán revivir el universo mítico de Sara, especialmente sus años de máxima gloria cuando a James Dean le hacía «huevos con volantes» –«le encantaban a Jimmy», me repetía– o migas manchegas al inolvidable Brando «sex symbol» de «Un tranvía llamado deseo», masculinidad sólo reafirmada en la pantalla como ocurre con George Clooney. Lo bueno de Sara es lo que no se sabe, sus peripecias mexicanas con pistolones incluidos, el amorío con Agustín Lara , autor de «Madrid, Madrid, Madrid», antes de casarse con María Félix, –a quien Montiel luego obsequió con una cena de 180.000 pesetas regada con Veuve Clicquot cuando nos visitó declinante–, el Hollywood todavía mantenedor de categorías sociales y profesionales que a veces marginan, y como María Vicente –que así se llamaba su tuteladora madre, un personaje muy de cine–, siempre al pie del cañón para estimular o advertir.Es una vida irrepetible y puede dar muchos capítulos tras sus bodas con Chente Ramírez Olalla, la duradera con Pepe Tous –en la que estuve–, y la ridícula con el cubano.